Teatro: el mito de la Difunta Correa

Alejandra Flechner y Santiago Gobernori, sobre un suelo reseco.
Alejandra Flechner y Santiago Gobernori, sobre un suelo reseco. Fuente: Archivo - Crédito: Gentileza G. Gorrini / M. Cáceres
Protagonizada por Alejandra Flechner y Santiago Gobernori, la obra de Ignacio Bartolone revisita el mito de la Difunta Correa y lo cruza con una tradición que explora al desierto como territorio artístico.
Alejandro Lingenti
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17 de diciembre de 2017  • 00:00

Una de las operaciones intelectuales más notables de la Generación del '37 fue la presentación del desierto como un mundo de posibilidades productivas. El imperativo fue entonces ir a por ellas, aun cuando esa decisión implicara el aniquilamiento de aquellas comunidades que lo habitaban y no encajaban en el gran proyecto de "organización nacional" nacido en 1852. El desierto tuvo, según la investigadora académica Claudia Torre, "un protagonismo contundente" en la historia argentina. Y también en la literatura nacional: basta con repasar la obra de grandes autores como Jorge Luis Borges, Juan José Saer y César Aira.

En La madre del desierto, Ignacio Bartolone retoma esa tradición, la incorpora en el lenguaje teatral y la cruza con el mito de la Difunta Correa, aquella intrépida mujer que decidió salir al encuentro de su marido, obligado por la fuerza a sumarse a una soldadesca montonera allá por 1840. Lo hace con gracia, sagacidad e inteligencia, aportando nuevas capas de sentido a una historia que también dispara resonancias que remiten a la política contemporánea.

Cuenta también con el aporte inestimable de dos actores fenomenales, de generaciones distintas: Alejandra Flechner, una de las célebres Gambas al Ajillo aparecidas en el incendiario under porteño de los 80, y Santiago Gobernori, un referente clave de la escena del teatro alternativo local de los últimos quince años.

"Alejandra me llamó porque había visto mis obras anteriores ( Piedra sentada, para corrida y La piel del poema) y quería contarme una idea que tenía, relacionada con los indios norteamericanos que eran exhibidos en «museos humanos» europeos. Yo ya había hecho una obra con tres indios como protagonistas ( Piedra sentada, pata corrida) y no quería repetir el tema tan rápidamente. Le pedí un tiempo para pensar algo que nos ayudara a llevar a cabo un trabajo conjunto. Revolviendo las estanterías en una librería de usados para encontrar algo de Humboldt, me topé de casualidad con una pintura de la Difunta Correa, muy kitsch y muy hermosa. Valía apenas 10 pesos. La compré, se la llevé y empezamos a tejer la trama de una historia vinculada con ese mito. Sobre todo en función de la idea del pasaje de un Estado que te cubre todo a uno que te desampara por completo. Eran los últimos días de Cristina en el gobierno y yo pensaba mucho en Los días felices, de Samuel Beckett. Quise reescribirla, de hecho, pero fracasé. Así que terminé rearmando el periplo martirológico de la Difunta Correa en el desierto".

En esa reconstrucción, Bartolone le concedió también un gran protagonismo al bebito con el que la sacrificada Deolinda cargó durante la heroica recorrida en busca de su esposo. Transformado en un insólito bebé gigante encarnado por Gobernori, el Bebo Puraleche habla una lengua singular y tiene sus propias motivaciones: "Investigando, me encontré con una idea hermosa: que los bebés, antes de los seis meses, se perciben como una totalidad. Esa idea de panteísmo preconsagrado donde ellos son el todo me sirvió para configurar una especie de narrador extraño, para enrarecer una idea de lenguaje que yo ya tenía como una iniciativa tomada para la obra. Y el desierto es una especie de papel en blanco donde se escribe toda la situación".

Con humor punzante, una gran imaginación para la puesta en escena y un ritmo narrativo que no decae nunca, Bartolone explota muy bien las posibilidades de experimentación que, contrariamente a lo que propugnan algunos prejuicios, ofrece una narrativa tradicional. "Siempre uso el ejemplo de La piel de caballo, de Ricardo Zelarayán. Es una novela narrativa, pero con una clara determinación de quiebre. Yo percibo en la corriente de teatro posdramático una imposibilidad de pensar la dramaturgia como una zona de experimentación. Y lo veo como un error. Confío ciegamente en la posibilidad de romper desde ese estadío de narración más clásica. Hay que tener cuenta cómo narra el enemigo -la publicidad, Pol-Ka, Netflix- y atentar contra ese sentido común. Yo prefiero leer poemas y no entender un carajo antes de ver una serie de Netflix, así no tenga de qué hablar en las situaciones sociales. La normalidad es el enemigo".

La madre del desierto, de Ignacio Bartolone. Con Alejandra Flechner y Santiago Gobernori. Músicos en escena: Victoria Barca, Franco Calluso. De jueves a domingos en el Teatro Nacional Cervantes. Libertad 815. A las 21.

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