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Los espías nazis de Perón

Para dejar libre de sospechas el camino hacia su ascenso al poder, el coronel Juan Perón, antes de que finalizara la Segunda Guerra Mundial, liberó y perdonó a un grupo de espías alemanes capturados en nuestro país
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26 de octubre de 1997  

EL coronel Juan Perón, antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial, ordenó la liberación de varios espías alemanes capturados en la Argentina por temor a que su testimonio pudiera comprometer el régimen militar de 1943/46 del que formaba parte. Asimismo, entre 1950 y 1953 firmó una larga serie de decretos secretos perdonando a no menos de 35 de ellos que habían logrado reingresar en el país luego de su expulsión a Alemania.

Actuando en conjunción con amistades de la colectividad germana, Perón limó de impurezas las declaraciones de los espías capturados en 1944 por el jefe de Coordinación Federal, mayor Oscar Contal, que vio su trabajo dificultado por las intromisiones del entonces vicepresidente.

"A mí me pasó lo que pasa a todo jefe de un servicio secreto. Cuando hace tan bien las cosas, el gobierno dice: "Este hombre no me conviene"", recuerda Contal hoy, a los 90 años.

Entre los espías protegidos por Perón se hallaba el espectacular oficial de las SS Siegfried Becker, el más importante jefe del espionaje alemán en América del Sur. Durante su breve arresto firmó extensos interrogatorios curiosamente exentos de referencias a personalidades argentinas, desvaneciéndose luego sin rastro a pesar de la orden de expulsión que había en su contra.

Menos afortunado que Becker fue su principal colaborador, Hans Harnisch, un empresario y líder de la colectividad alemana forzado a olvidar los vínculos que como espía cultivó con militares argentinos.

En 1947, cuando el comportamiento argentino en la guerra ya no desvelaba a Washington, Perón deportó a un último puñado de espías, básicamente aquella "mano de obra desocupada" que no logró un nicho dentro del nuevo esquema de poder. Entre ellos iba Harnisch.

Prisionero en la Alemania ocupada, Harnisch produjo un detallado testimonio sobre las intrigas que se tejieron alrededor de él en el Río de la Plata. Pero su relato fue sepultado por el Departamento de Estado, que no deseaba reabrir viejas heridas en Buenos Aires.

Cincuenta años más tarde -cotejada con los recuerdos del hombre que lo tuvo preso y con testimonios actuales, pero necesariamente confidenciales de personas vinculadas con la ex red de espionaje alemana-, la declaración de Harnisch custodiada en los Nationals Archives de Maryland arroja brillante claridad sobre el rincón más oscuro de la historia argentina de este siglo.

Harnisch versus Freude

Hans Harnisch llegó a la Argentina en 1920. En 1936 se unió a la firma Böker & Cía. y en 1939 se afilió al partido nazi. Viajó a Alemania en 1941, donde estableció contacto con el servicio secreto militar Abwehr, para luego pasarse al SD, el servicio de espionaje extranjero del ReichsfŸhrer SS Heinrich Himmler.

Con sofisticados equipos de radio-enlace, el SD tejió una vasta red en América latina. Harnisch elaboró, junto con militares argentinos, planes para el intercambio de inteligencia y la compra de armamento, preparando el campo para eventuales relaciones germano-argentinas en la posguerra, mientras los argentinos confiaban, casi hasta el final, confiaban en por lo menos un empate del Eje.

El "acriollado" Harnisch logró acceso a importantes militares de la época, desde el general Pedro Ramírez, presidente militar de 1943 a 1944, hasta oficiales germano-argentinos bien ubicados en la Armada.

Pero Harnisch, dentro de su comunidad, tuvo un formidable rival en la preferencia de los militares argentinos. Se trataba del empresario alemán Ludwig Freude que, tras amasar una fortuna sobre la base de contratos estatales para su Compañía General de Construcciones, logró un poderío que Harnisch no podía igualar.

Freude era íntimo del general Juan Pistarini, quien amenazó con renunciar a su puesto de ministro de Obras Públicas si Freude era deportado, como exigían los Estados Unidos. Pero su amistad más importante fue con Perón, un vínculo que se hizo extensivo a su hijo Rodolfo Freude y a su yerno Werner Koennecke, en lo que los espías alemanes que actuaban en la Argentina denominaron la clique Perón-Freude.

Declaraciones alteradas

Harnisch fue arrestado el 16 de enero de 1944, pocos días antes de la ruptura diplomática con el Eje. "En mi interrogatorio había a menudo de seis a ocho oficiales jugueteando abiertamente con sus pistolas y armas", contó Harnisch en Alemania.

Los espías capturados fueron torturados con picana eléctrica, según confirman testimonios actuales. Los tormentos se aplicaron durante los primeros días de cautiverio en 1944, pero la práctica fue paulatinamente abandonada en 1944. Por lo menos un espía, agobiado por los tormentos, se suicidó.

Harnisch aceptó hacer una declaración formal. "Una presentación breve que yo mismo redacté, que contenía los verdaderos hechos que involucraban a importantes personalidades del gobierno", dijo Harnisch.

Su declaración causó gran enojo. Uno de los oficiales que tomó su testimonio fue retirado, mientras otro fue transferido a la sección de archivos. Desde la Presidencia se envió un emisario para que destruyera cualquier copia de la declaración. "Se me ordenó no hablar más, bajo pena de ser tildado traidor y juzgado como tal".

El propio Perón se apersonó en Coordinación, en agosto de 1944, para exigir a Contal que los testimonios de los espías apresados no comprometieran al régimen militar, según los relatos de los espías deportados junto con Harnisch,

Los alemanes recibieron instrucciones precisas de no mencionar a los coroneles Arturo Brinckmann, ni a Enrique GonzáIez ni al teniente de Marina Eduardo Aumann. Como al levantarse el estado de sitio, en septiembre de 1945, hubo que girar el resultado de las investigaciones al juez Horacio Fox, nuevas versiones de las declaraciones fueron redactadas. Harnisch protestó vivamente ante el juzgado por las alteraciones a su testimonio.

Puertas giratorias

En abril de 1945, poco antes de la rendición incondicional de Alemania, Contal logró su mayor victoria: la captura en pleno Barrio Norte de Siegfried Becker, superior de Harnisch y jefe máximo del SD en América del Sur.

"Becker tenía cuatro departamentos en Buenos Aires, pero como los cambiaba cada semana, era difícil ubicarlo -dice Contal hoy. Una de sus patrullas reconoció a la pareja de Becker, Melita Tietz-. Resulta que justito ubicaron a Tietz en la calle Rodríguez Peña y Juncal, cuando iba a comprar unos fiambres."

Con Tietz en Coordinación, Contal averiguó la dirección de Becker. "La patrulla llegó con la misma llave que tenía Tietz. Estaba Becker leyendo el diario de lo más tranquilo con un papelito que decía: "17.15". ¿Qué significaba eso? Era la hora en que había salido ella. Si pasado un tiempo no estaba de vuelta se iba de ese departamento a otro."

Sería una victoria trunca. En los meses previos, según declaró Harnisch en Alemania, Becker había unido fuerzas con Freude y Perón para mantener abierto un enlace con Berlín tras la ruptura de relaciones, acumulando evidencia políticamente explosiva que lo hizo intocable.

En julio de 1945, Contal informó a la embajada norteamericana que 71 agentes alemanes serían deportados, una lista que se redujo a solamente cuatro, que subieron al vapor Red Jacket el 1º de diciembre. Tres horas antes de zarpar, los cuatro espías fueron retornados a tierra por orden del Ministerio del Interior.

El yerno

El paraguas protector de Perón incluyó a Werner Koennecke. Miembro de la firma Böker, donde trabajaba Harnisch, Koennecke estaba casado con una de las hijas de Ludwig Freude. Para Contal, que secuestró gran cantidad de documentación durante sus operativos, no hay duda de que Koennecke era el contador de la red de espionaje.

Fue arrestado en agosto de 1944 y liberado a instancias de Perón a principios de 1945. Según Harnisch, tres generales y un futuro presidente velaban por el bienestar de Koennecke.

Contal jugó y perdió ante Perón su puesto como jefe de Coordinación. Entonces, rehusó liberar a Koennecke. "Contal y Koennecke fueron llamados juntos a la oficina de Perón y el último fue invitado a dar real cuenta de sus actividades de espionaje. Koennecke relató una historia en la que aparecía totalmente inocente, pero que Contal sabía por sus registros, era enteramente falsa. Protestó por eso ante Perón, pero fue silenciado. Perón dijo entonces: "Koennecke, ¿jura por su palabra de honor que todo lo que me ha dicho es cierto?". Koennecke juró y Perón ordenó su liberación", contó Harnisch en Alemania.

Contal, que hoy recuerda la presión de Perón, prefirió esperar una orden escrita. Pero fue otro agente de Coordinación, el capitán Abel Rodríguez, quien liberó a Koennecke durante una ausencia de Contal en La Plata. "Las protestas posteriores de Contal contribuyeron a su despido", dijo Harnisch.

Tras un breve interregno en que el mayor Santiago Baigorria intentó profundizar la investigación del Grupo Azul de espionaje de la embajada alemana (fue recompensado con un fulminante traslado a Curuzú Cuatiá), la jefatura de Coordinación fue asumida en febrero de 1946 por el capitán Rodríguez, aquel que había liberado a Koennecke.

"Puede ser caracterizado como un importante hombre de confianza de Perón -dijo Harnisch, alegando que el capitán respondía a Freude-. El mismo capitán Rodríguez hablaba bastante abiertamente dentro de su grupo de amigos acerca de esta peculiar relación y en una ocasión declaró enfáticamente que "tendría que pegarse un tiro en la cabeza" si Perón no ganaba la batalla electoral."

Cuando Perón llegó a la presidencia nombró al joven Rodolfo Freude, hijo de Ludwig Fruede y cuñado de Koennecke, jefe de su flamante Dirección de Informaciones con oficina propia en la Casa Rosada. La falsificación y destrucción de las declaraciones de los espías tomó renovado vigor. "Rodríguez, Rudolf Freude y Werner Koennecke asumieron el control de todos los documentos -dijo Harnisch- e hicieron desaparecer los relacionados con ellos mismos. Personas que jugaron un papel en el Grupo Azul, con el cual Freude tenía estrechas relaciones, y que fueron liberadas, o sus declaraciones, destruidas."

Osinde en la escena

Harnisch menciona como miembro del clique Perón-Freude al capitán Jorge Osinde, que actuaba de nexo entre Coordinación y Perón. Tras su liberación en agosto de 1946, Harnisch invitó a los capitanes Osinde y Rodríguez varias veces a su casa. Freude era tema recurrente de conversación.

"A pesar que ninguno de ellos tenía muy buen opinión de Ludwig Freude, tenían que cumplir sus deseos porque habían recibido demasiado dinero de él y temían su influencia sobre Perón. Conmigo se mostraron bastante desinteresados y decentes, aunque sabían de mi antagonismo con Freude", dijo Harnisch.

El capitán Osinde (que volvería al ruedo con el retorno de Perón, en la década del setenta) habría repartido entre los espías presos una sugerencia escrita para que las actividades de espionaje de Koennecke fueran inculpadas a Harnisch. Ofreció incorporar a algunos prisioneros al servicio de inteligencia argentino, particularmente a los expertos en radio-comunicación. Varios de ellos proveyeron de servicios a las Fuerzas Armadas tras la guerra.

Grande fue la sorpresa en Coordinación ante el hallazgo de una fortuna en libras esterlinas falsas, que habían desembarcado los alemanes de un velero en Punta Mogotes en julio de 1944. "Junto con el asesor legal que yo tenía en la policía fuimos al Banco Central con dos billetes para cambiarlos -recuerda hoy Contal-, y las aceptaron como legítimas, de tan bien hechas que estaban".

El mayor perjudicado fue el particular Ernesto Fuleki, cuando el Bank of Westminster le informó desde Londres que 1170 libras compradas a Coordinación Federal en noviembre de 1944 habían sido secuestradas por el gobierno británico. "La venta que realizara la Policía Federal, dependiente de V.E. en el orden administrativo, me ha causado un perjuicio injustificado de $10.296 m/n", escribió Fuleki en julio de 1946 al ministro del Interior, Angel Borlenghi, que desestimó el reclamo.

"Los oficiales superiores de Coordinación Federal de repente florecieron en trajes nuevos", ironizó en su declaración un alemán deportado junto a Harnisch.

Modus operandi

El comisario Fernando Amarante -un custodio de Eva Perón que, junto con Rodríguez y Osinde, integraba la plana mayor de Coordinación- deschavó la apropiación indebida de parte del "botín de guerra" por un miembro de la repartición. El hecho figura en el testimonio de los espías deportados y fue comentario en la familia Amarante durante décadas.

Miembros de la juventud nacionalista pegan afiches

La embajada de los Estados Unidos proveía las direcciones de los espías alemanes al Ministerio de Relaciones Exteriores para que fueran giradas a Coordinación, que llegaba a apresarlos siempre justo después que habían huido.

"¡Lo que pasa es que Osinde los llama por teléfono para decirles que va en camino!", se reían los norteamericanos, ya acostumbrados al peculiar modus operandi local.

El 3 de noviembre de 1946, Harnisch recibió un alerta de este tipo del capitán Rodríguez, avisándole que "nuevos arrestos estaban por ocurrir y sugiriendo que me mudara inmediatamente."

Harto de las "manipulaciones y persecuciones", Harnisch estaba por entregarse, cuando un miembro del elenco presidencial, vinculado a Rodolfo Freude, le ofreció su casa en el barrio de Belgrano como aguantadero. "Me dio a entender que la presión norteamericana como mucho continuaría durante dos o tres meses y que luego el tema quedaría definitivamente cerrado."

Harnisch aceptó la invitación "bajo la clara impresión que le estaba haciendo un favor al gobierno". Funcionarios que desfilaban por la casa de su anfitrión lo mantenían al tanto de las negociaciones del gobierno con el embajador norteamericano George S. Messersmith, que a diferencia de su fogoso antecesor, Spruille Braden, buscó la conciliación con Perón.

Harnisch fue arrestado nuevamente el martes 4 de febrero de 1947. Resultó fácil encontrarlo, ya que pocos días antes Rodolfo Freude había visto a Harnisch en la casa del amigo común en Belgrano. "Freude no pudo evitar mi arresto, porque el gobierno argentino necesitaba candidatos para la deportación. No habiendo otros disponibles, me eligieron a mí."

Al día siguiente, Messersmith fue informado en Cancillería de la "captura" de Harnisch, logro reafirmado ante el embajador 24 horas más tarde en una reunión con el mismo Perón. Harnisch fue despachado a Alemania en el Río Teuco, en mayo de 1947.

"Jamás fui interrogado sobre Siegfried Becker ni tuve que hacer declaración alguna sobre él," contó amargamente Harnisch. "Más de una vez se me aseguró que era imposible sacar a la luz la verdad mientras Freude estuviera al lado del general Perón." El tiempo es veloz. Harnisch hoy tendría 99 años. Según Contal, su carcelero y amigo, nunca volvió de Alemania, versión que repiten otros que lo conocieron en aquella época. Del superespía Becker poco se sabe. Fue liberado por un hábeas corpus en 1946. Dicen que vivía hasta hace poco bajo el alias de Julio Cortés en Chile, que tuvo una mujer en España. Hoy tendría 84 años.

Ludwig Freude fue absuelto de toda sospecha de espionaje en un decreto firmado por el mismo Perón. Murió en la década del cincuenta. Su hijo Rodolfo continuó como director de Informaciones hasta por lo menos el cumpleaños de Perón en octubre de 1947, cuando aparece junto al presidente en una foto conservada en el Archivo General de la Nación. Hoy, Freude guarda el más espeso de los silencios. A los 74 años maneja sus empresas desde un piso 19 de la avenida Corrientes sobre el Instituto Goethe, justo debajo del Club Alemán. Amables secretarios de camisa azul reciben pedidos de entrevista que jamás concede, entre ellos los pedidos recientes de este periodista y de periodistas del Miami Herald y del Der Spiegel, entre otros.

El capitán Osinde ha fallecido. Un allegado consultado recuerda la existencia del nexo Freude. Llegó a jefe de Coordinación bajo Perón, pero fue privado del uso de su uniforme tras la Revolución Libertadora, al ser acusado de ordenar torturas con picana eléctrica durante 1953. Fue considerado uno de los máximos responsables de la masacre de Ezeiza durante el retorno de Perón de su exilio en Madrid, el 20 de junio de 1973. Fue nombrado embajador en el Paraguay por el justicilismo en 1974.

En la década del cincuenta, Perón firmó varios decretos secretos (13.644/50, 13.645/50, 8482/51, 3625/52, 677/53, 842/53, 10.153/53, 10.386/53 y 13.506/53) por los que dejaba sin efecto la expulsión de decenas de ex espías. Habían reingresado al país con permisos especiales otorgados por la Dirección de Migraciones. Un solo decreto (el 3625 de febrero 22, 1952) perdonó a un total de 25 ex espías luego de que Osinde, para entonces jefe de Coordinación Federal, ubicó y citó a cada uno de ellos para tomarles declaraciones individuales. Para esa fecha algunos prestaban servicios a reparticiones militares argentinas mientras otros habían formado empresas comerciales entre ellos.

El precio del deber

El coronel retirado Oscar Contal fue el más eficiente rival del servicio secreto alemán en la Argentina. Como jefe de Coordinación Federal, en agosto de 1944 desmanteló la red de transmisores clandestinos que unía a Buenos Aires con Alemania, lo que fue considerado un "golpe fulminante" en Berlín. Pero como recuerda hoy Contal, a los 90 años, Perón le ordenó liberar a algunos de los espías detenidos.

-He leído sobre usted en las declaraciones ante los aliados de Hans Harnisch.

-Harnisch era el que manejaba la colonia alemana acá, y el otro era Ludwig Freude, los dos estaban a cargo de la colonia, junto con Werner Koennecke, casado con la hija de Freude. En la policía en Coordinación Federal después se degeneró todo eso. Después del 46 yo tenía que ascender a teniente coronel y me nombraron jefe de un regimiento, el Cuatro de Caballería. Yo me aparté.

-En los interrogatorios aliados, los jefes del espionaje alemán hablan con terror de usted.

-Yo detuve a Becker, que era el jefe del espionaje alemán en la Argentina. Al primero que vio fue a mí, porque yo los invitaba a mi despacho, tomamos ahí un café o un té y conversábamos. Hablaba correctamente castellano, inglés, francés, portugués, un profesional extraordinario. Hombre joven. Me dijo: "No sabe cuánto deseaba conocerlo, sabía que estaba cercado, pero pensé que no iba a caer tan pronto".

-¿Por qué no lo deportaron a Becker si era tan importante?

-No sé, cuando yo dejé eso, Becker seguía detenido.

-¿Y Becker tenía relaciones con Perón y Freude?

-Sí, cómo no. Era muy apreciado porque era el que manejaba todo.

-¿Tenía relaciones con Perón también?

-Sí, sí, sí.

-¿Harnisch era tan importante como Becker?

-No. Harnisch era civil, era el que manejaba la colonia alemana, a los empresarios, colaboraba para que los servicios de información pudieran trabajar bien. A Harnisch lo conocía mucho, y a la familia. Como era rival y contrincante de Freude una parte de la colonia alemana no lo seguía.

-¿Y Werner Koennecke?

-Era casado con una hija de Ludwig Freude, que era muy amigo de Perón.

-Siempre se dice que Freude era el más importante jefe.

-Por supuesto, y estaba apañado y protegido por Perón.

-¿Estos agentes, cuando los arrestaron, hablaban de Freude y sus relaciones con Perón?

-Sí, sí, sí, sí.

-Harnisch dice en su declaración que usted pagó el precio de haber hecho bien el trabajo.

-Así es. Imagínese, en la policía nadie estaba especializado, tuve que instruir a 60 agentes para trabajar. Estuve seis meses instruyéndolos, empezamos desde cero. Lo mismo que para combatir el servicio secreto chileno y el brasileño, simultáneamente yo cubriéndome para que no creyeran que era un enemigo de los alemanes.

-¿Qué hay de verdad de las relaciones entre Freude y Perón?

-Eran muy amigos y Perón lo protegía. Tanto es así que cuando se detuvo a Freude, Perón me llamó y me dijo: "¿Qué va a hacer usted con este hombre? Cuídelo, mire lo que él representa, el jefe de toda la colonia alemana en la Argentina".

-¿Usted tuvo detenido a Ludwig Freude?

-Sí, sí. Poco tiempo porque después Perón me dijo: "¿A dónde se lo puede mandar?" Y se fue a vivir a Bariloche. Entonces le dijo: "Usted se mantiene en contacto con el mayor Contal, pero usted se queda tranquilo en Bariloche". Igual que el yerno.

-¿Perón también le pidió que largara a Koennecke?

-También.

-Harnisch cuenta que Perón y Koennecke obligaron a los detenidos a cambiar los testimonios para no involucrar a Freude.

-Sí, claro. Ellos prácticamente estuvieron en libertad. Se detuvo a los que realmente realizaban el espionaje, los técnicos que trabajaban en las radios de onda corta y a todos los agentes que recogían información, los que andaban en el puerto viendo cuándo los barcos salían, cuándo se embarcaban.

-¿Usted piensa que Ludwig Freude era un espía?

-Sí, junto con Koennecke. No ellos personalmente, pero trabajaban en la organización. Koennecke por ejemplo era el que llevaba las cuentas, las entradas y las salidas del servicio secreto alemán acá en la Argentina. Cuando hicimos los allanamientos secuestramos las cuentas de los pesos que tenía que pagar.

-¿Rodolfo Freude visitó Coordinación Federal?

-Rodolfo Freude apareció a raíz de que lo detuvimos a Werner Koennecke. Entonces él lo fue a hablar a Perón y Perón le dijo: "Véalo a Contal". A raíz de eso yo lo conocí a Freude cuando vino a pedirme por Koennecke. Entonces yo le dije: "Vamos a empezar desde cero: ¿Está bien detenido? ¿Sí o no?" "Ah, sí," me dijo. Lo que yo no quería es que ellos me dijeran: "Usted me está inventando algo." ¿Por qué? Porque yo tenía todas las pruebas. Junto con Freude secuestramos toda la documentación donde Koennecke figuraba prácticamente como tesorero y asesor económico del servicio de información alemán acá.

-¿Con toda esa documentación qué pasó?

-Yo le entregué todo eso a la Policía Federal, a Filomeno Velazco, que era el jefe de la policía en aquella época.

-La actitud de él fue opuesta a la suya.

-Exacto, por eso le digo: mi final estaba marcado. ¿No es cierto?

-Tengo entendido que Osinde estaba del lado de Freude y Perón.

-Sí, él era un vivacho. Osinde fue oficial mío. Yo era profesor y subdirector de la Escuela de Informaciones. Todo lo que sabia, o lo poco o mucho que sabía Osinde se lo enseñé yo. Era inteligente, aprendió bien. Yo lo tuve dos años, a Osinde y al otro famoso, Moori-Koenig. ¿Lo ubica?

¿Que estuvo en el tema del cadáver de Evita?

-Sí. Ese fue alumno mío, yo era profesor de ellos cuando recién se fundó la Escuela de Informaciones. Fui el primer profesor y director de la escuela. Ellos fueron mis primeros alumnos. çvila, Moori-Koenig y Osinde, Abel Rodríguez, Campos.

-Tengo entendido que las declaraciones que le tomó usted a Becker, Harnisch y Koennecke fueron cambiadas para que no aparecieran ni el nombre de Perón ni el de Freude.

-Sí, sí, deben haber desaparecido todas. Claro, esa gente estaba muy metida con los alemanes.

-¿Perón y compañía?

-Y claro. Yo tuve suerte con mi destino final, porque todos los demás servicios secretos han terminado asesinados, envenenados o muertos.

-Pero usted ha vivido 90 años.

-Así es. Por eso.

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