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Elogio del pensamiento

Ariel Torres
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13 de diciembre de 2017  

Con no poca frecuencia mi madre solía encontrarme sentado en el banco del patio, inmóvil y con la vista perdida. Era, presumo, una actitud bastante sospechosa. Entonces me preguntaba:

-¿Me podés explicar qué estás haciendo?

-Estoy pensando -le respondía, y era la pura verdad.

-Vos pensás demasiado -sentenciaba mi madre, indignada.

Con los años no he perdido el hábito. Visto de afuera, lo puedo comprender, no constituye un espectáculo fácil. Un hombre sentado en su sofá, mirando hacia el jardín sin hacer absolutamente nada durante mucho tiempo.

¿Pero qué es pensar? A veces es imaginar. Otras veces es buscarle la solución a una problema. Desenredar diálogos por venir para anticipar preguntas capciosas y respuestas atravesadas. A medida que transcurren los años, pensar es también un recordar moroso y placentero, como beber un vino bueno y lento. A menudo pensar es una forma de rezar.

Pensar, por ejemplo, puede ser tratar de no pensar, como en la práctica del zen. O, para decirlo con más precisión, dejar de corretear detrás de cada idea, y entonces, cuando la conciencia se transforma en un escenario sin límite, observar asociaciones insólitas y nociones en las que, de otro modo, jamás habríamos reparado. Aquietar la mente constituye a la vez un desafío monumental y una paradoja; las paradojas suelen ser un humus de lo más fértil.

Leía el otro día uno de esos consejos de vida que parecen verdaderos tan sólo porque se viralizan. Recomendaba no pensar demasiado; igual que mi madre. No rumiar las cosas, para ponerlo en nuestra bella lengua. Disiento. Sólo los humanos meditamos, y ser humano nunca está de más.

Ocurre que suele confundirse el decidir con el pensar. No son lo mismo. Tomamos miles de decisiones por día. Inmensas e insignificantes. Raramente son el resultado de la reflexión. Muchas son del todo automáticas. Otras provienen de un pálpito subterráneo. Están las que son inevitables y las que no queremos evitar. Y quedan todavía aquellas, pocas, escasas, que nacen, sí, de una esforzada cavilación.

No hablo de eso. Hablo del acto voluntario e íntimo de sentarse a pensar. Salir un minuto del industrioso ejecutar espasmódico, que es un bálsamo para nuestra finitud, y animarnos a enfrentar cara a cara el misterio abisal de nuestro propio interior. Nuestra propia noche.

Pensar es prestarle atención a la música del ser. En general, sólo la oímos. Está ahí, de fondo. Bajita. Pensar es lo contrario. Es escucharnos. Sentarnos en nuestro sofá favorito y mirar hacia adentro. Verán, si lo prueban, que contenemos universos. Diré más, y la pregunta es antigua como la filosofía. ¿Quién, si no ese anfiteatro que al principio parece borroso o sombrío, concibe lo que creemos que existe ahí afuera? El mundo es como nuestra mente conjetura que es. Alguna vez fue plano. Alguna vez fue una vasta sabana en la que marchábamos recelosos y desnudos.

Tal vez por eso se le teme tanto al pensador. Porque la realidad es tan profunda y compleja como nos atrevamos a pensarla.

Meditar es, por otro lado, una forma de viajar. Si hemos vivido, cada día estará apuntado en nuestra geografía, cada día y cada palabra. Cada brisa. Cada duelo. Cada triunfo. Cada beso. Cierto, ya no recordaremos casi ninguna de esas jornadas, pero todas han alimentado la geodesia de este territorio único que tiene un solo posible espectador.

En una espiral deliciosa, la vida que nos ha marcado inspirará en nosotros ideas que podrían cambiar el mundo. O marcar la geografía interior de otras personas. Pero nuestra frenética cultura de la acción nos ha ido apartando de lo que mi madre me advertía 40 años atrás. Pensar demasiado, pensar en exceso.

Una pena. Porque es un placer y porque ahí dentro hay un millón de secretos esperándonos.

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