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Los cambios de hábito y la suba de tarifas jaquean el negocio de los hoteles alojamiento

Cerraron seis durante 2017, en una tendencia que empezó hace 15 años; los altos costos de mantenimiento y la pérdida de clientela joven son las principales razones; ahora buscan ser spa de parejas
Nicolás Rotnitzky
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20 de diciembre de 2017  

El Jota Jota, un clásico de Núñez, cerró en junio y está tapiado; construirán departamentos de lujo
El Jota Jota, un clásico de Núñez, cerró en junio y está tapiado; construirán departamentos de lujo Fuente: LA NACION

Seis años antes de cerrar su hotel alojamiento, cuando abandonar el rubro no era ni siquiera una posibilidad, Julián Villanueva fantaseaba con reducir la cantidad de habitaciones del Jota Jota de 28 a ocho dormitorios enormes. Decía que el mercado atravesaba un cambio de paradigma, y esa transformación demandaba piezas más amplias con decoraciones elegantes complementadas con un servicio de coctelería y gastronomía de primer nivel. Transcurría 2010 y Villanueva -gerente del emblemático albergue de Núñez- ya imaginaba cómo quedaría el hotel después de la remodelación: los cuartos serían idénticos a los de un spa de alta gama.

Villanueva no alcanzó a reconvertirlo: el Jota Jota cerró en junio de este año. Es uno de los seis hoteles alojamiento que dejaron de funcionar durante 2017, a razón de uno cada dos meses. La cifra, advierte la Cámara de Propietarios de Alojamientos (Capral), podría elevarse en 2018.

"El negocio está en problemas", se queja Valentín Vidal, presidente de la Capral. Los números que facilita no requieren epígrafes: en los últimos 15 años cerraron más de 50 establecimientos. Hoy continúan funcionando en la ciudad 135 albergues transitorios.

Populares entre los 60 y los 80, los llamados "telos" eran el lugar en el que los jóvenes encontraban intimidad o donde las parejas de larga data conseguían reconectarse. Ahora están en declive, en una caída lenta, pero constante, que parece dirigirlos a una crisis irreversible. Hay distintas razones para explicar la decadencia de un clásico escenario de la sexualidad porteña: los cambios de costumbres de los jóvenes, la baja rentabilidad que alcanzan a raíz de los aumentos en las tarifas de los servicios y la explosión inmobiliaria que vive Buenos Aires. En conjunto, forman un cóctel letal para el sector.

Juan Manuel Capelo Eiroa, secretario de la Capral y presidente de la Federación Argentina de Alojamiento por Horas (Fadaph), cree que la metamorfosis del núcleo familiar influyó en la merma: "Hace 50 años era una locura pensar que un chico podía llevar a su novia a su casa, o que tu hija duerma con un chico en la habitación de al lado. Ese cambio provocó que el público juvenil que solía venir a nuestros hoteles dejara de hacerlo", detalla.

"Hay un mayor nivel de apertura en las casas para que los jóvenes pueden tener espacios de intimidad", coincide Patricio Gómez, sexólogo y autor de Sexualidad inteligente.

"Los cambios sociales nos borraron la franja de entre los 18 y 30 años. Perdimos a los jóvenes: los pibes prefieren gastar $ 1000 en una botella de champagne que en una noche de hotel", agrega Eduardo Gómez, gerente del Caravelle, en pleno Palermo. "No supimos generar un atractivo para que los jóvenes vengan al hotel", dice Antonio Antelo, gerente de Noya y Los Lirios, con más de 39 años de experiencia en la actividad. El Noya, en la zona de Congreso, tiene 35 habitaciones y Los Lirios, en La Paternal, tiene 29. Ambos fueron inaugurados en la década del 60. Tuvieron momentos de esplendor en los que alcanzaban los 120 turnos diarios. Ahora, la cantidad oscila entre 70 y 80 al día, un 35% menos. "Es uno de los peores momentos de la historia", afirma Antelo.

Vender la experiencia

Frente a este panorama, los hoteles buscaron rejuvenecer. Lo hicieron bajo la misma idea que predicaba Villanueva: la clientela ya no quería habitaciones oscuras con luces rojas, sino algo similar a un hotel tradicional. "Los hoteles invirtieron mucho en los últimos años tratando de adaptarse a los nuevos tiempos. El hotel que se renovó ahora es un spa de parejas, con habitaciones modernas con hidromasaje y duchas. La idea es proporcionar situaciones diferentes de lo que es la vida cotidiana de cada uno de los huéspedes", indica Capelo Eiroa. "Los hoteles deben vender la experiencia, hacer viajar sensorialmente al cliente a otro lugar donde no pueda estar", acota Juan Pablo Casas, periodista, historiador y autor de Telos, un mapa de la sexualidad porteña.

Pero el contexto económico vence a las intenciones. "Este negocio anda bien cuando a la gente le sobra la plata", señala Gómez, que suma 32 años en el rubro. Vidal dice que la clientela "es la clase media y, debido a los costos más altos de vida que ellos también tienen, el uso del hotel alojamiento se restringe. Es un gasto del que pueden prescindir". Además, los aumentos de los servicios sacudieron al sector con la fuerza de un sismo. Las facturas de luz, gas, agua y ABL se hicieron inabarcables y generaron un gasto promedio de $ 200.000 por mes en cada establecimiento. Es más del triple de lo que solían pagar antes de las subas. Aunque los costos fijos se elevaron exponencialmente, el precio de los turnos no puede multiplicarse por tres porque provocaría el alejamiento total de los clientes: "Hacemos aumentos paulatinos", revela Antelo.

Mientras tanto, la expansión inmobiliaria que vive Buenos Aires convirtió a los hoteles alojamiento en tesoros ideales para demoler y volver a construir sobre los terrenos vacíos. Como la mayoría son edificios de varios pisos, las empresas constructoras los acechan. Les acercan ofertas difíciles de rechazar en estos tiempos de meseta en el mercado. Por eso cerró el Jota Jota. Situado en Comodoro Martín Rivadavia y Avenida del Libertador, lo adquirió una constructora para hacer departamentos de lujo.

Sobrevivir, entonces, será solo para los más aptos: "Quedarán los hoteles hechos para vivir la experiencia y algunos con habitaciones más desprolijas para un encuentro rápido", cierra Casas.

Sobre precios, engaños y tecnología

En los hoteles alojamiento pagar un turno de tres o cuatro horas por la tarde cuesta lo mismo que ingresar después de las 22 para pernoctar y desayunar a la mañana siguiente. La razón es sencilla: las personas infieles a sus parejas son clientes habituales y la tarde es el prime time para el engaño, especialmente en las zonas de oficinas. "La tarde es el momento más concurrido, especialmente en los hoteles del centro", dice Antonio Antelo, del Noya y Los Lirios. "Siempre fue así: a la tarde funciona con relaciones ocasionales -agrega Eduardo Gómez, gerente del Caravelle-. El albergue tradicional queda cada vez más acotado a la pareja de oficinistas que están de trampa y se escapan en la hora del almuerzo". Juan Manuel Capelo Eiroa, secretario de la Capral, cree que esa tendencia se modificó: "A los hoteles se los emparenta con una relación prohibida, pero eso cambió por completo. Un gran porcentaje de nuestra clientela son las parejas que no encuentran el espacio en su propio hogar", analiza. Según Gómez, la caída también se nota en el turno vespertino: "Antes salías del trabajo y no te encontraba nadie. Llamabas de cualquier teléfono público, decías que estabas en equis lugar y te metías al hotel. Ahora te llaman al celular; el problema es si no atendés", dice.

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