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Reseña: Jardín primitivo, de Carlos Bernatek

Picaresca, erotismo y marginalidad
Daniel Gigena
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26 de noviembre de 2017  

Este año se publicaron dos novelas de Carlos Bernatek (Avellaneda, 1955) que prosiguen, de manera autónoma, las tramas de dos novelas del autor publicadas con anterioridad.

El Canario, ganadora del premio Clarín de Novela en 2016, encuentra a algunos de los personajes de La pasión en colores veinte años después, con toda la vida detrás y, en cierto modo, desperdiciada por un sentimiento de culpa por acciones cometidas (u omitidas) en la ESMA durante los años de plomo. En Jardín primitivo, los que se reencuentran a la manera de invitados a un banquete con poco de platónico son los protagonistas de una de las mejores novelas del autor, La noche litoral. Como en esa historia, los escenarios y personajes de una Santa Fe chata y marginal cumplen un papel significativo.

“Pero en Santa Fe no hay mar, ni fiordos, ni cavernas, ni tierras altas: hay barro de río; tierra y agua mezclados, una cosa turbia, un argamasa de la que aparentemente estábamos hechos. Nosotros éramos ese mismo barro”, se lee en el génesis de la historia. La novela asume una naturaleza aluvional.

A causa del ambiente donde transcurre la primera parte, se puede decir que Jardín primitivo es otra de las “novelas de isla” que la literatura brinda a lo largo del tiempo. “Una isla te achica las posibilidades, y de alguna manera te evita pensar en otras posibilidades. Ahí entendí esas fantasías de muchos tipos que, cuando tienen que imaginarse el lugar ideal para vivir garchando, rascándose las bolas y chupando, dicen automáticamente ‘una isla’. Como si no hubiera escapatoria”, conjetura el narrador.

La unidad de lugar, en este caso, determina además la inacción de los personajes, que sobreviven a pescado asado, cerveza y vino tibio durante varios días. Y como en un Decamerón ribereño, se alimentan también de historias. Junto con Ovidio, “Ovi”, el narrador y oyente de los relatos incluidos en Jardín primitivo, el quinteto isleño se completa con el dueño de casa, Cachete Osuna, dueño virtual (léase “sin papeles”) de la isla cercana a Santo Tomé; Roli Londero, un obeso chef acusado de una intoxicación masiva; Lulo Ventura Mujica, abogado “sacapresos”, de apellido falso, y Carne Boba Gauchat, ex boxeador y ex guardaespaldas de un senador provincial.

“Éramos –no correspondía excluirme- un cuadro decadente, ensimismados en rumiar los gases internos que generaba la descomposición de lo abundante y seguramente mormoso que llevábamos dentro”, razona Ovi en una de las sobremesas de aturdimiento por el alcohol, la comilona y la pesada atmósfera. En esa “cámara de pudrición”, como él la imagina, crece sin embargo una materia fértil: es el lenguaje de Bernatek. Florilegios, chistes, narraciones encadenadas sobre el pasado temible de la dictadura en la ciudad de Santa Fe, historias eróticas de arrabal y rememoraciones melodramáticas abundan en la novela. En el papel de transmisor de ese talento oral, el autor recrea un jardín verbal hecho de sordidez y cinismo, apoyado sobre el suelo inestable de un juego de lealtades.

En la segunda parte de la novela, Ovi, reintegrado a sus funciones de encargado de un albergue transitorio en la ciudad, encuentra en la Briyí (uno de los pocos personajes femeninos de la novela que aparece sin la mediación narrativa del machismo recalcitrante) una partenaire con la que dar rienda suelta a su energía sexual, tan ávida como proteica. Cuando la mujer le guiña un ojo, Ovi evita el eufemismo para dejar clara la situación: “Ese solo gesto me produjo un respingo en la poronga equivalente al anuncio de que algo bueno estaba por llegar”. ¿Será así o, como llama el narrador al órgano sexual, “el amigo” se equivocaba?

El cierre de Jardín primitivo une la picaresca y el erotismo al retorno del Quía, un ex empleado de banco transformado en héroe por la memoria fascinada de los cinco amigos. A diferencia de ellos, ese Robin Hood santafesino asumió alguna vez un riesgo en la vida.

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