Por qué sólo J. J. Abrams puede rescatar a Star Wars

Javier Porta Fouz
Javier Porta Fouz PARA LA NACION
Rian Johnson dirige a Chewbacca en el set de Los últimos Jedi
Rian Johnson dirige a Chewbacca en el set de Los últimos Jedi
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18 de diciembre de 2017  • 15:35

Hay alabanzas generalizadas para la nueva Star Wars . Demasiado generalizadas, podríamos decir algunos pocos que estuvimos lejos de quedar deslumbrados. También podríamos decir, desde esta rebeldía minoritaria, que muchos elogios que se leen son demasiado en automático, demasiado poco reflexivos, demasiado de fan, de no poner distancia y no ver de forma oblicua, no tan frontal, qué es lo que hace este director encargado del Episodio VIII de la saga cuarentona.

Como director y también guionista, Rian Johnson , el de Looper –otra película que vendía espejitos de colores– toma varias decisiones muy evidentes. La primera se ve apenas empieza la película: luego del habitual rodante con la fanfarria, Billie Lourd (la hija de Carrie Fisher), que interpreta a la teniente Connix, presenta una actuación en un registro menos cinematográfico que televisivo, con demasiado pestañeo. Y esa actuación no será la excepción en Los últimos Jedi: en algún momento aparecerá Benicio del Toro para hacer su show particular (y esto no es dicho de forma elogiosa). Por su parte, Domhnall Gleeson, como el general Hux, en un festival de morisquetas como nunca había hecho en su carrera, confirma que esto que hace Johnson es un teatro de marionetas sin alma, o al menos sin alma de clasicismo, sin pulsión de aventura, sin el corazón de Star Wars. El humor de Han Solo o el de Chewbacca es de otro orden que el del general Hux, tan pomposo y ridículo como para que nos riamos de él y no nos de miedo. Parte de la operación que ejecuta Johnson en esta película se basa en que los personajes den risa, que no es lo mismo que sumar humor al relato. Hay una distancia notoria entre director y personajes, algo que nunca se había visto en Star Wars.

Otro gran problema de Los últimos Jedi es que Johnson no logra hacer progresar el relato: estamos ante una película de dos horas y media que no tiene cohesión, no genera suspenso, tensión ni emoción. Hay un desprecio muy sensible por el tiempo y la lógica del montaje alterno que duerme el tradicional momento de varias líneas narrativas de Star Wars. Johnson detiene las cosas no cuando faltan segundos o minutos para la resolución, sino cuando la espada está en el cuello del condenado. Eso anula, por artificioso, por falso, nuestro interés, nuestra posible emoción. El tiempo no se respeta en Los últimos Jedi, tampoco la lógica, y menos que menos la moral cinematográfica.

Habría que entrar en detalles de esos que ahora llaman spoilers para argumentar porqué André Bazin estaría muy enojado con esta Star Wars; pero quizás se pueda hacer más adelante, cuando todos los alérgicos a los spoilers hayan visto la película. Por otro lado, pocas veces como en este Episodio VIII se ha abusado tanto del deus ex machina, con resoluciones a repetición en el último segundo que no tienen que ver con el clasicismo sino con una mirada cínica sobre él, producto del gastar el recurso y hacerlo risible. Y por otro lado, a cada rato, antes y/o después de cada acción, los personajes explican las nuevas coordenadas de por qué pasó lo que pasó o porqué va a pasar lo que va a pasar. Hay una cantidad notable de inconsistencias en la película, pero enumerarlas sería entrar en detalles que desatarían la histeria ante el spoiler.

Los últimos Jedi es una película-síntoma de algo muy poco alentador: el uso de la marca como carta ganadora prepotente (y, para qué negarlo, parece funcionar, por cómo viene la recepción) Pero, por otro lado, hay algo en algún sentido reconfortante, y esto es la vigencia de la responsabilidad del director y guionista, por más poder que ostenten LucasFilm y Disney. Al comparar los logros del El despertar de la fuerza, ese puente vibrante entre 2015 y el espíritu de los 70, con los resultados de esta nueva película, se notan las diferencias entre los directores. La dirección de Johnson permite valorar aún más lo hecho por J.J. Abrams en el Episodio VII. Uno, sin ninguna base fáctica, imagina a Abrams terminando de ver esta Star Wars VIII y pensando –dentro de un globo de historieta– “¿Es que todo tengo que hacerlo yo?”. Pasa algo muy singular con Abrams: se ha convertido en la garantía de cine de gran presupuesto para la recuperación de grandes sagas, hasta el punto de haber reflotado a Boca y a River, es decir, a Star Trek y a Star Wars.

Hay una evidente escasez de directores de cine con esa visión coherente, cohesionada y con aptitud para la aventura que hace que Abrams se haya conviertido en un recurso más escaso, o difícilmente reemplazable, en el ecosistema de Hollywood. Más allá de Star Trek y Star Wars, la salida de Colin Trevorrow del Episodio IX (menos mal, considerando su Jurassic World) y la confirmación de que Abrams sería el encargado de cerrar la saga de los Skywalker, confirma que J.J. es algo así como el Mesías ¿Qué sería hoy de Hollywood sin Abrams? Fue quien logró recuperar el valor de la franquicia luego de esos pasos en falso del propio padre de la criatura, George Lucas, con los episodios I a III.

Fue Abrams el que realmente logró despertar a la Fuerza ¿Por qué no surgen nuevos directores con esa capacidad de crear aventuras atractivas para el público masivo, que sean consistentes y apasionantes? Steven Spielberg, George Lucas, Joe Dante, Peter Jackson, Robert Zemeckis, James Cameron, Ridley Scott, Tony Scott, Joe Johnston, Quentin Tarantino, Tim Burton, George Miller, Sam Raimi, Brian De Palma, Verhoeven, Guillermo Del Toro, John Carpenter, incluso Gore Verbinski y Bong Joon-ho, todos ellos surgieron en el siglo XX.

Hoy, fuera del universo de los directores de “las de superhéroes” como Joss Whedon, Jon Favreau (que en su alma es un director de comedias) Taika Waititi (otro de comedia), James Gunn (formado en Troma en los años 90), y parcialmente Matthew Vaughn con sus espías, hay muy poco presente y menos futuro. Hasta hubo que llamar a Kenneth Branagh para que dirigiera la primera película de Thor, y a Ang Lee para una de Hulk. Shane Black hizo un gran trabajo con Iron Man 3, es cierto, pero empezó a formarse en Arma mortal en la década del 80. Si con todas las influencias anteriores hay tan pocos equivalentes a J. J. Abrams hoy en día, ¿qué va a pasar en diez años? Quizás para ese momento los Rian Johnson del cine ya nos habrán convencido a todos de que un artefacto sin alma y sin aventura como Los últimos Jedi es una maravilla.

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