La residencia Madero, un emblema de diplomacia en Recoleta

Gran Bretaña celebra el centenario de la sede de su embajada con un libro que rescata los valores patrimoniales de la casa y su entorno privilegiado
Alicia de Arteaga
(0)
10 de diciembre de 2017  

Fue en 1917, cien años atrás, cuando Carlos Madero y su mujer, Sara Unzué, se mudaron a la casa de La Isla, en el mejor lugar de ese divisadero que escolta las espaldas de la estatua ecuestre de Mitre, obra de los escultores David Calandra y Eduardo Rubino.

Allí vivieron los Madero Unzué por décadas hasta que, cumpliendo con la promesa de la palabra empeñada, el día que decidieron venderla se la ofrecieron al gobierno del Reino Unido. La operación se concretó tras largas conversaciones en 1945, un año decisivo. Poco después, la propiedad sería destinada a sede diplomática de la corona de los Windsor en Buenos Aires, que tuvo rango de embajada en 1927.

Se cumplía así un destino que parecía escrito. Como si en el ADN de la elegante residencia estilo eduardiano, flor y nata de la arquitectura inglesa, estuviera marcado un itinerario cuya meta era conquistar un lugar simbólico en las relaciones entre ambos países.

Si las paredes hablaran, contarían muchas historias y recordarían, también, que allí estuvo colgado uno de los más lindos cuadros del Jean Emile Blanche, un retrato de salón, en el mejor estilo de Boldini, Zörn y Sargent, que muestra a Sara Unzué de Madero en el esplendor de su belleza rodeada de sus tres hijas pequeñas. Es la imagen perfecta de una realidad sin fisuras.

Mucho tiempo después, el cuadro sería rematado con singular suceso. Tuve el privilegio de ver la pintura días antes de la venta, en un departamento de la calle Cavia, por invitación de uno de los herederos, y comprobar in situ que se trataba de un ejemplo acabado del mejor Blanche, con ese clima de aristocrática elegancia patentado por John Singer Sargent, el más europeo de los pintores norteamericanos, elegido a comienzos del siglo XX por los millonarios de la costa este para los clásicos retratos de familia.

La residencia terminó de construirse un siglo atrás superando las limitaciones que imponía la Primera Guerra Mundial a las importaciones, pero a tono con el ímpetu constructivo de la Belle Époque argentina, que se prolongaría hasta los años treinta, tras medio siglo de bonanza económica.

Con motivo de la celebración del centenario de la Residencia Madero, la embajada del Reino Unido puso en marcha un proyecto editorial que da cuenta del ambiente de la época; del lugar que ocupaba la colectividad británica en la remota capital de los argentinos; de las pródigas relaciones comerciales, y de las tendencias estéticas en la Buenos Aires finisecular.

Este libro relata con precisión las sucesivas mudanzas de los representantes de la corona en una ciudad que se transformaba vertiginosamente de gran aldea en metrópoli rutilante. Del vecindario de la Plaza San Martín a la calle Agote, del legendario Hotel Phoenix a la calle larga de Recoleta (hoy Quintana), siempre rondando en los destinos inmobiliarios el verdor del inmenso parque de la Quinta Hale Pearson, que hoy es el marco de la sede diplomática con acceso por Gelly Obes y cuyo fondo se extiende hasta la calle Agote.

Celebrar con un libro el centenario resulta una oportunidad impar para el registro histórico de la casa. Queda claro, en el prólogo firmado por el embajador Mark Kent, el lugar que ocupa la residencia de Buenos Aires en el collar de las representaciones diplomáticas de la corona. "¿Nacen los edificios con un futuro predeterminado? ¿Puede una residencia tener inscripto en sus genes un destino que sólo será desplegado con el paso del tiempo? Mirada en retrospectiva, la historia de este magnífico edificio que hoy me toca habitar nos muestra que fue, desde su misma concepción, un representante arquitectónico de la cultura británica en la Argentina", escribe el embajador Kent.

Los príncipes en los jardines

En efecto, la residencia es un lazo seguro, duradero y entrañable de las relaciones entre la Argentina y Gran Bretaña, subrayado por las visitas reales del príncipe Felipe de Edimburgo en los años 60, cuando plantó un palo borracho en los jardines, y, en los 90, cuando Carlos de Inglaterra, en su calidad de anfitrión amable y de gentil defensor del patrimonio, recibió en los jardines residenciales a sus invitados.

Ese parque formó parte de la famosa Quinta Hale, comprada por el norteamericano Samuel Brown Hale en 1873, que daría origen más tarde al proyecto urbanístico del paisajista francés Bouvard. El trazado de las calles Galileo y Francisco De Vittoria, que bajan hacia la avenida Las Heras, fue el punto de partida de lo que hoy conocemos como La Isla: un mirador natural en la mejor ubicación de la ciudad.

El libro, firmado por Jorge D. Tartarini, ex vocal de la Comisión de Museos Monumentos y Lugares Históricos, precisa cuál era el contexto arquitectónico de Buenos Aires cuando se proyectaron y construyeron palacios y grandes mansiones, y cuál el lugar simbólico de la casa de los Madero con su impronta inglesa de pura cepa; casi una curiosidad cuando la corriente dominante registraba la influencia radical de la arquitectura francesa a través de la École de Beaux Arts.

Aunque, para decirlo con las palabras de un veterano diseñador, "los porteños amaron siempre los interiores con muebles ingleses Regency, Chippendale y Queen Anne y la fachada exterior de Piedra París". Algo así como cosmopolitismo criollo.

Mención aparte para el jardín, que no tiene comparación en la ciudad de Buenos Aires y está en el lugar preciso donde el metro cuadrado vale más, con ejemplares centenarios de tipas y magnolias, y la escultura Horse and Rider, de Elisabeth Frink, que celebra la reanudación de las relaciones entre el Reino Unido y nuestro país tras el conflicto del Atlántico Sur.

Como recuerda Tartarini, la residencia se construyó entre 1913 y 1917 casi al mismo tiempo en que se definía el entorno privilegiado de La Isla. De hecho, la inauguración de la casa coincidió con la del belvedere, esa terraza natural que mira al río y balconea sobre los jardines de la barranca.

El proyecto lleva la firma de los arquitectos londinenses Walter Bassett-Smith y Bertie Hawkins Collcutt. A comienzos del siglo XX, el estudio ganó reputación entre la clientela encumbrada al proyectar el casco de la estancia Chapadmalal (1906) para Miguel Alfredo Martínez de Hoz. Ese castillo de piedra con torreones es casi una aparición en el campo argentino; un trozo de Inglaterra en la tierra de promisión. Lógica elección para una familia que amaba los caballos.

Por casi tres décadas, Bassett y Colcutt se especializaron en la arquitectura de campo y diseñaron, también, varias de las casas más lindas de Mar del Plata como Villa Blaquier y el chalet Aberg Cobo, y la capilla de San Andrés y el Palacio Balcarce, entre muchos otros edificios notables en Buenos Aires.

Carta de presentación

La residencia de los Madero es un clásico ejemplo del estilo eduardiano, el neogeorgiano, casi de culto en el siglo XIX, definido por la recuperación de muchos elementos formales propios del siglo XVIII, interpretado como un regreso al buen gusto, tras casi un siglo de corsé victoriano. En su diseño interior, la propiedad responde al modelo del hôtel particulier francés: cuatro pisos con destinos bien definidos. El piano nobile, o planta de recepción, en el primer piso con una elegante secuencia sobre Gelly Obes que mira a la barranca y arranca en el comedor majestuoso. Allí, en 2012, John Freeman, el embajador de entonces, recibió a la "chica mala del arte británico", la transgresora Tracey Amin, de visita en Buenos Aires para acompañar a su muestra en el Malba.

Entre plato y plato resultaba curioso, y fascinante al mismo tiempo, ver cómo el desparpajo díscolo de Amin contrastaba con la formalidad, casi ceremonial, del almuerzo. Este recuerdo, anecdótico si se quiere, confirma la capacidad, tan británica, para armonizar con naturalidad los estilos más extremos. El tradicional salón inglés y Tracey con su corrosivo humor jugando el rol de outsider del arte contemporáneo.

En el primer piso, el gran salón, la biblioteca y la sala de estar lucen su original esplendor tras la puesta en valor de la casa, bajo la mirada atenta de la Comisión de Museos, Monumentos y Lugares Históricos. Las obras de restauración, y en algunos casos de refuncionalización, comenzaron en 2003 durante la gestión del embajador sir Robin Christopher, con la firme intención de recuperar el esplendor original y de servir, al mismo tiempo, como centro de actividades culturales y de otras iniciativas que despliega usualmente la representación diplomática.

"Es nuestra carta de presentación, es la herramienta para agasajar a nuestros invitados, es el lugar en el que alojamos a altos funcionarios y miembros de la familia real cuando llegan en visita oficial. Y es al mismo tiempo un vínculo material con nuestra historia y un símbolo de esa continuidad; desde hace siete décadas, todos mis predecesores han habitado estas mismas paredes y así lo harán también quienes me sucedan en tan gratificante cargo", palabras de Mark Kent, actual embajador.

Las centenarias magnolias y tipas, así como las rosas cultivadas con la proverbial vocación británica por la jardinería, fueron una de las sorpresas que deslumbraron al príncipe Carlos durante su visita a la Argentina. La defensa del patrimonio arquitectónico y del medio ambiente son, en su caso, una vocación que corre en paralelo con los asuntos de Estado. Fue en ese parque, a metros del árbol plantado por su padre, Felipe de Edimburgo, en 1962, que el hijo de Isabel II saludó a los invitados y quedó deslumbrado por el sombrero verde de Graciela Alfano.

Una línea para recordar que el origen de este maravilloso parque fue la Quinta Hale Pearson, que en 1906 pasó a manos de la municipalidad. De allí nacería, en el tablero del francés Joseph Bouvard , director de Parques y Paseos de París, el privilegiado vecindario de La Isla. Un hallazgo. A nivel urbano, la embajada británica integra, con la Plaza Mitre, la terraza y la barranca, uno de los conjuntos más emblemáticos y lindos de la ciudad de Buenos Aires.

En contexto

Firmado por Jorge D. Tartarini, el libro precisa cuál era el contexto arquitectónico de la ciudad cuando se proyectaron y construyeron palacios y grandes mansiones y cuál el lugar simbólico de la casa de los Madero

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.