Un triunfo femenino en el Congreso

Carolina Arenes
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27 de noviembre de 2017  

No hay cupo femenino en Brasil. La Cámara de Diputados tiene 513 bancas: 51 mujeres y 462 varones. Dame una explicación que no empiece con mach y termine con ismo". Entre los cientos de opiniones (eufóricas, indignadas, socarronas, críticas, emocionadas) que se cruzaron en la tuitósfera tras la aprobación de la ley de paridad de género en el Congreso, la intervención del periodista Bruno Bimbi tuvo la virtud de volver la discusión a su cauce. De esto es de lo que estamos hablando. No hay manera de explicar esos números -esos niveles de discriminación- si se desestima el caldo de cultivo del que surgen.

Pero como el caldo de cultivo, es decir, el entramado social y cultural, es lo que más tarda en modificarse, estas leyes, estas "medidas de acción afirmativas", como las define la ONU, tienen una acción doble: por un lado, actúan sobre una situación concreta y ayudan a corregirla -en este caso, la subrepresentación femenina en el Congreso-, y por el otro, crean conciencia, vuelven visible lo invisible.

En Brasil, donde las mujeres representan el 51% de la población, apenas llegan al 10% en el Congreso. En la Argentina, hoy se alcanza el 34%, pero en 1991, cuando las mujeres ya superaban el 50% de la población, sólo ocupaban el 4,3% de las bancas en Diputados.

La ley de cupo femenino sancionada ese año abrió el camino, pero todavía es mucho lo que falta. Algunos ejemplos: el 50% de los empleados del Poder Ejecutivo son mujeres, pero en el nivel jerárquico esa participación baja al 30%; de 21 posiciones dentro del gabinete nacional sólo tres están ocupadas por mujeres; en el Poder Judicial, donde hay mayoría de mujeres (56%), la representación también baja a medida que se sube en jerarquía: en el Consejo de la Magistratura, 23%; en cargos de camarista, 25%; en la Corte Suprema de Justicia, donde llegó a haber dos integrantes mujeres, hoy sólo queda Elena Highton de Nolasco y los dos nuevos jueces incorporados son varones; en el Congreso, desde el retorno de la democracia, nunca una mujer presidió la Cámara y las comisiones más estratégicas, donde se corta el bacalao -Presupuesto y Hacienda, Legislación General y Asuntos Constitucionales- no son presididas por hombres.

El ritmo de los cambios sociales es tan lento que, de no intervenir la ley, las injusticias se perpetúan escandalosamente. Eso se consignó también en el último informe del Foro Económico Mundial: al ritmo actual, la brecha de género global tardaría por lo menos un siglo en emparejarse. Un siglo para que hombres y mujeres tengan la misma participación política, y el mismo acceso a la educación y a la salud. En cuanto al ámbito laboral, se admitió que así como vienen las cosas la paridad de remuneración tardaría cerca de 180 años.

No se trata solamente de una cultura política modelada históricamente por criterios masculinos, según las necesidades de los hombres. Se trata además de roles sociales todavía vigentes -la distribución de responsabilidades familiares- que coartan las posibilidades laborales y de capacitación de la mujer.

La emocionante jornada del viernes, en la que Victoria Donda lideró una estrategia parlamentaria de gran picardía política, mostró los logros de un proceso de aprendizaje del que antes las mujeres estaban excluidas y que muchas veces determina el éxito o el fracaso en la arena política. Adquisición de destrezas, experiencia, horas de vuelo, acumulación de capital político.

La identificación de un horizonte común -la igualdad de género, el acceso de las mujeres al lugar donde se deciden las políticas públicas que afectan la vida de todos- desbordó los alineamientos partidarios y culminó en un triunfo y una foto que tuvo gran circulación en las redes: diputadas de todos los partidos -oficialismo y oposición- celebrando emocionadas una conquista histórica.

El machismo no se va a abolir por ley, es evidente, pero las leyes y las políticas públicas ayudan a ampliar el límite de lo posible.

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