¿Qué cambiamos con Cambiemos?

Andrés Malamud
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10 de diciembre de 2017  

Hasta 1983, sólo el peronismo ganaba elecciones limpias: Alfonsín acabó con ese hándicap y habilitó la alternancia democrática. Hasta 2015, sólo el peronismo terminaba los mandatos: si Macri acaba con ese hándicap, habilitará la estabilidad democrática. Un país normal está al alcance de la mano. ¿Cómo se logró? La fórmula tuvo seis elementos:

-Primero, Cambiemos es un animal posideológico. En palabras de Marcos Peña, Pro le sacó el chip al peronismo y lo insertó en otro hardware. Su vocación es el poder y lo defiende sin complejos, aunque tenga que pagar con estatismo, gradualismo o el beneficio de la duda.

-Segundo, Cambiemos es un animal poszoológico: no se parece a ningún bicho conocido. Jurídicamente constituye una alianza electoral, pero funciona como un partido centralizado. La conducción nacional, con sede en la Casa Rosada, define las candidaturas y las políticas. Y lo hace con racionalidad colectiva, no sectaria: aunque los máximos capitostes sean de Pro, el radicalismo ofrecía más candidatos y encabezó las listas en dos tercios de las provincias.

-Tercero, Cambiemos gana y gobierna a base de expectativas más que de recursos. Su promesa es pagar a futuro. Esa promesa se sostiene mientras haya crecimiento: de jubilaciones, de créditos, de provincias ganadas, de bancas conquistadas. La economía va estrechando los márgenes, pero la política los mantiene amplios: con sólo cinco gobernadores y minoría en el Congreso, el 2019 asoma como pura ganancia. Las ilusiones de reparto cementan la unidad.

-Cuarto, cuando las expectativas no alcanzan, bien vienen el látigo y la chequera. El látigo para el kirchnerismo, la chequera para gobernadores y las dos cosas para el gremialismo. Como el presidente más hiperminoritario de la historia, Macri segmentó a sus rivales y les administró a cada uno el tratamiento adecuado: promesa, propina o prisión. Jueces venales y serviles brindaron un apoyo inestimable a la consolidación de Cambiemos en detrimento de la República.

-Quinto, el cambio cultural y la regeneración institucional siguen vivos en la memoria de quienes los imaginaron. Pocos jueces se fueron y algunos sindicalistas están presos, pero ni el sistema judicial ni el sindical fueron importunados. Eso para no hablar de las empresas a las que les interesa el país, sin las cuales la corrupción no habría sido posible. El Lava Jato es lo que pasa mientras Argentina hace otros planes.

-Sexto, la provincia de Buenos Aires cumplió, por una vez, una función estabilizadora. Macri y María Eugenia Vidal constituyen una simbiosis necesaria: ninguno estaría ahí de no ser por el otro. Ambos llegaron juntos y se sostienen juntos. Son tiempos plácidos estos en que el gobierno nacional coincide con el bonaerense. Pero nada es para siempre. Imaginemos por un momento que en 2019, o en 2023, Cambiemos reelige pero el peronismo recupera la provincia. Gobernando sobre el 38% de los argentinos y con las finanzas aliviadas por el Fondo del Conurbano, el nuevo inquilino platense tendrá todos los incentivos para hacer lo de siempre: pelear el ascenso. Y la provincia que no pone pero saca presidentes parece herbívora porque está hibernando. Ahora que el lobo no está es el momento de dividirla y equilibrar el federalismo. Cuando Heidi no esté será demasiado tarde.

Politólogo e investigador en la Universidad de Lisboa

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