Quedarse o soltar; "Tu instinto te advierte el peligro y te muestra las puertas"

Crédito: Eskipaper
Carina Durn
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11 de diciembre de 2017  • 11:00

Sucedió hace varios años. Me encontraba caminando por las calles del Gran Buenos Aires con mi ex pareja, todavía no nos habíamos casado, aunque faltaban pocos meses. Recuerdo cada fachada, cada árbol, cada baldosa de la cuadra que estábamos recorriendo en ese instante; ese, cuando sentí una opresión extraña en mi pecho por primera vez. Algo estaba mal. No sabía exactamente qué, pero algo había en todo aquello que me rodeaba, en el aire y en mí, que se sentía desencajado.

Decidí ignorar la sensación y continué. Seguí a lo largo de las horas y los días y las semanas sin hablar ni hablarme con la ilusión de que aquella molestia en el pecho se esfumara hacia el olvido. Pero allí quedó, bien intrusa, bien molesta y tan desubicada, dejándome con el corazón contraído y con la impresión de ser una especie de extraña en mi propio cuerpo. No estaba en eje, me había perdido y cada centímetro de mi ser me lo estaba advirtiendo a gritos sordos que yo no estaba dispuesta a escuchar. Con voz ahogada, mi instinto se estaba manifestando y me decía que con esa persona que había elegido compartir la vida, no iba a ser feliz. Sin embargo, me creía enamorada y mi mente me decía que seguro no había nada que temer... Pero mi instinto...

Mi instinto exclamaba que tenía que correr, huir, salir. Me susurraba cada noche con sus palpitaciones, me lo demostraba cada día con ese sentimiento de extrañamiento hacia mi propia persona: no estás cómoda, no estás en paz; tu cuerpo, que es tu templo, dejó de serlo y pareciera que estás de visita, clamaba, insistente, pero menospreciado.

Varios años pasaron desde entonces; años de angustia, de enojo, de perdón y resurrección. A pesar del tiempo, jamás olvidaré esa calle, esas casas coloniales y los adoquines que me hallaron perdida y en donde mi cuerpo y mi espíritu me hablaron y yo no escuché.

Ese instante ignorado y que derivó en un efecto mariposa contundente, devino en uno de los mayores aprendizajes de mi vida: jamás acalles tu instinto. A través de él está el camino; él contiene nuestra identidad y nuestra esencia; en él, yacen las respuestas. "Tu instinto te advierte el peligro y te muestra las puertas", me dijeron alguna vez y era verdad.

Para lo que sigue les comparto este bello tema de uno de mis artistas favoritos. Peter Gabriel la escribió en el momento en el que dejó Genesis, porque sentía que estaba "atrapado por la maquinaria." Para él era hora de seguir sus instintos, a pesar de que los amigos lo tildaran de loco, y soltar para "llegar a casa".

Hay algo extraño que sucede cuando ingresamos a un ambiente, conversamos con una persona, nos fundimos en un abrazo o escuchamos ciertas palabras. Es como si nuestra propia energía se estuviera fundiendo con esa atmósfera para generar una alquimia única e irrepetible. Entonces, nuestro cuerpo vibra, siente y reacciona. Se contrae o se expande instintivamente porque sabe. Reconoce (antes de que nuestra propia mente racional lo haga) si estamos ante un escenario en donde podemos relajarnos, ser auténticos y fluir o, caso contrario, si debiéramos no revelar demasiado de nuestra alma y hasta, a veces, abandonarlo todo, soltar y salir. La experiencia me demostró que por un impulso inconsciente, cuando estamos ante situaciones y relaciones poco convenientes, uno deja de revelar su esencia y se cierra. Esos muros que impiden que nos vean el alma los considero señales de que no estamos en el lugar correcto; nuestro cuerpo y espíritu entienden, sabios, cuando estamos a salvo para abrirnos y exponernos sin barreras.

En el trabajo, con algunas amistades, en el amor y en tantas otras situaciones de vida, muchas veces creemos que podemos sostener, aguantar y hasta fantasear con un cambio cuando, en paralelo, nuestro instinto ya sabe lo que deberíamos hacer; creo que es necesario, sano y salvador seguirlo, escucharlo... Aunque cueste y aunque muchas veces la fachada muestre lo contrario; porque no todo lo que brilla es oro y la sagacidad de nuestro ser reconoce lo que se esconde por debajo.

En la vida también me ha tocado atravesar instancias en las que no sabía qué quería ni dónde estaba parada: ¿cuál es mi sueño? ¿A qué me quiero dedicar realmente? ¿Dónde quiero vivir? Tantas preguntas de las cuales no tenía respuestas adecuadas, seguras, ni cercanas. Pero descubrí que, si escucho a mi espíritu y a las sensaciones que proyecta a través de mi cuerpo, puedo distinguir qué es lo que NO quiero. Y si bien es verdad que saber lo que uno no quiere no regala las respuestas certeras hacia nuestras metas, sí nos ayuda enormemente a despejar el camino para llegar a buen destino.

Antes, me forzaba y me quedaba en circunstancias, lugares, amistades y relaciones que en el fondo me incomodaban. Hoy, aunque todavía me cuesta, trato de tomar absoluta consciencia del presente de cada situación y, en ese preciso instante, trato de percibir qué siente mi cuerpo, qué me dice mi intuición y cómo se manifiesta mi instinto. Gracias a eso, aprendí a no presionar amistades, a no decir siempre que sí, a no quedarme en ambientes que me generan oscuridad interna, a luchar por lograr salir de los escenarios en donde todo mi ser ya no quiere permanecer... lo antes posible.

Ayer, una gran amiga me contó que había ido a dos entrevistas de trabajo. En una el sueldo era bastante mediocre, pero los beneficios, la perspectiva del trabajo en sí, el área y el ambiente, coincidían justo con lo que buscaba. Mientras me describía esta situación pude ver cómo brillaban sus ojos; toda ella parecía iluminada. En la otra oferta laboral el sueldo era sideral, muy bueno en serio, pero ella debía entregar su vida a un ambiente indeseado y proyectarse a sí misma al mejor estilo El diablo viste a la moda. "Antes de entrar a la entrevista me advirtieron que en este trabajo mi vida personal se iba a esfumar. Ni había empezado y ya me quería ir", me dijo con su mirada apagada y el cuerpo contraído. "Quisiera agarrar el otro trabajo, pero en casa me aconsejaron que tengo que valorarme más y trabajar por un mejor sueldo", concluyó.

Crédito: 1zoom.com

A esta altura de la vida entendí que nuestro entorno, la gente que nos quiere bien, intenta aconsejarnos y guiarnos con todo el amor del mundo. Pero, normalmente, cada opinión y consejo parte de los propios parámetros de lo que cada uno cree que es el valorarse a sí mismo. "Muchos te felicitarían por un trabajo con una paga increíble y pensarían que te valorás enormemente atreviéndote a cobrar semejante cifra. Personalmente, creo que valorarse a uno mismo es escuchar al cuerpo, al instinto, a la intuición... Nuestro instinto sabe en dónde nos queremos quedar en el fondo y en dónde podemos ser felices. Lo material es negociable, lo que nos hace bien al alma, no. Para mí, seguir lo que tu instinto te dicta, es valorarte", le dije.

Porque al elegir un camino, el que sea, somos nosotros los que día a día exponemos el cuerpo y el alma. Nadie más lo hará por uno. Es nuestra vida, son nuestras elecciones.

Y, en este camino, rodeados de consejos y el qué dirán, es tiempo de que escuchemos a nuestro instinto. Tengo la sensación de que él siempre nos conduce por el sendero de la autovaloración, el amor propio y el respeto por uno mismo; todos tesoros necesarios para descubrirnos en nuestra verdadera esencia y nuestras anheladas metas de vida.

"Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto del caballo." Armando Palacio Valdés

Ustedes, ¿escuchan cuando su cuerpo habla? ¿Escuchan a su instinto? ¿Tuvieron alguna experiencia en la cual las haya guiado y ayudado a salir de un mal lugar o a elegir una situación linda en su vida?

Beso,

Cari

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