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Juan Ramón Aguirre Lanari: un contemporizador de raigambre liberal

Fue canciller, embajador y legislador; su formación y su militancia lo convirtieron en una referencia
José Claudio Escribano
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13 de diciembre de 2017  

Si alguna vez, en el último largo medio siglo de la política argentina, se hubiera resuelto elegir al político más dotado de las cualidades innatas del contemporizador, nadie se habría asombrado de que la distinción recayera en alguien como el doctor Juan Ramón Aguirre Lanari. Disponía de ese don con naturalidad. Sobresalía, así, por ese rasgo llamativo, en medio de la vocinglería agria y de profusas destemplanzas en las confrontaciones que se han sucedido en la Argentina en tan largo período. El político correntino desaparecido ayer en Buenos Aires, a los 97 años, estaba en las antípodas de quienes han retaceado frenos para amenguar enfrentamientos y ceder paso a la discrepancia amistosa, a la concordia a la que llama el espíritu de tolerancia a fin de civilizar los debates de la vida pública del país.

El "Mozo" Aguirre, como se lo llamaba con cariño en los ámbitos múltiples de su actuación política, docente, académica y diplomática era uno de los últimos exponentes de una generación que se hizo notar desde comienzos de la década del cuarenta por su lucimiento en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Unos, por la lucha estudiantil contra el fascismo propagado por la revolución del 4 de junio de 1943, de la que se adueñó el coronel Juan Perón, y casi todos ellos, por los méritos compartidos como alumnos sobresalientes. Aguirre Lanari aunó ambas condiciones, tanto por la militancia que coronó con la presidencia del Centro de Estudiantes, como por el hecho de haberse adjudicado el Premio Alberto Tedín Uriburu al alumno de abogacía que hubiera obtenido "el más elevado total de puntos en sus exámenes".

Crédito: Academia de Derecho

Algunas de las figuras más destacadas de esa generación prolongaron, en diversas esferas, la amistad forjada desde los primeros encuentros en la vieja casa de Las Heras. Allí se estudiaba Derecho antes de estudiarse Ingeniería. Pertenecieron, al círculo de Aguirre Lanari, Carlos Muñiz, fundador de instituciones, como la que proveyó de estudios profesionales sistematizados al servicio exterior y el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI); Carlos Camet, desaparecido a temprana edad, luego de haber sido diputado nacional por el frondizismo bonaerense; Jorge Aja Espil, subsecretario de Relaciones Exteriores y dos veces embajador; José "Pepe" Ray, graduado con "diez" absoluto de promedio; Jorge Wehbe, tres veces ministro de Economía; José "Pepén" Sáenz Valiente y Alberto Rodríguez Galán, entre otros. Varios entre ellos rodearon al doctor Eduardo Busso, confundiéndose con la multitud que colmaba la Playa de Mayo, y se extendía por calles y avenidas aledañas, el viernes 23 de septiembre de 1955. Habían asistido, junto con el gran civilista a quien habían frecuentado en el servicio jurídico gratuito del Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires, al primer saludo, desde los balcones de la Casa Rosada, de los jefes militares que derrocaron el gobierno de Perón: Eduardo Lonardi, general, e Isaac F. Rojas, contraalmirante.

Horas después, Busso recibiría la noticia de que el gobierno revolucionario le ofrecía el Ministerio de Interior y Justicia. Y Busso, a su vez, se dirigiría a los jóvenes discípulos para que lo acompañaran en la función pública: Muñiz, como subsecretario; Aguirre Lanari, como asesor y luego director de Provincias; Rodríguez Galán, como director general de la Inspección General de Justicia. Allí anidaba el núcleo liberal del nuevo gobierno por oposición al nacionalismo que insuflaba ideas al general Lonardi en su círculo más íntimo. La tensión entre esas líneas se extendió a duras penas dos meses. El domingo 13 de noviembre Lonardi fue destituido por un acuerdo entre el Ejército, donde prevalecía la influencia del general Arturo Ossorio Arana, y los cuadros cohesionados de la Armada. El cambio de rumbo objetivado con la asunción, ese mismo domingo, del general Pedro Eugenio Aramburu, se había anticipado en la renuncia, luego rechazada, del doctor Busso al Ministerio del Interior. Esa carta había sido jugada en coordinación con los partidos políticos representados en la Junta Consultiva Nacional, que anunciaron el abandono de la institución creada por la revolución del 16 de septiembre. Así se había acordado entre la Unión Cívica Radical, todavía unificada bajo la presidencia de Arturo Frondizi, y los partidos Socialista, Demócrata Progresista, Demócrata Nacional y Demócrata Cristiano. Sus representantes volvieron a esa junta después del alejamiento de Lonardi, cuyas virtudes personales ninguno de ellos había negado.

Más que la rapidez para el aprendizaje del poder en la política turbulenta de mediados de los cincuenta, Aguirre Lanari evidenció desde sus primeras funciones públicas la sensibilidad de artesano político para la que lo habían preparado en el hogar paterno, en Corrientes. Su padre, Juan Aguirre Contte, era un abogado vinculado, por militancia y familia, con destacadas figuras del más antiguo de los partidos argentinos, el Partido Liberal, fundado en 1856. El "Mozo" lo recordaba con la admiración que suscita un padre cuyas palabras se espejan en los hechos: "No dejaré fortuna, pero sí educación para mis hijos y un nombre honesto". La madre, Raquel Lanari, perteneciente a una familia que dio dos médicos de excepción al país, cuidaba de un hogar en el que, además del "Mozo" y su hermana menor, "Quela", recibieron crianza los Acosta Aguirre, dos primos hermanos huérfanos de padres. El conjunto se completaba con Brígida Aguirre, tía abuela de cuya bondad y sabiduría aquél se declaraba tributario.

Esa noción de familia, como base moral en la maduración de un hombre público, fue por igual patente en el matrimonio de Juan Ramón Aguirre Lanari con Amelia Vernengo Lima. "Kika" era hija del ministro de Marina que en 1945, a pesar de su apoliticidad, o precisamente por eso, por no aceptar que un militar sacara para sí provecho de la función pública, se plantó ante Perón durante los sucesos de los primeros días de octubre. Estos derivaron, primero, en la detención de Perón, a instancias de la prevaleciente Guarnición de Campo de Mayo, y luego, en lo contrario: la jornada multitudinaria, con sus consecuencias históricas, del 17. Ese acontecimiento determinó el retiro de Vernengo Lima. En cuanto a su esposa, fallecida recientemente, Aguirre Lanari escribió: "No hay decisión trascendente en mi vida que no haya consultado con ella".

Después de haber acompañado a Busso en la gestión ministerial, Aguirre Lanari fue ministro de Gobierno de la intervención Bonnecarrere a la provincia de Buenos Aires. Un dato curioso, propio de tiempos a los que marcaban otros hábitos en la política criolla, es su renuncia a ese cargo ministerial, en noviembre de 1957, a raíz de haber enviado padrinos a Pascual Cafasso, fiscal de Estado de la provincia. Se debió a una carta recibida de éste que consideró injuriosa. Los padrinos involucrados en el inminente lance encontraron al final elementos para dictaminar que habían desaparecido las razones de lavar en duelo el honor comprometido.

Como buen correntino liberal, Aguirre Lanari fue mitrista. Desde las cátedras en que enseñó Historia y Derecho Constitucional en las universidades de La Plata y Buenos Aires defendió en todos los órdenes la figura y la política del primer presidente de la República unificada bajo la organización constitucional definitiva. Lo defendió a Mitre del mismo modo que éste había defendido a Urquiza ante Sarmiento. Refería Aguirre Lanari que José Mármol preguntó al futuro fundador de LA NACION qué haría con Urquiza después de lo que fue Pavón. "¿Fusilarlo?". Contestó Mitre: "Si tuviera la felicidad de triunfar y de tomar prisionero al vencedor de Caseros, le colocaría a mi derecha, mandaría batir marcha regular y le haría revistar, junto conmigo, al ejército victorioso".

Lenguaje de otro tiempo, sin duda. Como el comentario de Mitre, que Aguirre Lanari reprodujo como cierto, frente al administrador de LA NACION, al informarle éste sobre la impopularidad, entre los suscriptores que abandonaban el diario, de su acuerdo de 1891 con Roca. Lo había resuelto para zanjar las diferencias subsistentes por la crisis del noventa. "Cuando se haya borrado -contestó Mitre- el último de los suscriptores, imprima dos ejemplares: uno, para usted; y otro, para mí".

Aguirre Lanari fue un estudioso de la guerra de la Triple Alianza y del desastre al que Francisco Solano López precipitó a nuestros pueblos, y al propio en particular, a partir de la invasión de Corrientes y la ocupación de su ciudad capital. Pero fue, por sobre todo, un estudioso de la Constitución Nacional de 1853/60. La definió como inspirada en principios tan incuestionables que superaron por eso el curso de los años. Insistía en que nuestra constitución es ejemplo "de la ideología liberal que trajo a nuestro país seguridad jurídica y una prosperidad que admiró el mundo".

En 1979 aceptó la embajada argentina ante Venezuela como una manera de afirmar, admitió más tarde, una corriente interna dentro del Ejército que bregaba por la salida democrática del régimen militar. Sobre bases de igual naturaleza se hizo cargo, en 1982, del Ministerio de Relaciones Exteriores, después de que el presidente Reynaldo Bignone le asegurara que habría elecciones limpias antes del primer trimestre de 1984. Se hicieron el 30 de octubre de 1983.

Como canciller, Aguirre Lanari logró algo que parecía imposible tras la guerra perdida por las Malvinas. A su gestión debe acreditarse que las Naciones Unidas aprobara, incluso con el voto de los Estados Unidos, la resolución 37/9 por la cual se instó al Reino Unido y la Argentina a reanudar negociaciones "a fin de encontrar a la mayor brevedad una solución pacífica a la disputa de la soberanía referida a la cuestión de las islas Malvinas". Esto aseguraba que la cuestión seguiría abierta en el campo diplomático en los términos por los que ha bregado la Argentina desde la ocupación de 1833. Otro tema de interés para los estudiosos de la historia contemporánea argentina es que entre marzo y abril de 1983 se realizó en Buenos Aires, con la participación de 125 países, la V Reunión Ministerial del Grupo de los 77, cuyos orígenes se remontaban a un acuerdo de líderes tercermundistas: Nehru, Tito y Nasser. Aguirre Lanari, canciller del último gobierno militar, presidió aquellas deliberaciones.

Fue elegido en 1962 diputado nacional por Corrientes en representación del pacto que los liberales habían firmado con los autonomistas, herederos del conservadorismo alsinista y de caudillos correntinos como Juan Ramón Vidal y Elías Abad. Lo fue por poco tiempo, pues meses después del derrocamiento de Frondizi, y su reemplazo por el presidente provisional del Senado, José María Guido, el Congreso fue disuelto por una nueva presión militar. En 1963 Aguirre Lanari entró por primera vez en la Cámara alta, a la que volvió dos veces más después de la restauración democrática de 1983. En esos desempeños estuvo abierto a negociar diferencias de criterio con legisladores de todas las tendencias, luciéndose así como el político que, sin rehuir debates, coloca al espíritu de consenso en un plano superior.

Fue miembro de número de las academias nacionales de Derecho y de Ciencias Morales y Políticas. Entre sus muchas publicaciones, sobresale "Los formadores de la Ciencia Política en la Argentina", donde pasó revista a la gravitación en nuestras instituciones de las ideas de Moreno, Echeverría, Alberdi, Juan María Gutiérrez, Mitre y Sarmiento.

Pocos políticos relevantes han tenido una relación más estrecha con LA NACION. Aquí se lo recordará siempre por sus colaboraciones en temas históricos y jurídicos; por el tiempo y entusiasmo que dedicó a la Institución Mitre, que vela por la obra y el patrimonio del museo nacional bautizado con el nombre del fundador de LA NACION, y hasta por la confianza unánime que una vez se dispensó a su intercesión en cuestiones internas de la sociedad de familia que edita este diario. En Aguirre Lanari se conjugaban razones parecidas a las que Ortega y Gasset, a quien citaba con frecuencia, invocó como justificación del renombre y aprecio que había por Mirabeau entre sus contemporáneos: la capacidad intelectual, y no menos que eso, la constitución maciza de buena persona como virtud esencial.

Deja dos hijas, Teresa y Cecilia, tres nietos y dos bisnietos. Sus restos recibirán sepultura hoy, a las 11, en Jardín de Paz. Había nacido en la ciudad de Corrientes, el 20 de agosto de 1920.

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