Vestido azul

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1 de diciembre de 2017  • 00:20

Cuando hace tres meses me compré ESE vestido azul eléctrico que se apretaba al contorno de mi cuerpo, me dije: “OK, para la fecha vas a estar más tonificada, podés bajar la panza”. En mi imaginario, durante los meses previos al casamiento de mi hermana Clari, tendría una rutina rigurosa de fitness, dejaría las harinas, tomaría mucha agua, ¡los abdominales iban a ser mis mejores amigos! Pasó un mes y nada extraordinario: seguí con mi rutina de ejercicio normal y comiendo pizza y chocolate. “No te preocupes, todavía tenés tiempo”, me consolé. Transcurrió otro mes y, frente a un plato de ravioles, decía: “Está bien, mañana arrancás el plan sin harinas”. Y al día siguiente estaba en un café y no podía evitar una tostada con queso crema y mermelada, o la inercia podía más que el impulso de salir a correr todos los días.

No me ayudó el Universo (echémosle la culpa a alguien), porque llamé a mi ex personal trainer y no tenía horarios disponibles. Di lo mejor de mí, en mi cabeza, en cualquier momento empezaba a entrenar fuerte, a hacer dieta. Por supuesto que no tengo un problema de peso, pero fue el vestido, ¿entienden? Ese maldito vestido que me hizo sentir que yo no tenía el cuerpo de Jésica Cirio (¡ni siquiera en su posparto!, Dios mío…). Ahora, lo que me pregunto es: ¡¿por qué me lo compré?!

Cuántas veces dejamos de disfrutar lo que es por esperar lo que no llega. O nos imponemos en nuestra agenda más de lo humanamente posible y después nos frustramos si no tildamos todo ese check list. O nos comprometemos con “actos heroicos” que al final no nos da el cuerpo para hacer: “No se preocupen, yo me voy al shopping después del trabajo y compro el regalo de la maestra del jardín”, y en ese momento, ya agotada, te enojás con las que no se ocupan, pero en realidad la furia es interna. ¿Te pasa que a veces sentís que no es suficiente y entonces el sacrificio, el dolor, la bronca o la duda continúan? Yo podría haberme comprado un vestido con el que me sintiera cómoda inmediatamente, no ese azul que viene con el dedito acusador y me dice: “Te falta”.

Tantos miles de vestidos se quedaron con ganas de ser el mío..., pero yo elegí el que me miraba de reojo sin estar seguro de irse conmigo. Incluso se duplica en nuestras relaciones: ¿cuántas personas a nuestro alrededor nos aceptan tal cual somos (más allá de las críticas amorosas, claro), cuántas nos valoran realmente? Llamale hombres, amigos, jefes o familia. ¿Te están verdaderamente honrando? Y si lo ves al revés: ¿lo estás haciendo vos hacia los demás o estás viendo que siempre faltan cinco pa’l peso? Pero lo más importante, ya lo sabés, es empezar por nosotras mismas. Ese momento en que me compré el vestido azul, algo en mí creía que yo así no era suficiente. ¿Cuál es el botón que se activó? La exigencia. Por supuesto que hay momentos en los que se requiere más disciplina o esfuerzo. Este no era el caso, saber distinguir la diferencia de cuándo sí y cuándo no es parte de encontrar nuestro propio balance.

Ahora tengo que ir a probarme el vestido porque me están haciendo el ruedo (encima está hecho para una mina de

1,90 m). Falta una semana para el casamiento, empecé como manotazo de ahogado un plan de detox de tres días de jugos, así que escribo este editorial un poco levitando, pero estoy debatiéndome seriamente si comprarme otro vestido o ir con mi archienemigo y con pancita a cuestas. ¿A quién le importa? Ya es fin de año, se casa mi hermana y la vida pasa por otro lado, ¿no?

Les deseo un 2018 en el que procuremos hacernos la vida más amable. Abrazo fuerte.

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