Suscriptor digital

Recuerdos de un hombre recto

Por Umberto Eco
(0)
5 de octubre de 1997  

Roma.- ESTOY haciendo algo en cierto modo obvio, puesto que he de hablar (también), y por supuesto que bien, acerca de dos libros de los cuales uno apareció hace siete años y el otro está por aparecer en una colección a mi cargo. No obstante, espero se me pregunte por qué quiero recordar a un pequeño gran hombre cuya vida se extinguió el pasado julio en Nueva York a la serena edad de noventa años.

Pequeño, es decir menudo y enjuto, Mario Salvadori lo era sólo de físico, en curioso contraste con la dulzura matronal de su esposa Carol, de la que estuvo enamorado como un impúber hasta el fin y no cesaba de manifestarlo tiernamente. Ya profesor de Ciencia de la Construcción, en 1939 en Roma, y dándose la circunstancia de que era hebreo, se aleja juiciosamente del inhóspito terruño y bien pronto se encuentra colaborando, como experto en estructuras, en el proyecto Manhattan, de Fermi. Habiendo visto salir de ahí la bomba atómica, Salvadori, que no la había hecho, sin embargo, sería por el resto de su vida un pacifista convencido y activo.

Una admirable carrera académica, como profesor de Estructuras Arquitectónicas en Princeton y en la Universidad de Columbia, socio hasta los últimos tiempos de la Weidingler Associates que ha proyectado edificios en medio mundo, reconocido pontífice de la ingeniería estructural, en los dos o tres últimos decenios de su existencia comienza una nueva vida, y va a enseñar a los niños de los barrios pobres de Nueva York, negros en su gran mayoría. No les enseña a leer y hacer cuentas, les explica por qué los edificios permanecen en pie. Y acordándose de que a sus primeros alumnos romanos les desplegaba en la pizarra terroríficas fórmulas matemáticas, decide que -si bien no todos podrían hacer edificios que se tengan en pie-, todos deberían entender por qué lo están, sin necesidad de fórmulas.

Las siete maravillas

Comienza mostrando a los chicos una hoja de papel, la sostiene por un extremo y ésta se dobla, luego la encorva un poco y no sólo se mantiene sino que puede sostener cualquier cosa más pesada. Para explicar por qué se mantienen los balcones, utiliza una caja de fósforos suecos vacía y demuestra hasta qué punto puede abrirse antes de que se derumbe el balconcito así creado.

Un buen día alguien le manifiesta que eso que está haciendo puede ser de provecho no sólo para los niños negros, que no saben nada de física, sino también para los arquitectos, y escribe un primer libro, "Por qué se tienen en pie los edificios". Sin fórmulas, con multitud de pequeños dibujos intuitivos y anécdotas divertidas, habla de las pirámides, de la Torre Eiffel, de los rascacielos, del puente de Brooklyn y de las catedrales góticas.

Parece que mostró el libro a su suegra (él tenía ya a la sazón 73 años, y el hecho de que su suegra estuviera todavía vivita y coleando sugiere que una lúcida longevidad era dote familiar también por adquisición) y ésta le dice que está bien, que es interesante saber por qué se mantienen en pie los edificios, pero que le parecía de mayor utilidad saber por qué se caen.

De ahí resultó el segundo libro, obviamente "Por qué se caen los edificios", escrito en 1992 con Matthys Levy, partiendo del principio de que, si de las siete maravillas del mundo ha quedado sólo una, la pirámide de Keops, vale la pena saber por qué se vinieron abajo las demás.

Ingeniero y poeta

Y manos a la obra de nuevo, entre bosquejos y anécdotas, desde el Empire State Building, que resiste cuando un avión se estrella contra la cima, hasta las cúpulas que se desploman y las torres que se inclinan desde el principio y nunca terminan de caerse.

Sin que Salvadori hiciera esfuerzo alguno para ponerla de manifiesto, se advierte en éste su vagabundear entre la piedra y el cemento armado una "poesía" de las estructuras y queda uno maravillado de estas obras de la técnica que saben oscilar, curvarse, resistir cómplices de los terremotos, dilatarse, vibrar, como entidades vegetales... hasta el punto de que también hubiéramos querido de él un tercer libro, sobre por qué se mantienen erectos los árboles y las flores, y ciertamente habría sabido decirlo con la misma gracia y rigor.

Salvadori _como otros lo han recordado ya_ en los años de la década del Ochenta, me facilitó fórmulas exactas y perspectivas narrativas vertiginosas cuando le pregunté una noche qué hubiera sucedido en caso de colgar a un hombre del péndulo de Foucault. Pero lo había conocido veinte años antes, porque él, con la pasión y la competencia de quien lo hiciera siempre, era un ardiente admirador de Joyce, de la música serial y de las manifestaciones de la neovanguardia. Quiero significar con ello que este poeta de las estructuras era todo un humanista. Lo bueno es que se le entendía en seguida cuando hablaba de ingeniería.

(Traducción de Jorge Ortiz Barili)

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?