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Los mensajeros del poder

Intérpretes de la letra gruesa de los dirigentes, los operadores políticos, una denominación actual pero tan criolla como el dulce de leche, han inventado lenguajes y prácticas para explicar lo que sus jefes no pueden decir con todas las letras ni hacer a la luz del día.
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2 de agosto de 1998  

EL término está instalado en la crónica y el comentario político. Fulano es el "operador" de zutano, pero en muchas ocasiones los así bautizados se niegan a aceptarse como tales.

Los "operadores" pueden ser llaneros solitarios o socios de una patrulla. En la Alianza, las decisiones "estratégicas" adoptadas por el Grupo de los Cinco se trasladan a un nivel inferior para que se instrumenten. Así aparece Rafael Pascual, el non plus ultra del "operador" de Fernando de la Rúa, junto a Jesús Rodríguez o Mario Brodersohn, intentando escribir la letra fina de las metas de la coalición opositora, con Alberto Flamarique, Darío Alessandro o Jorge Rodil.

En la política cotidiana, el "operador" cumple, según el analista político de Clarín Eduardo van der Kooy, la "tarea de fusible del dirigente, una suerte de tamiz". En general, los principales comentaristas coinciden en que los periodistas ven una ventaja en los operadores: descifran (descodifican) los mensajes de sus superiores.

La leyenda que circula entre los justicialistas es que el neologismo fue "inventado" por Jacinto Gaibur, que ahora es vocero del titular de la Cámara baja, Alberto Pierri. "Es cierto", dice el propio interesado, y recuerda por qué y cómo.

Corrían los días agitados de las reuniones de lo que sería la Renovación peronista, después de la debacle electoral del 30 de octubre de 1983. Gaibur fungía de enlace y transmisor de ideas entre dirigentes que comenzaban a tallar con fuerza, tales como Carlos Corach, Oraldo Britos, José Manuel de la Sota. "Yo le pasaba informaciones a Morere (Antonio César, que, en aquellos años, cubría peronismo para Clarín) y como no era dirigente, él me quiso poner un cargo: por eso me llamó operador político".

Pero la historia es más rigurosa y despiadada. Cuenta, por caso, que Julio Argentino Roca, que fue presidente dos veces, para esas funciones recoletas empleaba a Olegario Ojeda, según recuerda Rosendo Fraga. Después, Remigio Lupo, que era administrador de la Aduana, "operaba" (muy reservadamente) para Marcelo de Alvear, el segundo presidente radical de la historia.

Los "representantes personales" de Juan Perón durante su exilio podrían ser el paradigma de estas funciones. Desde John William Cooke, cuando "el viejo general" viraba hacia la izquierda, hasta Jorge Daniel Paladino, en las ocasiones en que Perón buscaba otro perfil, cumplían las "misiones tácticas": el objetivo estratégico del fundador del justicialismo, el retorno triunfante al país.

Un momento culminante de la tarea de Paladino fue aquel en que afinó, con Enrique Vanoli, el "operador" de Ricardo Balbín, La Hora del Pueblo: el grupo de presión política para que los militares convocaran a elecciones a principios de los setenta.

Con todo, Perón tenía sus "operadores" reservados, que fueron varios, pero entre los más notables se cuentan Jorge Antonio o Héctor Villalón (el primero, alineado con el riñón del franquismo y sectores empresariales o militares; el otro, dedicado a contactos y negociaciones con líderes del Tercer Mundo, incluido Fidel Castro).

Rosendo Fraga, que estudió mucho al general Agustín P. Justo, cuenta que el director del mítico vespertino Crítica, el uruguayo Natalio Botana, hizo de "operador" entre la Chade, la entonces empresa eléctrica, y concejales radicales, para conseguir, con "coimas", la prórroga de la concesión.

Podría pensarse que fue un "gestor", o un lobbista. No fue así: Justo autorizó la "operación" con un objetivo político: esa jugada enlodó el prestigio radical y alteró ese partido (al menos en su distrito porteño) en una fuerza más manejable por el caudillo del ala militar liberal.

En cada transición (en general, traumática) de los gobiernos de facto a los constitucionales hubo hábiles negociadores. La tarea del radical Ricardo Yofre fue muy importante para encauzar la asunción de Raúl Alfonsín, en 1983. Bernardo Larroude hizo algo parecido para Arturo Frondizi, en 1958, así como Leopoldo Suárez realizó lo suyo entre las Fuerzas Armadas y Arturo Illia, en 1963.

Para Joaquín Morales Solá, columnista de La Nación, hay dirigentes de alto nivel político que cumplieron funciones de operadores. Tal fue el caso, en el pasado, de Rogelio Frigerio, hombre de consulta de Frondizi, el teórico del "desarrollismo" y del viraje del líder radical, pero además el que instrumentó el pacto con Juan Perón, junto a Ricardo Rojo, que había preparado las condiciones del acuerdo. Actualmente, Morales Solá valora el papel que asume Alberto Flamarique respecto de Carlos "Chacho" Alvarez. Negocia con altos márgenes, opción de la que carece -dice- Pascual, respecto de De la Rúa. Para peor, a veces, Pascual ha sido desautorizado por el jefe del Gobierno de la Ciudad.

Las grandes maniobras

Curiosamente, ninguno de los dos pesó en la conformación de la Alianza. La coalición estaba en la naturaleza de las cosas, a pocas semanas del acto electoral de octubre. Hubo numerosos encuentros previos, en varios niveles, pero cuando todo estaba por desmoronarse, dos programas periodísticos, el de Magdalena Ruiz Guiñazú y Morales Solá, por Canal 9, y A dos voces, del cable Multicanal, la situación fue salvada por la simple pregunta del periodista Carlos Bonelli: "¿Y por qué no se juntan?", que colocó a Raúl Alfonsín y a Chacho Alvarez en un callejón casi sin salida. Ya no tenían márgenes para ubicarse mejor de cara a esa negociación y, horas más tarde, en el departamento de Federico Polak, vocero del ex presidente, dieron partida de nacimiento a la coalición.

Fue a partir del acuerdo aliancista cuando la tarea de los "operadores" de cada partido se volvió ímproba a la hora de confeccionar las listas de candidatos.

En cambio, el Pacto de Olivos fue un capo lavoro de los "operadores" en un clima político muy especial. Enrique "Coti" Nosiglia, en nombre de Alfonsín, y Luis Barrionuevo, por Menem, primero acordaron las metas de sus mandantes: reelección por reformas democráticas para la carta magna. A partir de este entendimiento madre, desbrozaron el encuentro entre los jefes del bipartidismo en la casa del ex canciller Dante Caputo, que en aquellos días se encontraba de viaje por Haití, y que se enfureció cuando conoció la novedad.

Simón Lázara fue vocero (operador) de Alfonsín: "Me tocó monitorear el Pacto, sobre todo lo acordado para la Corte Suprema, con Corach, Eduardo Bauzá y Enrique Cavagna Martínez. Algunas reuniones se hicieron en mi casa. Hubo momentos de estancamientos y necesitábamos de una señal fuerte para la convención del partido. Al final se acordaron los nombres de los miembros de la Corte designados por Menem (en 1989) que serían reemplazados".

Como se sabe, la relación de fuerzas en el más alto tribunal, no cambió con el ingreso de los nuevos nombres.

Mientras que a Lázara no le molesta que lo definan como "operador", al vocero de Eduardo Duhalde, Martín Oyuela, el término le disgusta. Prefiere calificarse como integrante de un staff que elabora políticas y, dentro del cual, su misión consiste en explicarlas, off y on the record, a los periodistas más especializados. "¿Descodificador? -pregunta-: no es necesario; Duhalde no necesita de intérpretes: es muy claro", cree.

Tampoco a Alberto Flamarique le resulta adecuada la denominación. Considera que "forma parte de la desvalorización de la política. Política hacemos todos; simplemente alguien materializa una idea: es más productor que otra cosa", enfatiza. El y Oyuela coinciden en algunos peligros y en apreciar antecedentes que les disgustan. Entre los primeros, el filo de la navaja que separa al "operador" del lobbista, ese "que termina haciendo su propio negocio". Añade Oyuela que Alberto Kohan y Nosiglia son el prototipo de "lo no saludable" en materia de operadores políticos.

Flamarique rememora -y mal- los acuerdos de trastienda en la Cámara baja entre el petrolero Diego Ibáñez y Chacho Jaroslavsky, primero, y más tarde, entre José Luis Manzano y el radical, para la sanción de leyes. Ocurre que se convirtieron en "un método perverso, un toma y daca, basado en el concepto del bipartidismo". Lo que más aflige ahora a "esta mano derecha" de Chacho Alvarez es la ausencia de los intelectuales en el debate de una teoría política sobre cómo se construye la Alianza, o sea, los acuerdos sin contraprestaciones.

Los hombres del Presidente

El justicialismo en el gobierno diversifica cuadros, funciones y ejemplos de negociación. Los analistas consultados por La Nación atribuyen a Corach la misión de "operar" sobre el Poder Judicial (no es único, otros son el ex ministro Rodolfo Barra y el jefe de la SIDE, Hugo Anzorreguy) pero, como resalta Morales Solá, "dentro del Gobierno, nadie conoce la interna partidaria como Corach". Además, al ministro del Interior se le atribuyen otros frentes: las relaciones con la UCR (vía Nosiglia y De la Rúa, como sus interlocutores) y con la comunidad judía, a través de Rubén Beraja, titular de la DAIA, al que ve con frecuencia.

Las malas lenguas imputan a Corach el uso, políticamente sesgado, de los Anticipos del Tesoro Nacional (ATN), que premia a gobernadores oficialistas alineados y castiga a los otros.

Eduardo Bauzá es, sin duda, el hombre de Carlos Menem en el Senado, pero también ante algunos gobernadores: en un momento, incluso ante el mismísimo Duhalde. Bauzá se sinceró con La Nación: "Soy un hombre de confianza de Menem". Tampoco a él le gusta el término "operador", pero reconoce dos tipos de "operadores": los que crecen a la luz del jefe y aquellos que, además, revalúan su papel de dirigentes con los votos de los afiliados. Lógicamente, él se ubica en esta última sección, y deja para la imaginación la tarea de identificar quiénes, en el PJ o en otro partido, pertenecen al primer grupo.

El duhaldista Oyuela fue más directo y los identifica: "Kohan y Corach son meros delegados", dijo.

Con todo, Bauzá valora la tarea de los "operadores", porque "son muchas horas de trabajo y buena voluntad" para llevar adelante negociaciones en las que algo se pierde, siempre. Estas personas, considera, deben tener "bajo perfil", no deben tratar de reemplazar a su mandante.

Entre ejemplos paradigmáticos impulsados por "operadores", amén del Pacto de Olivos, Bauzá ubica las leyes sobre reforma del Estado o las privatizaciones negociadas entre.

Menem no carece de otros "operadores". Kohan, para misiones internacionales que, en ocasiones, disgustan a la Cancillería; el fallecido Emilio Perina, que tuvo el récord de haber servido, además, a Arturo Frondizi y al último gobierno militar, o el secretario de Medios, Raúl Delgado. En ocasiones, éste logra convencer a los medios de que no den crédito a alguna información o rumor. Pero ya se sabe que Menem es su propio vocero, o que Corach baja línea oficial matutina con los movileros de las radios.

El peronismo ha tenido en Juan Bautista "Tata" Yofre un articulador para obtener que Menem lograra el respaldo de una multinacional como Bunge - Born. Antes había logrado el favor de Ambito Financiero y el de la editorial Atlántida para el entonces pretendiente al empleo más importante.

Desde su cargo en la SIDE, Tata Yofre anunció a La Nación que consiguió cambiar la imagen de Menem en centros neurálgicos de los Estados Unidos.

Según Fraga, el vocablo "operador" refleja la influencia del lenguaje militar en los códigos políticos. "Operador proviene de operaciones, término estrictamente castrense (podría añadirse, también de los servicios secretos). Lo mismo puede decirse de la palabra staff, un remanente del discurso militar de la Primera Guerra Mundial".

No sólo el lenguaje político ha sido influido por una época terrible. Los empresarios, que también tienen, como la CGT, sus "operadores", adoptan esa terminología: "gerente de operaciones es el equivalente al jefe de Operaciones del Estado Mayor. Esa logística, tan utilizada en el discurso político, proviene del mismo lado", indica Fraga. Falta aún, sin duda, democratizar el lenguaje de la política.

Por Isidoro Gilbert

Una categoría muy argentina

VARIOS corresponsales extranjeros confesaron a La Nación las dificultades que se les presentan para explicar a sus lectores que, por caso, "Rafael Pascual es operador político de Fernando de la Rúa". Ariel Palacios, de O Estado de São Paulo, suele describir a los operadores como "voceros" o "brazo derecho" de algún político prominente porque "en la política brasileña no hay intermediarios entre el dirigente y la prensa, o en las negociaciones".

Marcia Carmo, del Jornal do Brasil, coloca en estas funciones comentadas a los líderes parlamentarios en las dos cámaras. "Tienen libertad de acción para hablar en nombre del presidente Cardoso", subraya. Igual misión suele tener el actual vicepresidente, Marco Maciel, hombre de las derechas que se mueve con muy bajo perfil y ayuda a Cardoso a conseguir la aprobación de proyectos de ley. "El Corach de Cardoso no es un ministro, sino el senador Antonio Carlos Magalhanes", cuenta Carmo.

La representante de ABC, de Madrid, Carmen de Carlos, es terminante: "En España no existe el término ni el concepto".

Los periodistas norteamericanos consultados mencionan como el equivalente en su país a los spinning doctors (spin quiere decir girar, hacer girar como un trompo). Estos, generalmente, están al lado del presidente o de algunos políticos importantes.

Tienen mucha comunicación con la prensa, y entre sus tareas más visibles figura la de ofrecer la versión de los hechos que favorece al personaje en el candelero. "Spinning doctors son James Carville, George Stephanopolos (ahora comentarista político; antes, en la Casa Blanca, con Bill Clinton) y Paul Bengala. Quienes hayan seguido el escándalo con Monica Lewinsky recordarán que Carville era el que daba la versión oficial a los medios. Digamos que son los interpretadores.

Hay otras lecturas sobre lo que serían los operadores políticos norteamericanos. Los consultados por La Nación creen que sus "operadores" difieren de los argentinos en que aquéllos tienen un papel mucho menor en el arbitraje de las diferencias entre políticos elegidos, o en la formación de las políticas de los que consiguen votos. Una interpretación de esa diferencia la daría la inexistencia de las listas sábana, porque casi todos los miembros de los cuerpos colegiados son elegidos en distritos uninominales.

Al no existir listas de candidatos, el poder de los líderes políticos para decidir quiénes las integran no existe. Si bien los líderes tienen influencia sobre personajes de menor poder o escaso carisma.

En los Estados Unidos, los "operadores" son personajes que se cuidan mucho de comprometer las opiniones no autorizadas, y tienen menos posibilidades de ascender a la categoría de político elegido. Sólo los "operadores" del presidente o algún gobernador importante aparecen a menudo como noticia.

Asuntos públicos y empresas privadas

FERNANDO LASCANO, hasta hace poco analista económico y de la política en el periodismo, es actualmente director de Asuntos Públicos del grupo Exxel, que cumple funciones que habitualmente se otorgan a los operadores políticos. Desde ese cargo, que se repite en las grandes empresas, se establecen lazos con políticos, la prensa, entre empresarios. "No es lobbismo", aclara.

Desconocidos para los iniciados, los que manejan los "asuntos públicos" de las grandes empresas han protagonizado, en ocasiones, "operaciones trascendentes". Estos señores anudaron, por ejemplo, con Dante Caputo, el grupo empresarial María, que negociaba con el gobierno de Raúl Alfonsín, hasta que se apartaron del entonces presidente. Fue el antecedente del Grupo de los 8.

Entre personas importantes que cumplen ese cometido están: Jorge Vives, en Massalin Particulares, que tiene los contactos con los medios de comunicación, el Parlamento y el Gobierno, y con el espacio empresarial. Hugo Martini lo hace en YPF; Ignacio Bracht, para Telefónica Argentina; Jorge Aguado, para el grupo Socma; Sergio Einaudi, de Techint, dentro de la UIA; Miguel Retter, en Siemens; Rodolfo Guido Martelli hizo época para el Grupo Roberts. "Un histórico en estas faenas fue Tibor Teleki, para Industrias Kaiser Argentina (IKA)", dicen los que conocen el medio.

El ruido y la furia

SE ha convertido en moda gritar cuando se canta o cuando se dice que se canta. Se grita en el teatro, en el cine, en la televisión, en la radio y hasta parece que se convirtió en costumbre escribir gritando.

Desde luego, literalmente la palabra escrita no tiene voz. Pero sí, en ocasiones, destemplanza. Aunque la palabra escrita no necesita gritar, porque es el argumento, y no el grito, su verdadero valor.

La vida política de nuestro país hoy sufre, tolera o acepta el griterío de dirigentes, hombres públicos, funcionarios, gobernantes y operadores políticos que padecen del mal de creer que la razón vale menos que el grito. Entonces gritan, como si la sociedad no fuera capaz de entenderlos por las argumentaciones, sino por los alaridos.

Es así como los operadores políticos, funcionarios, legisladores, gobernantes, tienen la tendencia y la tentación de creer que un buen grito, una frase atrayente, aunque no tenga contenido, vale más que la razón.

Esta clara tendencia se manifiesta explícitamente en los medios audiovisuales. Una estridente discusión no se interrumpe ni aun con la razón, porque el rating está por encima de todo.

Es, a veces, una desenfrenada carrera para ver quién grita más, quién oferta la frase más impactante. Tal vez estamos frente a un hechizante juego de la política argentina en la que tácitamente se acepta que los protagonistas hagan una afirmación a la mañana, la modifiquen o la corrijan a la tarde y la desmientan a la noche. La secuencia puede ser a la inversa: comenzar con una desmentida a la mañana, corregirla a la tarde y terminar al anochecer afirmando que lo que se desmintió en realidad no había que desmentirlo, lo cual no quiere decir que sea cierto.

Como no hay reglas fijas, las secuencias antes mencionadas pueden alterarse en parte, sin que se modifique la cuestión de fondo, que no es otra que una maraña de gritos, palabras y susurros utilizados más para encubrir las ideas y las intenciones que como una forma de comunicación.

La cuestión es "estar en el aire" el mayor tiempo posible, hablando por sí o en nombre de gobernantes, candidatos o jefes de partido.

Y empiezan temprano. Más o menos poco después de las 6, ya están "los operadores" dispuestos a hablar. Alrededor de las 10, los cruces entre ellos y las discusiones de los dirigentes se emiten a los cuatro vientos. Para entonces, el nudo es tal que les lleva gran parte de la tarde aclararlo. De tanto aclarar, a la noche terminan confundiendo a todos y casi no recuerdan lo que dijeron por la mañana.

En 24 horas, los senadores, los diputados, los gobernadores, los ministros, los secretarios de Estado, los candidatos y los políticos de las más diversas tendencias siempre encuentran el tiempo para hablar y gritar, "estar en el aire", como lo dicen entre ellos.

Es que tienen su propio rating y su medición privada, cuando frente a sus amos preguntan: "Jefe, ¿qué tal salió? ¿Cómo estuve?" Allí enfrentan lo que para ellos es el fallo inapelable de los popes políticos. Por eso hay quienes parecen pertenecer a un elenco estable que tiene cada partido.

Hay, además, un motivo profundo. No sólo se trata de gritar, sino de hacerlo sobre determinados temas. Es decir, no radica la cuestión -al menos no solamente en eso- en cómo hay que pensar, sino en imponer acerca de qué hay que pensar. Por eso hablan y gritan. Empiezan poco después de las 6. Terminan, en ocasiones, a la medianoche. Y ya se están preparando para la madrugada siguiente.

Pero, ¿cuál es la credibilidad real que hoy tienen la palabra o el grito de las voces políticas? La verdad es que poco les importa contestar esa pregunta.

Escribe Atilio Cadorín

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