El mundo de (Nos)Otros

Alexia Rattazzi
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12 de diciembre de 2017  • 00:06

"Es un monstruo", le gritó un niño en la calle a Sofi, mientras señalaba su cara, portadora de las facies típica de un síndrome genético. Me pregunto si ese niño hubiera dicho lo mismo si hubiese ido a la escuela desde los dos o tres años con Sofi. Probablemente no, porque los rasgos faciales de Sofi no serían extraños ni "monstruosos" para él, sino parte de su cotidianeidad, de su mundo habitual, de la experiencia de la diversidad como norma y no como excepción. Y esto se aprende en la convivencia. Decía Einstein que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Nuestra mejor apuesta pues sería prevenir la formación de prejuicios desde muy temprano y así neutralizar la emergencia de actitudes discriminatorias a futuro.

El Grupo Artículo 24 por la Educación Inclusiva lanzó el mes pasado la campaña "Soñadores" ( www.grupoart24.org). En los videos de esta maravillosa campaña de toma de conciencia sobre educación inclusiva aparecen como protagonistas niños disfrazados de superhéroes y actuando como tales. Al final de los videos queda picando una frase que nos invita a reflexionar: "ninguno de ellos tiene límites para soñar... ¿por qué deberíamos ponerles límites para aprender?". Y remata con una frase simple y cierta: "Una escuela inclusiva, es una escuela que educa mejor".

La campaña "Soñadores" nos interpela con la pregunta: ¿por qué educarnos separados? Cuando hablamos de educación inclusiva hablamos de una escuela para todos, de una escuela que respeta, valora y abraza la diversidad. Mucho se escribe y se dice acerca de los beneficios de la educación inclusiva para las personas con discapacidad (sea cual sea la condición que tengan) a la hora de garantizar su derecho a la educación y su participación plena y efectiva en la sociedad. Sin embargo, poco se dice y se escribe sobre los beneficios de una educación inclusiva para todos los niños y adolescentes (inclusive los "neurotípicos"). La realidad es que la experiencia de convivir con personas diversas en un ambiente educativo (o en realidad, en cualquier ambiente) es fuente inagotable de aprendizaje, de cultivo de valores y de evitación de mitos y prejuicios.

Vale la pena conocer algunos testimonios en primera persona de niños que han tenido la oportunidad de aprender en ambientes diversos. "Yo no sabía que podía hacer tanto", compartió emocionado Manu, uno de los compañeros de Juli, cuando dentro del marco de una actividad de sensibilización-acción con sus pares de cuarto grado, se hablaba de su condición dentro del espectro del autismo. ¿Qué permitió que Manu pudiera llegar a esa conclusión? La información que circuló, se compartió, alojó las dudas y las curiosidades, los por qué y visibilizó lo que nos hace únicos: la diversidad inherentemente humana que nos habita. La diversidad enriquece a todos.

"Si él se va, yo también me voy", exclamó con firme determinación el compañero de Antonio en un video que circula en YouTube, donde distintos actores sociales de una comunidad educativa comparten cómo los enriqueció y enseñó su presencia en el grupo. Ejemplos de este tipo de comentarios se pueden encontrar en varios relatos de padres en redes sociales que comparten orgullosos las actitudes de sus hijos, provocando una catarata de comentarios y emociones fuertes por parte de otros adultos sorprendidos con la sabiduría que emana de los pequeños. Tenemos mucho que aprender de los niños.

"¡¿De verdad?! ¿Cuándo, mamá? ¡¿Cuándo?!", pregunta sorprendido y entusiasmado el hermano de Marcos, a quien le dijeron que el año que viene "podrá" ir luego de ocho años de educación segregada a la misma escuela que sus hermanos. Algo que tiene mucho de sentido común, que los hermanos vayan juntos a una misma escuela, se vuelve, a veces, el menos común de los sentidos. Y este sentido, el menos común, parece ser que nos visita a diario...a veces sin darnos cuenta del hospedaje que le estamos ofreciendo a este huésped.

Empezar a cambiar nosotros

Hay una implícita sensación de que queremos que muchas cosas cambien. Pero también se percibe que estamos esperando ese cambio como si fuera algo dado y externo a nosotros. Las decisiones que tomamos y las acciones que desplegamos, son las que van modelando y haciendo posible eso que queremos ver materializado. Si queremos vivir en una sociedad más justa, equitativa, abierta y respetuosa con la diversidad humana, debemos asumir nuestra parte en este todo.

La co-responsabilidad es compartida. ¡Tenemos muchas oportunidades durante el día de convertirnos en una comunidad de práctica en esta dirección! Ceder el asiento a una mamá o papá con su hijo en brazos en el transporte público, dejar pasar en la fila del supermercado a una persona mayor de edad y explicarle a quienes nos miran por qué lo hacemos, entre otras.

También, interesarnos por conocer más sobre las costumbres y cultura de una familia inmigrante, buscar información sobre temas que desconozco - como la crianza en parejas del mismo sexo-, ofrecernos como apoyo para acompañar a asentar una denuncia a una compañera de trabajo que es víctima de violencia de género, mediar como adulto una interacción que está siendo conflictiva entre dos jóvenes en el parque, y tantas otras. Mirar al Otro, tomarnos el tiempo para mirarlo, conocerlo para comprenderlo y así celebrar el encuentro.

Como dice Gordon Porter -experto internacional en el desarrollo de una educación inclusiva-, una de las claves del éxito de la experiencia inclusiva es la creación de una comunidad de personas dispuestas a hacer que funcione. En otras palabras, apostar a una co-construcción colectiva. Hagamos que funcione, porque la educación inclusiva es posible, es necesaria y ¡nos hace bien a todos!

Con la colaboración de Verónica Martorello y Gabriela Nahabedian.

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