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Justin Rosenstein: cómo enfrentarse a un moderno leviatán

Una década después de haber creado el botón "Me gusta", reflexionó sobre los efectos psicológicos indeseados que generó en los usuarios y, en una suerte de mea culpa digital, este año borró la app de Facebook de su teléfono celular
Alberto Arébalos
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15 de diciembre de 2017  

Pocos inventos han tenido tan rápida y profunda influencia en la vida de buena parte de la humanidad como Facebook . Si la red social fuera un país, sería el mayor del mundo, con una población que roza los 2.000 millones de personas y que continúa creciendo mientras ustedes leen esto. Su presencia abarca nuevas formas de comunicarse, relacionarse y, en el centro de todo, de vender y promover productos: Facebook es una inteligente y eficiente plataforma publicitaria que usa cada una de los cientos de "señales" que voluntariamente compartimos todos los días para armar un perfil de consumidor al que finalmente alguien le ofrecerá algo, pagándole a Facebook por esa conexión. En 2016, el negocio superólos 26.000 millones de dólares.

Una de esas señales, la más conocida, es el proverbial like que, aunque hoy parezca que nació junto con Facebook, allá por 2004, no fue creado sino hasta fines de la década pasada por Justin Rosenstein, sin duda uno de los personajes de la tecnología de 2017.

Crédito: Gentileza ASAN

Rosenstein es artífice de uno de los principales descriptores que ayudan a que quienes usamos Facebook podamos ser embolsados en una categoría (mujeres de 25 años a las que les gustan los viajes y el turismo, o señores de 40 a los que les gusta River Plate y los deportes). Recuerden que cada vez que den like no están sólo expresando una opinión, sino que se están definiendo como audiencia. Y como potenciales consumidores.

Casi 10 años después de haber creado el botón de like, Rosenstein (perteneciente a una elite de ingenieros de Silicon Valley que trabajaron en los dos gigantes de la industria de la publicidad online, Facebook y Google) ha comenzado a reflexionar precisamente acerca de los males de una economía de la Internet que gira casi exclusivamente en torno a la publicidad digital y acerca de cómo la razón de ser del negocio distorsiona hasta el paroxismo los buenos intentos y deseos de quienes crearon, por ejemplo, Facebook.

"Es muy común", dice Rosenstein pensando en Facebook, "que los humanos desarrollen cosas con las mejores intenciones y que tengan consecuencias involuntarias y negativas". A la lista, sin duda, se le podrían sumar las hachas, los cuchillos, la pólvora y la energía atómica. Pero en su diatriba, el inventor se refería a los efectos psicológicos en personas que, según una reciente investigación, tocan, deslizan o golpean su teléfono 2.617 veces por día.

Mea culpa: el narcisismo exacerbado y la cuantificación de los afectos alrededor de su botón (que describe como "destellos brillantes de seudoplacer") le pasaron factura y este año optó por eliminar la app de Facebook de su teléfono para restringir el número de horas que le dedica.

Existe una creciente preocupación por que, además de los usuarios adictivos, la tecnología está contribuyendo a la llamada "atención parcial continua", lo que limita severamente la capacidad de concentración de las personas y, posiblemente, disminuye su cociente intelectual. Un nuevo estudio mostró que la mera presencia de teléfonos inteligentes daña la capacidad cognitiva, incluso cuando el dispositivo está apagado. "Todos están distraídos", dice Rosenstein. "Todo el tiempo".

Si la alerta de este especialista, de 34 años, los deja preocupados, el colofón es peor y empieza a darle sentido al título de este artículo: es fácil reconocer el impacto devastador sobre el sistema político que Rosenstein y muchos de sus pares creen que se puede atribuir a la penetración de las redes sociales y un modelo basado en "darle al usuario más de lo que más le gusta".

Trazando una línea recta entre la adicción a las redes sociales y terremotos políticos como el Brexit y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, estos "aguafiestas digitales" -como el propio Rosenstein- sostienen que las redes sociales y los algoritmos que las gobiernan -y que permiten que existan las ganancias astronómicas de Facebook- han alterado por completo el sistema político y que, si no se controlan, incluso podrían hacer que la democracia quede obsoleta.

En el siglo XVI, Thomas Hobbes tituló Leviatán a su obra sobre la forma de gobierno de la sociedad cristiana, recomendando un rey fuerte y en lo posible justo. Pero el nombre fue tomado a su vez de la antigua Biblia hebrea como una metáfora de un enemigo poderoso.

Interesante paradoja para una empresa que nos ha creado "amigos" de a cientos, sin que muchas veces sepamos quiénes son.

Del editor: ¿por qué es importante? Trabajó en Google y en Facebook, creó el botón "Me gusta" y ahora, diez años más tarde, consciente de los efectos psicológicos que provocó la herramienta, se borró de la red social

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