¿Tuviste una Pulpo?

Los fabricantes hacían sopapas y cueritos hasta que llegó la pelota bicolor
Los fabricantes hacían sopapas y cueritos hasta que llegó la pelota bicolor Fuente: Brando
Memoria emotiva: objetos rescatados y miles de historias de niños felices.
José Montero
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9 de diciembre de 2017  • 00:00

La recordás por el sonido. Cerrás los ojos y volvés a escuchar su rebote. Una nota única. Grave y aguda al mismo tiempo. Ruido a goma hueca con un timbre metálico al final. La pelota Pulpo reinó en los patios y en los potreros, pero, por sobre todas las cosas, en el fútbol callejero, ya fuera sobre el empedrado o el asfalto, o sobre la vereda, donde aprendiste a tirar paredes solo. También se imponía en la playa. ¿Quién no jugó un loco, o un cabeza? De pique caprichoso y rápido, su gran enemigo eran los autos. La reventaban con una módica explosión. Este prodigio se lo debemos a un prócer, Gerildo Lanfranconi, quien desde la década de 1930 montó, junto a su hermano Arístides, el Establecimiento Industrial del Caucho, a pasitos del Parque Saavedra.

Fabricaban sopapas y cueritos hasta que se despacharon con un invento, lo patentaron y durante décadas fueron los únicos en inyectar goma roja sobre blanca, dando a la pelota las características rayas. Hubo otras partidas donde el color dominante era el azul. Tenían más marcas, como Lan-Ger y Shetland; esta última, para pelotas de tenis. ¿Por qué le pusieron Pulpo? Porque era el apodo de Gerildo, hombre de gran fortaleza, de esos que te dan la mano y te la destrozan. Tanta firmeza no pudo contra la economía argentina. En 1994 no les quedó otra que cerrar. Hace poco, la Pulpo renació asociada con otra marca. La viste en un local. Entraste. La hiciste rebotar como un maniático. Todos te miraban. El sonido era distinto. Eso te dio pena, pero igual te decidiste y la compraste.

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