Por ser trans sufrío todo tipo de abusos: bullying, acoso sexual y hostigamiento.

Vanesa Cufré, de 32 años, pasó por situaciones límites hasta que su familia pudo aceptarla
Vanesa Cufré
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18 de diciembre de 2017  

Nací en la ciudad de Villa María, en Córdoba, en el seno de una familia humilde: mis abuelos siempre fueron jornaleros que trabajaban la tierra, amasándola en barro para hacer ladrillos; mi padre, albañil, y mi madre, empleada doméstica.

Del matrimonio entre mis padres llegamos dos hijos, mi hermana menor y yo. A los pocos años, ellos se separaron: yo fui criada por mi abuela paterna y mi papá, y mi hermana, por mi mamá y su madrina.

Mi niñez estuvo marcada por la violencia en sus diversas formas. Los modismos suaves que tenía desde siempre y la sensibilidad no son estereotipos asignados al género masculino, y ni siquiera en la niñez son perdonados. Ni por los adultos ni por los niños.

Familia unida. Vanesa Cufré (abajo a la derecha) junto a sus tres hermanas y a su mamá, en su casa de Córdoba
Familia unida. Vanesa Cufré (abajo a la derecha) junto a sus tres hermanas y a su mamá, en su casa de Córdoba

Las burlas me acompañaron desde los primeros grados en la escuela y los primeros cumpleaños. La represión recibida en mi casa de parte de mi padre por ser "demasiado maricón" me expuso por mi falta de confianza a sufrir otro tipo de abusos: desde bullying y hostigamiento hasta abuso sexual.

Ni el amor ni la protección de mi abuela fueron suficientes para un mundo en donde sin red de contención fui presa de depredadores.

A los 12 años me fui a vivir con mi papá y su nueva mujer. Dos años después, emprendí la búsqueda de mi identidad de género. Descubrí que la afinidad que tenía con los personajes femeninos de la televisión no era de atracción, sino procesos de asimilación de mi identidad. A mí no me gustaban o atraían los chicos: me sentía una chica. Eso era.

Necesitaba expresarme y opté por volcar mis historias en un diario personal que encontró mi padre. Entonces, sacó un bolso con mi ropa y me despidió, hasta el día de hoy, de su casa y de su vida.

Era diciembre de 2001. Volví a vivir con mi abuela, quien intentaba subsistir con su pensión de $ 97 por mes. Ahí conocí el hambre, el abandono y la impotencia. Tenía 14 años y no sabía por qué me sentía así, y no lo podía disimular. Porque eso era lo que me sugerían: "Si disimulás, no se te burlan".

Dejé la escuela y empecé a trabajar para poder comer. Mi primer trabajo fue de peón de albañil y después en los campamentos de ladrillos sacando carretillas de barro por $ 20 al día. A los 16 conocí el trabajo sexual, pero al tiempo vinieron los conflictos con la ley, las detenciones por prostitución y la cercanía con las drogas.

Un día mi mamá decidió buscarme para volver a compartir la vida. A los 18 años, desayuné de nuevo con mi hermana (y mis dos medias hermanas), dormí en casa. Volví a sonreír. Terminé el secundario, empecé a estudiar Comunicación Social y me comprometí con mis pares.

Hoy estoy buscando trabajo, quiero luchar para conformar mi propia familia y tener mis hijos. Darme el gusto de acompañarlos crecer, la posibilidad de revertir mi historia de falta de comprensión y de evitar el abandono, que es el principal daño que se le puede hacer a un chico.

Un abrazo, una caricia, una mirada comprensiva construyen personas fuertes y orgullosas. Eso es justamente lo que a la mayoría de las personas trans nos faltó.

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