El desafío de aprender a hablar en robot

Un parlante Google Home Mini
Un parlante Google Home Mini
Valentín Muro
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18 de diciembre de 2017  • 15:36

Los únicos dos personajes que aparecieron en todas y cada una de las películas de Star Wars son C-3PO y R2D2, quizá el duo robótico más conocido en la historia del cine. A lo largo de sus apariciones, ambos lograron formar vínculos fuertísimos, no sólo con los otros personajes, sino con una audiencia que los adora. Notablemente, el lenguaje nunca fue un obstáculo para que esto sucediera. Si bien esto no nos sorprende en el caso de C-3PO, un robot humanoide diseñado para asistir en la traducción de siete millones de lenguas de toda la galaxia, en el caso de R2D2, que se comunica a través de bips y tonos, ya no es tan fácil dar cuenta de cómo logra interactuar con los demás.

Poder hablar fluidamente con la computadora es probablemente una de nuestras mayores fantasías tecnológicas. Tal es el caso que directamente inspirado en las conversaciones entre el Capitán Kirk y la computadora de abordo del Enterprise, en noviembre de 2014 Amazon presentó su Echo, un parlante que incorporaba Alexa, un asistente digital. El producto es al día de hoy un éxito de ventas, y en gran parte puso en marcha el aluvión de productos rivales de parte de Apple y Google, pero lograr que una máquina interprete correctamente lo que queremos decir y actúe en consecuencia sigue siendo un problema no completamente resuelto.

Decididos a indagar en la simbiosis hombre-máquina, desde hace unos días que Google convive con nosotros en casa. Mini - nuestro Google Home Mini - está todo el tiempo atento para poder responder a nuestras consultas o atender a nuestros comandos. Alcanza con llamarlo para que ponga algo en el televisor, nos responda qué altura tiene la Torre Eiffel o agende algo en nuestro calendario. Luego de suspender la paranoia de que Google esté constantemente escuchándonos (y hacernos la idea de que va a hacerlo de todos modos), no mucho tiempo tuvo que pasar para que cayéramos en la cuenta de que algo raro nos sucedía con el asistente digital.

Lejos de la simpatía de R2D2 y la capacidad comprensiva de C-3PO (y su irritante carácter obsecuente), para hablar con Mini fuimos nosotros quienes tuvimos que adaptarnos. Luciano Floridi, filósofo de la información, vincula esto con el concepto tomado de la robótica de "envolvente o espacio de trabajo", que hace alusión al entorno en el que un robot puede funcionar más eficientemente. Si bien esto es evidente en una fábrica, donde las condiciones de operación de un robot son estables y están bien definidas, también podemos aplicarlo al caso del lenguaje que usamos para manipular máquinas.

Lejos de lograr tecnología que se adapte mejor al mundo, es nuestro mundo el que estamos adaptando para poder interactuar mejor con nuestras máquinas. En el caso de Mini, no sólo es imposible mantener una conversación con él, sino que hay que repetir tantas veces la palabra "Google" que un poco ya nos asqueamos de hacerlo. Mini no sólo nos obliga a pedirle las cosas exactamente como quiere, sino que nos obliga a hacerlo en inglés. Este doble esfuerzo lingüístico no es en absoluto un detalle menor y en gran parte puede disuadir el atractivo de estos asistentes.

Cuando en 2011 Apple introdujo Siri, su asistente digital operado por voz, muchas personas notaron que por su acento la máquina no lograba entender lo que le decían. Hablarle a Siri en la práctica suponía cambiar la forma en que se pronunciaba el propio idioma y, en consecuencia, obligaba a abandonar aspectos identitarios del lenguaje. Esto se hace incluso más obvio cuando consideramos el número limitado de idiomas disponibles para los asistentes digitales, y las diferencias entre lo que ofrecen para cada uno.

Todos tenemos una "voz telefónica", que es la forma en que modelamos nuestra voz al momento de hablar por teléfono. También alteramos la forma en que hablamos cuando nos dirigimos a niños, simplificando nuestro lenguaje. Lo que parecería estar surgiendo ahora es una "voz de máquina", que es la forma en que hablamos para comunicarnos con nuestros dispositivos. Alan Black, un profesor de la Universidad Carnegie Mellon, dice que "la gente le habla distinto a las máquinas que a las personas. Se mueven a otro registro. Si nos paramos al lado de una persona y escuchamos cómo habla, generalmente podemos identificar si le está hablando a un humano o a una máquina."

Wittgenstein, uno de los filósofos del lenguaje más influyentes del Siglo XX, en su Tractatus Logico-Philosophicus (1921) decía célebremente que «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Algo de esto parecería estar en juego cuando procuramos interactuar con máquinas. Aunque seguramente la capacidad de las máquinas para procesar comandos de lenguaje natural se ablande con el tiempo, hoy todavía estamos en un momento de línea de comandos por voz. Este ejercicio, lejos de resultarnos natural, nos pone de frente a un uso del lenguaje muy inusual.

El lenguaje que usamos altera la forma en que pensamos, en que percibimos al tiempo y, en última instancia, la forma en que nos vinculamos con la realidad. La elección de nuestras palabras también moldea nuestras expectativas y hábitos. Cuando le hablo a mi asistente digital, ¿ debería pedirle las cosas por favor? A medida que hablamos más y más con objetos inanimados, incluso cuando somos conscientes de que sólo son un puñado de algoritmos con parlante y micrófono, también nos estamos escuchando. Como dice Chaim Gartenberg en The Verge, quizá deberíamos ser amables con nuestros aparatos no por su beneficio, sino por el nuestro.

Aquella máxima tuitera de Wittgenstein parecería cobrar renovada vigencia cuando caemos en la cuenta de que la interacción con máquinas cada vez se ve más atravesada por el lenguaje natural y que, probablemente sin darnos cuenta, estas interacciones moldeen la forma misma en que concebimos nuestro propio lenguaje. No sólo las máquinas están cambiando al mundo, sino que somos nosotros los que estamos cambiándolo para ellas.

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