La responsabilidad social en la cultura narco

Daniel Gallo
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13 de diciembre de 2017  • 01:41

La hipocresía rodea a todo debate sobre narcotráfico. Las voces políticas hacen siempre referencia a la existencia de "un problema muy complejo" para evitar mencionar el análisis de estadísticas que apuntan al único responsable del crecimiento de la oferta de drogas local: el consumidor.

Anunciar guerras frontales contra fantasmas puede tener -para todos los partidos políticos- menos costo electoral que enfrentarse con el 33,8 por ciento de los porteños entre los 25 y 34 años que compran drogas de manera habitual.

No hay franja etaria ni lugar en la Argentina con esa dimensión de consumidores de marihuana y otras sustancias ilegales. Así lo determina la última encuesta nacional realizada por la Sedronar. Duplican los adultos jóvenes porteños el consumo de drogas registrado en Buenos Aires o Santa Fe. Las razones sobre el aumento de los puestos de venta de droga en la región metropolitana no habrá que buscarlas, entonces, en supuestas fronteras porosas.

Ni siquiera con todas las Fuerzas Armadas instalando puntos de chequeos en cada ruta podrá evitarse la creciente penetración narco, porque no se trata de formar un simple bloqueo contra la circulación de mercancías. El narcotráfico y su violencia asociada aumenta en la Argentina por la irresponsable generación de una cultura narco.

Otra estadística reciente de la Sedronar permite entender la lógica de expansión del mercado de drogas. Cada año 130.000 estudiantes, la mayoría con menos de 15 años, se suman al consumo de marihuana. En ese tema no hay diferencias entre alumnos de escuelas públicas y privadas.

Con la renovación constante de usuarios y una fidelización proyectada a 20 años, las franquicias narcos pueden ser visualizadas como una gran oportunidad comercial. No es extraño, entonces, el permanente cabildeo para transformar a las organizaciones criminales en empresas. Quizá una alternativa fuese frenar bruscamente el consumo.

Hoy el crecimiento del mercado local de drogas provoca aquí mayor impacto negativo que la circulación de grandes cargamentos de drogas con destino a otros países. A la Justicia le cuesta enfocarse en el narcomenudeo. Esa inacción entregó territorios a grupos tan violentos como básicos. Un ejemplo natural de ese caso es la banda rosarina conocida como Los Monos. Demasiados rudimentarios como para formar algo más que un peligroso clan, Los Monos captaron adeptos, colonizaron barrios y se volvieron el ideal de niños en sus zonas de influencia por la ausencia de la justicia federal de Rosario. L os Monos no fueron juzgados aún por venta de droga, sino colocados frente a un tribunal por la justicia provincial en una causa de asociación ilícita y homicidios. Situaciones similares se vivieron en varias provincias y en la ciudad de Buenos Aires. Se permitió por desinterés judicial que el vendedor local de drogas se convirtiese en un modelo social y que el sueño de niños fuese la integración en una pandilla.

Esa realidad no fue promovida por fantasmas colombianos o mexicanos. Fue creada por el comprador argentino de drogas y su discurso de uso recreativo de la sustancia. Mientras no se ponga un freno tajante al consumo, no habrá forma de contener la penetración narco y sus asesinatos. Todo lo demás es maquillaje. Hipocresía.

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