De Siria a Olivos: tres mujeres y el desafío de reconstruir sus vidas

Wafaa, Abi y Laura comparten sus angustias y sus esperanzas
Wafaa, Abi y Laura comparten sus angustias y sus esperanzas Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez
Laura García le abrió las puertas de su hogar a Wafaa Nasser, una refugiada de 23 añosque lucha por superar el horror de su país; la empresaria argentina y su madre, Abi, se volvieronun eslabón clave para que la joven pudiera avanzar en el complejo proceso de adaptación
Evangelina Himitian
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11 de diciembre de 2017  

Ese día, cuando su novio la sentó en el jardín para hablar y le dijo que no quería seguir con ella, Wafaa Nasser se sintió como una diminuta isla en mitad del océano a la que sólo llegan las olas. Hacía una semana habían llegado a la Argentina después de un año de trámites y de soñar con un destino libre, lejos de Siria, donde la muerte les respirara en la nuca. A un tío y a un ex novio se los había tragado la guerra.

En mitad de esa depresión, que durante los últimos dos años la había tumbado en cama casi todos los días, en su casa en Latakia, esta joven de 23 años había vislumbrado una esperanza. Una amiga había emigrado a la Argentina a través del programa de visado humanitario y la invitaba a iniciar ese camino. Se abrazó a esa chance y convenció a su novio de que se fueran juntos. Tardaron un año en conseguirlo. Llegaron al país después de 25 horas de viaje: de Líbano a Turquía, de Turquía a Brasil y por fin la Argentina. Cuando bajó en Ezeiza sintió que el corazón le iba a estallar. Una familia se había ofrecido a recibirlos. Allí estaban esperándolos, con carteles y una fiesta de bienvenida. Parecía el comienzo de un sueño con final feliz. Pero, sin embargo, una semana después de su llegada, allí estaba Wafaa, sentada en el jardín de la casa de sus anfitriones, frente a su novio, que se había quedado sin palabras después de decirle que tenían que seguir caminos separados.

"Me sentí más aislada que nunca. No sabía el idioma. No entendía la cultura. Tenía miedo de todo. Sentía que no podía hacer nada. Y encima acababa de quedarme completamente sola", cuenta. La depresión se apoderó por completo de ella. Lloraba y dormía todo el día. Así, por las siguientes tres semanas.

Wafaa, Abi y Laura comparten sus angustias y sus esperanzas.
Wafaa, Abi y Laura comparten sus angustias y sus esperanzas. Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez

Wafaa llegó a la vida de Laura García, una empresaria de 53 años, casi como todas las cosas importantes que le ocurrieron: sin que se lo propusiera. Carlos, su hijo mayor, se había anotado como llamante en el Programa Siria (ver aparte). Y le asignaron una pareja, que resultó ser Wafaa y su novio. Pero como no convivían en Siria, pidieron ser alojados en dos casas separadas. Y Carlos le pidió a su mamá, que tiene una casa grande, que recibiera a la chica.

Hacía poco, la hija menor de Laura había anunciado que se mudaba y ella quedaría sola en la casa. "Tal vez mi hijo pensó que tendría síndrome de nido vacío. Pero eso nunca ocurrió, porque la llegada de Wafaa cambió todo", cuenta.

No era la única ausencia. En diciembre del año pasado, Roberto, la pareja de Laura, había fallecido después de luchar durante dos años contra el cáncer. El propio hijo de Roberto había librado la misma batalla un tiempo atrás y él nunca lo pudo superar. Y se enfermó y finalmente murió. Había empezado una reacción en cadena. Dos meses después de la muerte de su pareja, a Hermés, el perro cocker de Laura, también le diagnosticaron leucemia y murió.

Wafaa, Abi y Laura comparten sus angustias y sus esperanzas
Wafaa, Abi y Laura comparten sus angustias y sus esperanzas Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez

Aun así, Laura no se sentó a llorar sobre su tristeza. Y creyó que recibir en su casa a una joven que quería empezar una nueva vida la iba a ayudar a lidiar con su duelo. "Me sentía capacitada para ayudarla a empezar de nuevo. Pero ella se hundía cada vez más en la tristeza, no aprendía castellano, se encerraba en su cuarto, no salía, no colaboraba, estaba sumida en una depresión que la arrasaba y a mí me arrasaba con ella", cuenta Laura. No fue fácil.

Un día le preguntó: "¿Vos viniste por él [por su novio] o por tu propia decisión?". "Fue mí decisión", contestó Wafaa. Y se quedó pensando.

Unos días después, Laura le repitió la propuesta que le había hecho el día que llegó a su casa. ¿Por qué no escribimos un libro juntas? Cada una, la parte de su historia. Y subió la apuesta: "Pensalo, en definitiva, somos dos mujeres en un mismo punto: tenemos que reconstruir nuestras vidas. Las dos tenemos que decidir si nos quedamos en el pasado o seguimos vivas".

Las palabras de Laura shockearon a Wafaa. "No lo había pensado. Era cierto. Yo había salido de Siria para escapar de la muerte. Para encontrar un lugar que me devolviera la esperanza. Y Laura estaba transitando su duelo de la misma manera. Pero la diferencia era que ella tenía la fuerza para reconstruir. Y eso me dio esperanzas, ganas de seguir", cuenta, desde el living de la casa de Laura, en Olivos, donde vive desde mayo.

Wafaa tardó en contestar. Unos días después, se acercó y le entregó un escrito. Había empezado a contar su historia. Escribió cosas como: "El concepto de hogar es engañoso. La mayor parte del tiempo estás solo. Sos un completo extraño en tu hogar de origen". O "¿estás listo para superar toda tu vida, tu cultura, tus recuerdos? ¿Estás preparado para un verdadero desafío: emigrar?".

Wafaa, Abi y Laura comparten sus angustias y sus esperanzas
Wafaa, Abi y Laura comparten sus angustias y sus esperanzas Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez

Ese día armaron el índice de contenido y se pusieron a trabajar. Cada una va escribiendo su propia visión sobre el tema propuesto. Escribe de la otra y de sí misma. Es un trabajo que todavía está en proceso, pero que les cambió la perspectiva: "Yo soy muy productiva y ella es muy emocional. Creo que yo la impulsé a no quedarse quieta esperando que las cosas pasen y ella me destrabó emocionalmente. Juntas nos ayudamos mucho", dice Laura.

Le pusieron un título tentativo: "Bienvenida a la vida". "Esta es la primera vez que siento que la vida me da la bienvenida", dice Wafaa, que estudió literatura inglesa en la facultad de Latakia. Le falta una materia para terminar. Laura tiene 53 años y estudió periodismo y dirige una consultora de comunicación.

Tomar la decisión de recibir a un emigrante sirio no es sencillo. El salto cultural es tan largo como la distancia que hay entre los dos países. Laura y su familia pagaron los pasajes de Wafaa y su novio para que pudieran llegar al país, porque la economía en Siria está muy devaluada. Además, se comprometieron a darles un techo y alimento hasta que puedan armar su vida solos, al menos por un año.

Saber inglés en el caso de Wafaa es una gran ventaja. Pero aprender los nuevos códigos de la cultura es lo más difícil. Y no en pocas ocasiones la joven sintió que quería bajar los brazos.

Después de viajar 25 horas, el 20 de mayo último, el avión en el que venía Wafaa aterrizó en Ezeiza. Estaba feliz. No veía la hora de bajar y empezar su nueva vida. Pero entonces le dijeron que había un problema con su visa. No aparecía en el sistema. "Por favor. Hace un año que vengo haciendo los trámites. Déjenme entrar. Aunque sea, déjenme dormir una noche en la Argentina", lloraba ante el oficial de Migraciones. "No me manden de vuelta". Después de 15 minutos, ocurrió el milagro y apareció la visa en el sistema.

Ese día, en la casa de Laura, le hicieron dos regalos: una Sube y un celular. Como viven en Olivos, en la zona norte, el tren sería su mejor aliado. El otro regalo fue un celular. Laura la animó a que aprendiera pronto a moverse sola.

"Me acuerdo del primer día que fui a Retiro. Había una marea de gente. Tenía que llegar a la Catedral, pregunté en inglés y me indicaron cómo llegar al subte. Recorrí la Plaza de Mayo y sentí que había superado la primera prueba", relató.

Ahora se mueve por toda la ciudad para encontrarse con su profesora de castellano, una voluntaria que la lleva a recorrer un punto distinto de Buenos Aires en cada clase.

Hace unos meses, la depresión de Wafaa, esa que se había alejado con el desafío del libro y las largas charlas con Laura, volvió. "Se acabó. Me vuelvo. No merezco esto. Nadie cree en mí. Todos me postergan", le dijo. Estaba frustrada porque no aprendía el idioma y no conseguía trabajo. "Nunca avancé. No voy a ningún lado", insistió.

Quería volverse ese mismo día a Siria. "Pero mañana es viernes. No se toman estas decisiones así. Los viernes en Siria está todo cerrado. ¿Por qué no esperás unos días y ves? Si volvés, ya sabés lo que te espera. Por qué no probás algo nuevo?", le dijo Laura.

Y en esos días ocurrió otro milagro inesperado. Abi, la mamá de Laura, que tiene 79 años, se perdió. Tuvo un problema de memoria, dejó de ubicarse en tiempo y espacio y ya no podía vivir sola. Laura no lo dudó y la trajo a vivir con ellas. Pronto Abi se sumó al equipo de la reconstrucción.

"Mi mamá trajo el surrealismo a la casa. Ella se viste todas las mañanas como si fuera al Colón y disfruta de hablar en inglés con Wafaa, ya que era profesora", dice. También le está enseñando a tocar el piano. Y además, a fuerza de repetirle todos los días el mismo diálogo, textuales palabras, en una escena tragicómica por culpa de la falta de memoria, logró lo que nadie conseguía: que la chica comenzara a hablar en castellano. "Pero Wafaa, ¿vos no eras de Siria? ¿Por qué estás todavía acá? ¿No tenés una casa propia? ¿No tenés un trabajo?". Al principio, las preguntas le dolían. Después, le causaron simpatía y la enfrentaron con sus propios interrogantes. "Estoy buscando trabajo, Abi", respondía, en castellano.

"Si no encontrás trabajo es porque estás buscando mal. Acá todos, desde los coreanos, los chinos, los africanos y los bolivianos, todos consiguen trabajo. ¡Wafaa, you can!", le repitió cada mañana hasta que por fin consiguió un empleo temporal. Ahora, todas las mañanas, cuando sale para el trabajo, como docente de inglés en un colegio, ella va repitiendo en su mente ese mantra: "Wafaa, you can".

Radiografía del conflicto sirio

Entre la crisis política y la ayuda humanitaria

  • En 2011 estalla la "primavera árabe" 300.000 personas murieron

Desde el inicio de ese conflicto

  • Según la Organización Internacional para las Migraciones, el conflicto en Siria derivó en la mayor crisis humanitaria de los últimos 70 años
  • En todo el mundo hay más de 5,5 millones de refugiados sirios

Son personas que debieron salir de su país porque su vida corría peligro a causa del conflicto armado

  • Además, hay unos 7,5 millones de desplazados internos

Que son personas que dejaron su hogar para trasladarse a algún otro sitio dentro de Siria

  • Sólo en el Líbano, viven 1.300.000 sirios

Representan un cuarto de la población total de ese país, con lo cual las chances de conseguir trabajo son prácticamente nulas. Un millón de ellos son refugiados

En 2014, frente a la mayor crisis humanitaria de los últimos años, la Argentina se sumó al programa de las Naciones Unidas para recibir a familias sirias desplazadas por el conflicto

  • Desde entonces, 325 personas llegaron a la Argentina

La Argentina es uno de los pocos países que participan de ese programa mediante auspicio privado

Las familias dispuestas a recibir a ciudadanos sirios actúan como llamantes. Velan por que los emigrantes tengan casa y comida hasta que logren armar su vida

Hasta el año pasado, las familias llamantes pagaban los pasajes, que cuestan unos US$ 2000. Ahora, por un convenio que firmó Migraciones, los pasajes los solventa el Estado mediante un mecanismo de crédito internacional.

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