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El fracaso, una experiencia mas valiosa para compartir que el éxito

No existe la posibilidad de innovar, y mucho menos a la velocidad que hoy se requiere para sobrevivir en el mundo de los negocios, si se penaliza el error
Jorge Mosqueira
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26 de noviembre de 2017  

Hay una tendencia creciente, mencionada hace algunas semanas en este mismo espacio, que es el reconocimiento del error como valor positivo en vez de ser objeto de sanción. Podríamos decir que se ha subido un escalón más, a través de un artículo de Bill Taylor, publicado nada menos que en Harvard Business Review. Va ocupando su lugar "El Fracaso", legitimado por CEO's de corporaciones como Coca Cola, Netflix y Amazon, quienes "instan a sus empresas y compañeros a cometer más errores y asumir más fracasos" (sic).

La frase no puede ser más sorprendente y escandalosa, si se quiere, pero tiene sus fundamentos. Jeff Bezos, de Amazon, lo explica de este modo: "Si vas a hacer apuestas audaces, van a ser experimentos. Y si son experimentos, no sabes de antemano si van a funcionar. Los experimentos son, por su propia naturaleza, propensos al fracaso. Pero unos pocos éxitos grandes compensan las decenas y decenas de cosas que no salen bien".

James Quincey, nuevo director ejecutivo de Coca Cola, define: "Si no cometemos errores, no nos estamos esforzando lo suficiente". El autor de la nota sintetiza, argumentando que "si uno no está dispuesto a fracasar, no estará preparado para aprender. Y a menos que las personas y las organizaciones logren aprender a la misma velocidad que el mundo cambia, tampoco lograrán crecer y evolucionar".

Quizás éste sea el punto más relevante, porque pone al descubierto lo que ha cambiado realmente. Parafraseando aquel famoso consejo que recibiera el ex Presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, "es el contexto, estúpido". En el ámbito privado - no en el público, que va por otros carriles- siempre se ha asumido que hay que correr riesgos, algunos de los cuales pueden ser muy exitosos y otros no.

Durante la mayor parte del siglo XX la planificación, por ejemplo, era la columna vertebral de todas las decisiones. Cualquier desvío era mal visto y hasta condenado. No dejaba de ser una ilusión óptica, ya que se trataba de ver la realidad tal como se pretendía, sin contar con cambios importantes. Y en verdad no los había, porque todo era más previsible. Ergo, el desvío era una falla humana, no de una realidad que cambió. El que no lo supo ver era un miope poco confiable.

En la parte de este nuevo siglo que nos toca vivir las cosas se han invertido. Lo menos confiable del mundo es la realidad, que puede cambiar de modo abrupto y hasta caprichoso. El ensayo y la experimentación pasaron a ser las herramientas fundamentales para sobrevivir, pero para ello hay que abandonar los viejos hábitos de conducción. Alentar los fracasos termina siendo una revolución cultural que muchas generaciones, anteriores, actuales y futuras, no podrán digerir fácilmente.

En definitiva, de esto se trata cuando se busca dirigentes que tomen riesgos, con la imprescindible salvedad que la compañía entera lo acompañará si la cosa sale mal, en vez de convertirlo en chivo expiatorio. La tendencia es tan clara que la Universidad Smith, de Massachusetts, ha creado un programa bajo el nombre de "Fracasando bien" donde aclaran que "lo que estamos intentando enseñar es que el fracaso no es un fallo del aprendizaje, sino su función".

Esta vuelta de tuerca fue y es necesaria. En los '90 se desarrollaban seminarios y conferencias donde los expositores contaban al público asistente sus asombrosos éxitos. Hoy debería abrirse un Congreso Internacional de Fracasos Empresariales (CIFE, en sus siglas en español) donde todos aprenderíamos mucho.

jorgemosqueira@gmail.com

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