Amor fugaz y la epidemia del "yo no le debo nada"

Una cita que va mal y la impunidad de esta era
Una cita que va mal y la impunidad de esta era Crédito: Shutterstock
Los encuentros en la era de Tinder eliminaron ciertos principios básicos de cordialidad y respeto, ¿cuán mal están las nuevas reglas del juego?
Tamara Tenenbaum
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18 de diciembre de 2017  • 00:01

Un chico y una chica se encuentran en la puerta del bar. Entran juntos, la incomodidad con la que se evitan los cuerpos delata que hasta hace segundos nunca se habían visto en persona. Sin mucho entusiasmo, se sientan y piden un trago cada uno. Cuando los tragos están más o menos por la mitad, el muchacho se levanta y va en dirección al baño. Por la arquitectura del lugar la chica no puede verlo, pero el chico apenas pasa por la puerta del baño, se desvía y sale corriendo hacia la salida.

Esta historia me la contó un bartender, una noche que estaba escribiendo una nota sobre tragos en su bar. "No supe qué hacer", me decía. "Yo la verdad le hubiera regalado a la chica un trago, le hubiera dicho que por un imbécil así ni vale la malasangre, pero le vi los ojos vidriosos, estaba muy avergonzada. Pensé que tal vez lo mejor era hacer como si nada yo también, pero a la vez me daba cosa porque ella no se iba, no hacía nada. Estaba como paralizada", me contaba, y a medida que escuchaba yo sentía en la panza el terror. Nunca se me había ocurrido que una cosa así estaba en el horizonte de lo posible. Sonará como una pavada pero una humillación de ese tipo, para cualquiera, chico o chica, se me hace bastante mortificante.

Cuento esta historia seguido, en esas conversaciones estilo cuentos de la cripta que surgen cada tanto sobre Tinder. La mayoría de la gente se horroriza, se ríe, contesta con alguna anécdota parecida, pero una vez alguna amiga me dijo "igual, qué sé yo, no la conoce el pibe, ¿no? Digo, él no le debe nada a ella". No contesté en su momento, pero me quedó flotando la pregunta. ¿Solo los vínculos crean responsabilidades? ¿No le debemos una consideración básica a las personas con las que nos cruzamos solo por ser personas, aunque no sean nuestras parejas ni nuestras amigas ni esté en nuestros planes que lo sean? ¿Es solo una moralina berreta esto que estoy pensando?

Los vínculos terminan tan rápido como comienzan, pero eso no quiere decir que el corazón salga ileso
Los vínculos terminan tan rápido como comienzan, pero eso no quiere decir que el corazón salga ileso Crédito: Shutterstock

No sé si alguien está libre de esas pequeñas maldades. Mucho antes de que el ghosting fuera tendencia yo lo practicaba con fervor y convicción. La mitad de las veces salía bastante bien: al segundo o tercero "¿en qué andás?" no contestado el muchacho en cuestión se iba por donde vino, para volver a aparecer tal vez seis meses después con un saludo igual de genérico. La otra mitad de las veces recibía ira, insultos y acusaciones surtidas (ya que estamos, así descubrí que, para bien y para mal, los varones no viven como una con la paranoia de parecer "una loca" o, peor, porque la loca en ciertos ámbitos tiene su mística, "una pesada"); esas reacciones violentas, que no justifico, me servían para legitimarme conmigo misma y, aunque no sé hasta qué punto, con mis amigas. "Yo ya sabía que era un tarado", decía, y si alguien me interpelaba un poquito más opinaba que dentro de todo me parecía el mal menor: "qué es mejor, ¿decirle que no me gusta, así, en la cara? ¿mentirle? Todo eso me parece más agresivo". Hoy no sé si me parece más agresivo decir la verdad, decir una mentira cordial ("tengo novio", la única razón inapelable) o no decir nada. Me lo pregunto todavía, lo seguiré pensando.

Pero sí sé, o sí creo, que la lógica de no deberle nada a nadie cada vez me cierra menos. Sí sé que si yo desaparecía es porque lo que estaba detrás era eso: yo hago lo más cómodo para mí, a vos no te conozco, y me da igual lo que te pase. Me gustaría creer que el amor libre, como modo de vida o como estadío transitorio, no tiene que ser así; que por fuera de la pareja y la amistad y los vínculos con nombre y con futuro también puede haber también algunos principios básicos, nada muy exigente, nada muy de otro mundo. Los que crecimos en los 90 nos acordamos de las campañas de esa época sobre HIV, del "cuidarse es quererse". Hoy siento que el discurso sobre el preservativo circula (si circula, porque lo hace cada vez menos) más en torno a cuidarse a uno mismo, pero recuerdo claramente que en esa época se hablaba también de cuidar al otro, aunque no fuera tu pareja, aunque no fueras a verlo más al salir del baño del boliche. Siento que algo de eso, algo de esa intuición, podría ser un principio universal: una especie de código laico compartido para desear y probar y ver qué pasa sin hacernos más daño del estrictamente necesario.

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