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Una conversación con fantasmas

Víctor Hugo Ghitta
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3 de diciembre de 2017  

Me acordé de ella mientras miraba una serie en la que su personaje central, un detective acosado por el pasado que responde al nombre de River, conversaba con una compañera de la fuerza policial en la que trabajaba que había muerto en un enfrentamiento. Esa noche recordé a la anciana que durante tantos años vivió como un espectro en un barrio apacible de Buenos Aires, murmurando frases al viento que iban dirigidas a seres que sólo ella veía o quizá diciéndolas para sus adentros, en uno de esos soliloquios fabulosos en los que todos incurrimos alguna vez en la vida, sobre todo cuando la muerte nos arrebata a un ser muy querido y entonces nos quedamos horas conversando con él, casi siempre en susurros para que nadie nos observe como si fuésemos víctimas de alguna demencia. No siempre lo hacemos para despedirnos del difunto, sino que nos sentamos a los pies del sepulcro donde descansa y, mientras le quitamos el musgo a la piedra y ordenamos las flores frescas que acabamos de traerle, le vamos refiriendo las cosas que hemos hecho durante el día como si el muerto siguiese estando entre nosotros. Me viene ahora a la memoria la historia de Bittori, una de las protagonistas de Patria, esa novela fabulosa que ha escrito Fernando Aramburu, que una y otra vez visita la tumba de su marido -el Txato, que ha sido asesinado por la ETA- en el cementerio del Polloe, adonde llega después de un viaje cansador y, no obstante la fatiga y el dolor que la corroe, le cuenta al hombre que amó toda la vida sus planes para el futuro.

-En fin, ya te he informado. Aquí te quedas -lo reprende, casi, en la despedida, antes de doblar el trozo de plástico sobre el que se ha sentado para no ensuciarse la falda y bajar al pueblo para seguir con su vida.

Yo no sé con quién hablaba "la Vieja" -así la llamábamos con aire despectivo, con esa crueldad inocente tan propia de los niños y esa ligereza con que a veces amonestamos injustamente a alguien de quien nada sabemos-, pero cada vez que a la distancia creía ver una murmuración en su boca, sola ella en medio de la calle deshabitada, aguzaba la vista en busca de un espectro que estuviese a su lado, procurando verlo en la bruma como si compartiésemos un sueño o alguna forma de la locura. Nunca ocurrió, desde luego. Menudo susto me hubiera dado si eso hubiese sucedido. Ella siguió mascullando sólo Dios sabe qué palabras o imprecaciones, porque siempre se la veía rezongando y lanzando maldiciones a los cuatro vientos cuando los chicos de la cuadra ahuyentaban las palomas a las que ella les daba de comer los mendrugos que llevaba en la amplia falda ahuecada y roñosa.

Vivía en una casa abandonada que hacía mucho tiempo había sido devorada por las ramas de una planta trepadora que apenas dejaba a la vista los ventanales. Nunca una luz encendida en el interior, jamás un sonido que diera cuenta de que alguien vivía en la casa, de la que sí emanaban agrias pestilencias como prueba de que en esa pocilga lúgubre rondaba la muerte. En el garaje a cielo abierto, un automóvil muy viejo permanecía como un animal dormido con las fauces abiertas; hacía mucho tiempo que no tenía el vidrio de la luneta trasera, y todos los días el diarero arrojaba el ejemplar del día enrollado por el hueco de rebordes astillados, de manera que con el paso del tiempo el interior del vehículo se transformó en una especie de hemeroteca mugrienta donde las páginas se amarilleaban, si es que antes no habían sido devoradas por una bandada de insectos bibliófagos. La mujer solía caminar por la cuadra, sin importarle si era abrasador el sol o demencial la lluvia que se avecinaba. Caminaba sin premura, arrastrando los pies como si cargase con el peso de un grillete o los tuviera atados a un pasado ominoso del que no conseguía escaparse. Se rumoreaba que había pertenecido a una familia adinerada proveniente de Europa, cuyos antepasados habían amasado una fortuna en el negocio de las joyas. No guardo un recuerdo preciso de su rostro, de rasgos imprecisos para quien no era capaz de mirarla de frente y ni siquiera de pasar junto a ella, pues más de una vez me encontré apretando el paso para cruzar la calle con tal de esquivarla, con la misma aprensión con la que los cobardes solemos apartarnos de los locos. Quizás esa locura -si la locura es una forma de la soledad- haya sido la que dejó su recuerdo conmigo: el enigma de quien vive apartado del mundo, a solas consigo, tan sólo rodeado de fantasmas.

PLAYLIST

Mientras escribí este texto escuché: Pink Moon, Nick Drake; Good, Morphine; Big Calm, Morcheeba

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