Una pequeña heroína

Sergio Sinay
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17 de diciembre de 2017  

Me encontraba en la fila del puesto de quesos en una feria de mi barrio en la que suelo hacer compras, y delante de mí aguardaba una mamá con su hija de no más de siete años. La nena (pantaloncito y remera fucsia, carita redonda como la luna, pelo negro ensortijado), dio dos breves tirones a la mano de su madre para llamarle la atención y le dijo: "Mamá, cuando yo sea mayor de edad quiero ser científica". Afortunadamente lo repitió, de manera de que no me quedaron dudas acerca de lo que había oído: "¿Escuchaste, mamá? Quiero ser científica". Y agregó: "Ya se lo dije a papá".

La madre respondió con un ajá distraído y siguió embebida en sus propios pensamientos. Una lástima, porque, de continuar, el diálogo podría haber sido jugoso. Me pregunté qué imágenes habría en aquella pequeña mente cuando anunciaba ese propósito temprano. ¿A qué remitiría, en sus pensamientos, la palabra científica? Y recordé que, cuando yo tenía aquella edad y me preguntaban qué querría ser cuando fuera grande, alternaba entre dos respuestas. A veces decía "ingeniero" y a veces "capitán de barco". Imaginaba puentes construidos por mí en un caso, o, en el otro, amplios horizontes marinos hacia los que avanzaba al frente de mi buque. Poco tiempo después despuntó para siempre, y con fuerza arrolladora, la vocación por las ideas y las palabras que me tiene escribiendo esta columna.

Nunca sabremos si la nena de la feria será científica, ganará el Premio Nobel, descubrirá alguno de los millones de secretos que la naturaleza conserva o si su energía y su creatividad derivarán hacia otros rumbos. Pero cinco palabras de su frase quedaron tintineando en mi mente: "Cuando sea mayor de edad". Una notable rareza en un mundo en el que cada vez más adultos se desviven por ser adolescentes o niños, se resisten a crecer, son víctimas de una epidemia de juvenismo que crea un abismo entre su edad cronológica y su desarrollo emocional y sus razonamientos. Así se los ve, retratados por su lenguaje, sus actitudes, sus modales, sus reacciones, los artificios a que someten a sus caras y sus cuerpos, y su adoración por lo joven y lo nuevo sólo por ser joven y nuevo, como si esos fueran valores y no simples adjetivos.

Esos adultos que intentan retroceder en el tiempo como una manada que trata de bajar por una escalera mecánica que sube, y que impiden así el desplazamiento de los que van en la dirección correcta, no pueden diseñar futuros atractivos y convocantes para las generaciones que les siguen. Porque tampoco los diseñan para ellos. "Era como si las generaciones hubiesen ido menguando sucesivamente hasta confundirse con niños", piensa uno de los personajes de Los rebeldes, novela del escritor húngaro Sandor Márai. La sensación aplica a estos tiempos.

Ojalá la nena de la feria pueda cumplir su propósito, que esa sea su real vocación y que cumplirla ilumine la razón de ser de su existencia. Sin embargo, como pensaba Herman Hesse, "el futuro no es esto o aquello, el dinero o el poder, el conocimiento o el éxito profesional". El futuro, escribía Hesse, y su difícil y peligroso camino, es madurar. Algo de lo que hoy se suele huir masivamente.

Sin adultos maduros (ya que adultez y madurez no son sinónimos), los chicos y jóvenes quedan a la deriva. Acaso por eso haya resonado del modo en que lo hizo la frase de la nena de la feria. Ese decidido anuncio de dejar un día la niñez, de fluir con los ciclos de la vida sin detenerlos ni violentarlos y de tener un faro que guíe su existencia. Ella muestra razones para aspirar a la adultez en donde tanto adulto renuncia a serlo. Es una pequeña heroína.

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