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Reseña: La condición animal, de Valeria Correa Fiz

La costumbre del horror
Néstor Tirri
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26 de noviembre de 2017  

“No conozco ninguna historia, mía o de los demás, que no se inicie en el movimiento animal de un cuerpo.” Esta “regla general” que el escritor italiano Alessandro Baricco enuncia en La Esposa joven, adquiere una contundencia absoluta en La condición animal, primer libro de Valeria Correa Fiz, autora rosarina que reside en Madrid. Los doce cuentos transitan por variantes de la violencia, la carne y otros avatares de aventuras de cuerpos y mentes, que dejan asomar su inevitable, oculta dimensión animal.

Una vivienda en la península de Florida será escenario de una invasión de pesadilla, con una víctima propiciatoria, el gato Philip, y la testigo forzada de la escena, su dueña: es difícil dirimir cuál de los dos padece más la sangrienta situación de “Una casa en las afueras”, el relato que abre el volumen. Y hay una alusión a Franz Kafka por el pterodáctilo que aletea en la cabeza de un empleado de tienda, el chico que tortura con alfileres a una clienta en “La vida interior de los probadores”. Pero el clima de las cuatro secciones del volumen (“Tierra”, “Aire”, “Fuego”, “Agua”) no es kafkiano; las afinidades, buscadas o no, pasan más bien por la descarnadura de Horacio Quiroga, la crueldad de Flannery O’Connor, o bien –ocasionalmente– por el sutil enrarecimiento de Silvina Ocampo.

Una excepción, calma y nostálgica, es “Las invasiones”, cuento cíclico en torno a una foto de la joven Mafuyu, tomada en Nagasaki setenta años antes del instante actual del relato, con Mafuyu anciana en la Argentina, hacia la que emigró justo antes de la explosión de la bomba, en 1945. La aspereza del horror dominante no se opone, tampoco, a descripciones con hálito impresionista: “Las astas de las vacas se llenaban de luces y eran cirios encendidos…”. “Regreso a Villard”, que abre la sección “Fuego”, induce a evocar la carne quemada que prolifera en un relato de Mariana Enriquez referido a cuerpos que arden, pero el registro de los cientos de quemados de este cuento se resuelve en una narración distinta, quebrada, de raíces poéticas.

Correa Fiz manipula ese espanto que despunta en el transcurrir cotidiano. Por eso pide, en el admirable relato final (“Criaturas”), que nadie se asombre, porque “el horror puede ser una costumbre”, a raíz de una propagación de anfibios. La “anomalía” lo va invadiendo todo, así como se multiplicaban los clásicos conejos que Cortázar hacía surgir en sucesivos vómitos. A propósito: sutilmente la clave fantástica de Bestiario se instala en algunos de los relatos de La condición animal. Sólo que mientras los conejitos rezumaban alguna simpatía, los batracios y la gelatina de Correa Fiz generan bastante repugnancia; eso sí, estéticamente calculada.

LA CONDICIÓN ANIMAL

Por Valeria Correa Fiz. Páginas de Espuma. 161 págs., $ 300

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