Snarky Puppy desembarcó su jazz fusión en el Teatro Colón

Snarky Puppy y su lider, el bajista Michael League
Snarky Puppy y su lider, el bajista Michael League Fuente: LA NACION - Crédito: Daniel Pessah
El show del grupo liderado por Michael League fue presentado por LN Cultura
Sebastián Chaves
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19 de diciembre de 2017  • 03:23

"Es un placer estar aquí", dijo Michael League cuando el concierto ya estaba encaminado. "Tocar en esta sala es...". Hasta ahí, el líder de Snarky Puppy, nacido en California y radicado en Nueva York, venía hablando en un perfecto español, pero no encontró palabras para describir la sensación. Y, probablemente, en inglés tampoco hubiese podido expresar qué se siente tocar en una de las mejores salas de concierto de todo el mundo: el Colón. Entonces, en el concierto que fue presentado por LN Cultura en un ciclo que ya tuvo este año a Escalandrum con Elena Roger y también a Gerónimo Rauch, entre otros, atinó a mirar cada rincón del teatro, aplaudir a modo de agradecimiento y anunciar el próximo tema: "Gemini".

"Es una composición de Justin Stanton", dijo al señalar al tecladista a su derecha y la describió como "una canción linda, pero rara". Cambiante en sus climas, el tema comenzó como una marcha trepidante con coros celestiales a cargo de League, que recuerdan a los que Pedro Aznar hacía en el Pat Metheny Group. Mutó de a poco hacia el modern R&B gracias a los sintetizadores y el talkbox de Shaun Martin: el tecladista arengador del grupo, que esta vez se presentó en forma de noneto. En el medio, las guitarras de Bob Lanzetti pasearon el tema por momentos de jazz-rock, con toda la influencia de Mike Stern en su sonido.

Para comenzar, Snarky Puppy ya había sentado las bases de su impronta sonora, tan personal como para mantener la identidad y tan elástica como para ajustarse a cualquier escenario, sea Niceto, el Luna Park, el Konex o el propio Teatro Colón.

El imponente escenario del Colón fue un marco único para una banda que expresa una paleta muy amplia de sonidos
El imponente escenario del Colón fue un marco único para una banda que expresa una paleta muy amplia de sonidos Crédito: Mauro Alfieri

"Kite", con la trompeta de Mike Maher como protagonista, fue una suerte de calentamiento abierto al público. De menos a más, League y compañía fueron engrosando la instrumentación sin que el tema pierda su calma característica, incluso cuando las percusiones le dieron su toque latino.

Acto seguido, League comandó, desde su bajo, los humores de "Binky" y "Gø". Entre sus fraseos extendidos y su manejo deslumbrante de los armónicos artificiales, los vientos y la guitarra condujeron los motivos principales de cada tema, especie de hits si es que una agrupación instrumental puede ostentar algo así en el siglo XXI. De fondo, la batería de Jason Thomas aportó, siempre y en todo momento, el swing y la intensidad de cada tema, capaz de bajar hasta el límite de lo audible para dejar que el juego melódico gane protagonismo, o elevar al resto de sus compañeros cuando los solos lo piden.

Con el armonicista Franco Luciani como invitado, llegó el momento de la celebración localista con "Palermo": una suerte de chacarera espacial compuesta por el argentino Marcelo Woloski, percusionista de Snarky Puppy. Una vez introducida la melodía por la armónica y el ritmo por el bombo legüero, el grupo llenó el teatro de colores entre teclados, vientos y guitarras. Como una cabalgata por la vía láctea, el ritmo folklórico se convirtió en una excusa para que cada uno aporte a la improvisación colectiva que, en conjunto, recuperó sonidos del Miles Davis eléctrico, de Weather Report y Return To Forever.

En "Shofukan" y "Lingus", el colectivo de músicos jugó a sus anchas. El primero, con ciertas reminiscencias hindúes, y el segundo, ya convertido en un clásico de los shows en vivo, llevaron al público a desbordarse de sus asientos para bailar sobre el groove de League y corear los arreglos de vientos en clave acid jazz. Casi como extremo opuesto, "Ready Wednesday", el primer bis, tuvo a Bill Laurence acercándose al Romanticismo, a caso como homenaje a la sala, en una improvisación de piano solo antes de que los vientos entrecortados y la batería ajustada conviertan el tema en una salsa vertiginosa. Para ese momento, los celulares ya se habían encendido a ambos lados del escenario, en el mismo teatro donde Keith Jarrett alguna vez paró su concierto ante el primer ringtone, los Snarky Puppy no pararon de sacarse seflies, filmar videos para Instagram e interactuar con el público. Un signo de los tiempos, y también de los estilos.

En dos horas de show, que estructuró su devenir en la intensidad creciente de las composiciones elegidas, Snarky Puppy volvió a poner en escena todo el andamiaje sonoro que construyen desde el virtuosismo medido de sus integrantes. Las libertades de cada uno parecen siempre supeditadas al bienestar colectivo. Como si se tratara de una retroalimentación de partes que se saben menos que el todo.

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