Algunos apuntes sobre la envidia

Miguel Espeche
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25 de noviembre de 2017  

La envidia es una actitud muy mal vista y no hay comentario ni opinión que rescate y tenga misericordia de quien siente eso que surge en la mente de los envidiosos, que es, justamente, desear lo que el otro tiene, pero de "mala manera".

Se puede desear tener, ser o sentir algo que otro sí puede tener, ser o sentir, pero lo que realmente define a la envidia es aquello que la persona hace con ese deseo. Es la elaboración posterior al desear lo que da entidad a la envidia como actitud vital, que termina envolviendo al que la tiene en un laberinto de difícil salida y alta conflictividad con los otros.

De hecho, empieza la envidia cuando aparece algo parecido a la hostilidad para con quien sí detenta aquello anhelado, y más todavía cuando esa hostilidad va de la mano de acciones tendientes a arruinarle al otro la fiesta, a la que el envidioso siente no haber sido invitado.

Muchas veces la hostilidad del envidioso se encarna en "serruchadas de piso", el deseo del mal del otro, la imposibilidad de alegrarse con el bien ajeno (por creer que el bien de uno es el mal suyo). No la pasa bien el envidioso sino que sufre y, encima, se equivoca en la medicina que utiliza para salir de ese sufrimiento. El envidioso queda atascado en su sentir.

Es interesante lo que ocurre cuando dejamos de lado la connotación moral que le damos a la envidia, para adentrarnos en el psiquismo del envidioso. Antes de hacerlo vale una aclaración: al decir "envidioso" es posible que estemos hablando de nosotros ya que, en mucho o en poco, es probable que seamos habitantes de ese sentimiento.

Al atacar al otro para defenestrarlo, el envidioso cree que dejará de sufrir ya que ese otro es un recordatorio de la propia carencia. El que envidia se pierde de ver y valorar lo que tiene y lo que es. Eso le pasa por estar centrado en lo que no tiene y en lo que no es. Así de simple. A eso se suma que en su envidiar se sumerge en un laberinto que lo hace sentir cada vez más enredado en el resentimiento.

Del laberinto de la envidia se sale por arriba. Ese "arriba" implica salir de la hipnosis ante el logro ajeno, para ver lo que se tiene y hacer pie en ello para salir a flote. Reconocer y apropiarse del dolor subyacente en el envidiar permite sanar para disfrutar de las cosas, sin temer quedar fuera de la fiesta ya que, si se sabe mirar, siempre hay lugar para todos.ß

El autor es psicólogo y psicoterapeuta

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