Una hora y media de conexión pura, sin teléfonos celulares

Natalí Ini
(0)
25 de noviembre de 2017  

Fuente: LA NACION

Estoy a los gritos corriendo por los pasillos del Centro Cultural Recoleta. Está oscuro y mi captor arenga para que vaya más rápido. La voz se me entrecorta por la agitación pero veo que los otros rehenes, que van adelante mío, ya empiezan a detener la velocidad. Llegamos a destino. Una puerta se abre y en una suerte de pecera veo a una mujer desnuda tocando un piano enorme. La pecera resulta de una acústica perfecta para su canto lírico. Se me pone la piel de gallina, me acerco al vidrio para contemplarla. Ella se para, sólo viste unos tacos, se dirige al vidrio y con un labial pinta su boca. Me mira fijo a los ojos, varios segundos. En realidad no tengo ni idea de cuánto tiempo fue.

Mi captor se llama Matías Kedak, "Como Kodak pero con e", nos dice. Tiene la contextura física de un hombre, lleva un vestidito blanco bien ajustado, unos borceguíes y está maquillado de varios colores. No estoy ahí contra mi voluntad pero tengo poco poder decisión. Soy rehén de una experiencia teatral que se presenta los viernes en el Centro Cultural Recoleta. Se trata de Nomofobia, una performance dirigida por la argentina Marina Otero y el mexicano David Gaitán. Nomofobia es el temor a estar sin tu celular. Viene del inglés: no mobile phone phobia.

En la entrada, luego de pedirme que dejara el teléfono, me preguntaron si quería tener una experiencia con participación alta, media o baja y en base a eso, me otorgaron los auriculares que me acompañarían durante la experiencia. Opté por dejar todo en la cancha y elegí alta participación. No me daba tanto pánico separarme del celular como a otros que decían que no iban a aguantar o hacían chistes acerca de un permitido durante la obra. Pero apenas entré a la sala y empecé a ver cómo brillaban los auriculares, tuve el reflejo de buscar mi celular para sacar una foto. Me sentí un poco estúpida.

Todo lo que me dicen por los auriculares captura mi atención. Estoy en una sala enorme, hay unos DJs y sillas distribuidas de manera desordenada. No sé muy bien dónde dirigir la mirada. Una guía me da indicaciones, me hace preguntas y me pide que responda actuando con mi cuerpo, en silencio. Es decir: "Si alguna vez te sentiste solo, ponete desodorante"; "Si alguna vez tuviste sexo en una fiesta, caminá en cámara lenta". Algunas preguntas dan cierta timidez pero como todos están compenetrados en las consignas, da la sensación de que las confesiones propias quedan desdibujadas. Las respuestas que más me impactaron fue la gran cantidad de gente que alguna vez pensó en el suicidio y la que se psicoanaliza. ¿Habrá una relación entre ambos fenómenos?

"Hoy supuestamente hay cierta exposición de la intimidad a través de las redes sociales pero en Nomofobia nos interesa que el público experimente el compartir una intimidad cuerpo a cuerpo", dice Marina Otero, una de las directoras. Y así fue. De a poco todos fuimos exponiéndonos, con algún movimiento ridículo o una revelación que tal vez tu acompañante ni siquiera sabía. Por eso, puede ser un riesgo ir a la obra en una primera cita. "En algún punto, a los humanos nos gusta que nos digan lo que tenemos que hacer, ser conducidos y hacernos dependientes. Por eso la idea del intercambio del celular por los auriculares. Cambia el objeto pero sigue la dependencia", agrega Otero.

Todo lo que proponía la voz femenina en los auriculares me parecía divertido y me generaba cierta adrenalina. Hasta que llegó el momento incómodo: "Si viste alguien en la sala que te gustaría besar, quedate parado". Fueron pocos los valientes y fuimos muchos los voyeurs. Ahora sí se parecía a una obra de teatro convencional: acción en el escenario y público pasivo. Un poco extrañé mi celular, vía de escape en momentos como éstos. Los que se besaron abandonaron la sala tímidos, y los pasivos volvimos a nuestro rol de protagonistas.

Por los auriculares nos van llevando a distintos climas, de repente estoy en una guerra, explotan bombas, tengo que tirar una granada y gritar de la desesperación. Pero cuando miro al costado, un chico está bailando, con los ojos cerrados y sonriendo. Tiene las manos en la cintura y hace movimientos de salsa. Me descolocó, pensé que estábamos todos luchando del mismo lado de la trinchera y resulta que hay un soldado de joda. Pero no era solo uno, levanto más la mirada y una chica parece estar discutiendo con alguien invisible, enojada, haciendo montoncito con la mano. OK. Cada uno en su mundo.

Marina y David, los directores, formaron parte de la primera Residencia Internacional en Artes Escénicas del Recoleta que derivó en esta performance. "Fue una semana de creatividad absoluta. La idea surgió a partir de charlas sobre de la distracción que nos genera el celular, el exceso de información al que estamos expuestos. Queríamos hacerlo evidente en la obra. Poner el foco en lo físico, los sentidos, salir de la virtualidad", dice Otero.

Sin otras distracciones como sacar fotos, subir un video o mirar la pantallita, durante esa hora y media que dura la experiencia se genera algo colectivo. Y lo mismo pasa fuera de la obra, lo que vale es el boca en boca, porque a diferencia de muchos espectáculos actuales, no está pensado para que te saques la selfie.

Cuando empezaron a armar esta performance y a comentarla con sus colegas, surgió el nombre de Roger Bernat, un autor catalán que hace un tipo de teatro similar. Se trata de dispositivos lúdicos, en los que lo escénico ya no es exclusivo de los actores. Bernat lo hace con un objetivo político, entiende a la participación del público como un paso más de la emancipación de los ciudadanos. Un ejemplo es la obra "No se registran conversaciones de interés" que montó con escuchas de conversaciones de tres esposas de yihadistas. Se mezclaban audios originales con la interpretación de actrices. La idea era que el público pudiera armar su historia sin mediación del periodismo o de discursos políticos.

En Nomofobia siempre está la opción de sentarse a mirar y no participar. Pero la invitación a poner el cuerpo es tentadora y los actores, camuflados hasta el final, trabajan como facilitadores para que el público se anime.

No diré mucho sobre el final, salvo que me dejé llevar por la música que sonaba en mis auriculares y que fui identificando a los actores. No quería agarrar el celular y ver las notificaciones acumuladas. Busqué a mi captor con la mirada, estaba bailando desaforado. No quería que se terminara, no quería que la guía de mis auriculares se callara, como si hubiese desarrollado una especie de síndrome de Estocolmo.

Para ser parte de esta obra

Nomofobia se presenta los viernes a las 20:30hs, en el Centro Cultural Recoleta. Localidades $120. Al acceder a la función los espectadores tendrán que entregar sus teléfonos móviles hasta la finalización del recorrido de la performance

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.