Ciclistas: vulnerables, sí; inofensivos, no

Ángeles Castro
Ángeles Castro LA NACION
En Palermo, dos ciclistas cruzan con el semáforo en rojo
En Palermo, dos ciclistas cruzan con el semáforo en rojo Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
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18 de diciembre de 2017  • 00:47

La revelación sorprendió días atrás. La Secretaría de Transporte porteña admitió que no realiza multas a los ciclistas por considerarlos, junto con los peatones, uno de los actores más vulnerables del tránsito. "No tiene carrocería. Impulsamos su uso y brindamos las capacitaciones e infraestructura necesarias para que el ciclista esté protegido", dijeron voceros de la dependencia. La decisión parte de una mirada sesgada y tiene un costado ilegal que preocupan.

¿Son los ciclistas vulnerables? Definitivamente, nadie puede discutirlo. Por falta de carrocería y por circular -en la mayoría de los casos- a baja velocidad, su poder de daño resulta mucho menor que el de un vehículo automotor de gran o pequeño porte. Según cifras de la Fundación Trauma, que evalúa registros hospitalarias y prehospitalarios de la provincia de Buenos Aires, las lesiones en ciclistas provienen en un 38% de colisiones con automóviles, camionetas o furgonetas. Las heridas los afectan comúnmente en la cabeza (34%) y los miembros inferiores, pelvis y nalgas (20,6%). Y, "si bien las lesiones fueron predominantemente leves, la combinación de lesiones en diferentes partes corporales justificó la internación de los pacientes", destacó la fundación.

El problema empieza cuando este saberse frágil deviene en la falsa creencia de ser, también, inofensivo y en consecuentes conductas inadecuadas e incluso contrarias a la normativa vigente que los ponen en riesgo a ellos mismos y, por sobre todo, a otros terceros más vulnerables aún: los peatones. Somos muchos los porteños asombrados de observar cómo los ciclistas violan semáforos, circulan por la vereda o realizan maniobras peligrosas. Las estadísticas al respecto difieren: según un informe de Luchemos por la Vida, el 91% no respeta la prioridad del peatón, el 63% no se detiene ante el semáforo en rojo y el 16% circula en contramano; según la Ciudad, más del 90% respeta el semáforo y la tendencia es positiva en términos de cumplimiento de las normas.

Un intercambio breve de palabras en buen tono con el ciclista infractor permite enterarse de que exhiben los mismos defectos que otros actores del tránsito -"voy apurado", "me di cuenta a último momento dónde debía girar", "no hay riesgo, tengo buenos reflejos"- pero, además, padecen de un prejuicio que los distingue: considerarse inocuos. "Pero si no hago nada porque voy en bici", gritó un ciclista a esta periodista hace algún tiempo. El inusitado crecimiento, en buena hora, de los viajes en bicicleta durante los últimos años contribuye a que estas situaciones, antes excepcionales, sean cada vez más visibles. Según cifras oficiales, mientras en 2009 sólo el 0,4% de los traslados por la ciudad se hacían en este medio, hoy ya son el 3,5%. La movilidad sustentable se abre camino.

Las irregularidades son admitidas por los propios pares. "Desde el desconocimiento, el ciclista asume riesgos y los genera. Es fundamental que comprenda el rol que tiene en la movilidad urbana. Pensar que no puede hacer daño es un error; también creer que los automovilistas están bien capacitados y que vivimos en una sociedad ideal en la que todos cumplimos las reglas", dijo Néstor Sebastián, líder de la Asociación de Ciclistas Urbanos (ACU).

No es un dato menor que, a los seguros por robo para bicicletas se hayan sumado recientemente los seguros contra daños a terceros.

En las redes sociales, los cuestionamientos suelen ser más radicales: "Se creen superiores moralmente por andar en bici", "Como ciclista, creo que deberían darnos carnet para poder andar por la calle", "Yo vi un grupo desaforado, cruzaba la colectora en rojo, todos deportistas sacados", "Si atropellás a alguien con la bici, podés arruinarle la vida".

Sobre esto último dio fe Mariela Bernárdez. Fue hace cuatro años, cuando ella tenía 27, en Coronel Díaz, entre Cerviño y Libertador. Una tarde en su regreso del trabajo al hogar la arrolló una bicicleta. Desde entonces su vida cambió para siempre. "Casi me frenó encima. Yo me caí al piso, con la cabeza sobre el cordón. Tuve fractura de la cúpula radial, en el codo, y microfracturas en el escafoides, un hueso que está entre la muñeca y la mano. Todo en el brazo derecho. Yo soy diestra, me explicaron que apoyé la mano derecha para frenar la caída y así pasó. Estuve un mes con cabestrillo, kinesiología todos los días, dos meses sin trabajar, y con mucha medicación por el intenso dolor", relató a LA NACION.

Todavía hoy Mariela literalmente sufre las consecuencias de ese accidente. "Soldó pero mi brazo nunca volvió a ser como era. Me dedico a hacer muñecos tejidos y cada tanto me duele el brazo. Hago acupuntura, que me ayudó mucho, porque los tratamientos convencionales no me solucionan el dolor. Y hace un año tuve una tendinitis en el mismo codo", detalló. Su opinión sobre los ciclistas es rotunda: "Son impunes".

El hecho de que el gobierno porteño haya decidido no multar a los ciclistas infractores reafirma esta última valoración de Mariela. Y más: rompe con el principio de legalidad y con la obligación del Estado de obedecer la ley y aplicarla. Roza con el incumplimiento de deberes. El Código de Tránsito rige para todos; cualquier excepción debería ser establecida formalmente y no impuesta en la práctica por funcionarios de turno.

Todos queremos una ciudad sustentable. En ese sentido, promover el uso de la bicicleta es una política pública positiva. Tanto como promover el respeto de las normas y la igualdad ante la ley.

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