Luca Prodan: el tano que llegó al país para revolucionar el rock argentino

Este viernes se cumplen 30 años de la muerte del cantante de Sumo, pero también la del joven que estudió con el príncipe Carlos, se escapó a Londres y allí recibió en la mandíbula el golpe de KO del movimiento punk
Oscar Jalil
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21 de diciembre de 2017  

Casi muere en el 79; la sobrevida lo trajo a la Argentina y lo convirtió en leyenda
Casi muere en el 79; la sobrevida lo trajo a la Argentina y lo convirtió en leyenda Crédito: Gentileza Timmy Mackern

Como Randle Patrick McMurphy en Atrapado sin salida, Luca Prodan pateó el hormiguero y destrabó unos cuantos "baleros" del rock argentino de los 80. Nuestro país no estaba tan lejos de aquel manicomio represivo en donde Jack Nicholson encabeza una pequeña revolución. La analogía pertenece a Andrea Prodan, hermano menor de Luca, y es el mejor modo de graficar el impacto que aún provoca asombro, sostiene la leyenda y suena vigente en los discos de Sumo, la banda que Luca creó de la nada cuando eligió las sierras cordobesas para iniciar su última fuga.

Luca Prodan - Like London

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Al abrir la coraza que blinda al mito, surge una historia dolorosa en donde el hilo conductor es la fuga permanente y la necesidad casi desesperada por recibir afecto. No es cierto que la familia Prodan perteneciera a la aristocracia italiana, sí que tenía modales algo esnobs como para enviar a dos de sus hijos a colegios británicos en donde compartían claustros con los herederos de la nobleza británica (como el príncipe Carlos).

Los datos biográficos no mienten en cuanto al espíritu aventurero que caracterizó a los Prodan, incluso antes de Luca: en China, Mario Prodan, eminencia en arte oriental, conoció a Cecilia Pollock; tuvieron dos hijas, Michela y Claudia, y juntos pasaron varias años en un campo de concentración japonés durante la Segunda Guerra Mundial. La experiencia traumática dejó huellas y el final del conflicto bélico los condujo casi por casualidad a Roma. Allí nació Luca en 1953 y ocho años después Andrea.

En la capital italiana, el papá de Luca recuperó su negocio de antigüedades que tenía como clientes a reyes, duques y gente del espectáculo como Christopher Lee. El cambio de continente no aplacó el espíritu inquieto de Mario, que podía poner en riesgo su patrimonio invirtiendo en proyectos poco rentables como una película, Una croce senza nome (1952). Entre los decorados de Cinecittà -Mario era muy amigo de Fellini y Rosellini- y el ruido de la bulliciosa capital romana, Luca vivió sus mejores días. Todo cambió a sus 9 años, cuando lo inscribieron en Gordonstoun, un prestigioso colegio escocés marcado por una rígida disciplina cuasi militar: los retos físicos eran el centro de la construcción del carácter, las pruebas iban desde la vestimenta de los niños (pantalones cortos) hasta las condiciones habitacionales (ventanas siempre abiertas en los lúgubres dormitorios); el día comenzaba con una salida a correr antes del desayuno, seguida de un ducha con agua helada.

En Escocia, Luca se formó y se rebeló contra el mandato familiar. Se escapó del colegio, pasó una temporada en la cárcel por posesión de hachís y se negó a cumplir el servicio militar italiano. La fuga continuó cuando la heroína empieza a marcar su tiempo de descuento y lo trae a la Argentina tras varias temporadas en Londres, capacitándose como especialista en zafar de un destino trágico como el coma hepático que, en 1979, casi se lo lleva al otro mundo. En la capital inglesa asistió a los mejores conciertos que puede soñar un melómano argentino, de Frank Zappa a Van der Graaf Generator; de Sex Pistols y The Clash a Bob Marley. Con esa información y muchos discos llegó a Ezeiza en el otoño de 1980.

La idea inicial era dedicarse a negocios agropecuarios, ya que su amigo Timmy Mackern, con el que había compartido el colegio en Escocia, vivía en las sierras cordobesas. Ni pensaba en armar una banda pero, al poco tiempo, notó que había una hendija por donde continuar su carrera como músico que había comenzado en Londres de un de modo amateur. Volvió a Inglaterra, vendió su departamento y con ese dinero compró equipos, instrumentos y convenció a su amiga Stephanie Nuttall, una baterista oriunda de Manchester, para que viniera a la Argentina y se sumara a una banda que ya contaba con dos músicos inexpertos, Alejandro Sokol y Germán Daffunchio. Así comenzó Sumo casi con lo puesto y provisto de un aliado fundamental: una portaestudio Yamaha MT 120 de cuatro canales que Luca bautizó con el nombre de Lázaro.

Sumo - Mejor no hablar de ciertas cosas

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Desde el vamos, Luca agitó los principios básicos de la escena londinense post-punk: mucha desinhibición, provocación y ataque permanente a la escena porteña, que por aquella época todavía veneraba la perfección del jazz-rock y la desmesura del rock progresivo. Es cierto que a la par surgieron bandas como Virus, Soda Stereo, Los Abuelos de la Nada y Los Violadores, que también proponían un cambio estético, pero Sumo siempre fue mucho más salvaje y directo. Tanto en vivo como en sus discos iba más allá de lo permitido: podía mezclar reggae, punk, dark y funk blanco sin perder su esencia rockera. Los primeros tiempos tuvieron los avatares de toda banda nueva, pero los planes se complicaron el 2 de abril de 1982. El guión imposible adquirió niveles impensados: Luca cantaba en inglés y el país que eligió como refugio terminó envuelto en una guerra sin sentido con el reino que lo había educado. Stephanie regresó a Inglaterra y Sumo se reinventó, primero con el ingreso de Diego Arnedo y luego con el de Roberto Pettinato. La formación se completó con "Superman" Troglio y Ricardo Mollo. A pesar de las trabas y los prejuicios, el grupo cimentó su leyenda under tocando en cuanto escenario pudiese. Cantar en inglés le restó tres años al debut discográfico que recién llegó en 1985, con Divididos por la felicidad.

Como un ser anfibio, Luca manejaba dos planes de notoriedad: el que aparecía en las entrevistas lo mostraba como una personalidad atrayente que solía hostigar a sus colegas, algo muy común en medios británicos como New Musical Express o Melody Maker, pero inusual aquí. Lo hacía para publicitar a Sumo y marcar diferencias, pero cuando compartía momentos con músicos de otras bandas aparecía su costado divertido, culto y para nada belicoso. Algo que le ganó el cariño de Skay y la Negra Poli, que lo llevaron a cantar con Los Redondos en un festival realizado en el Polideportivo de La Plata, el 21 de septiembre de 1982, en esa ocasión para reemplazar al Indio Solari que puso en práctica el postulado ricotero de tocar "solos y de noche".

Sumo - El ojo blindado

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Es imposible trasladar el momento de Sumo a la actualidad, pero algo del espíritu "Do It Yourself" (hazlo tu mismo) que practicaba Luca está vigente en algunos de los mejores ejemplos del rock independiente y también en las bandas de los ex Sumo. Tanto Divididos como Las Pelotas se quedaron con ese toque divino que no terminaba en la música: amigos, novias y allegados confiesan haber recibido una bendición laica que los marcó para siempre: libertad, condición suprema que Luca pudo experimentar en esa sobrevida argentina de siete años.

Aquí, allá y en todas partes

Muchas de las historias que Luca contó en vida eran incomprobables, el paso del tiempo y las revelaciones de Andrea sobre las peripecias de su hermano antes de arribar al país trajeron algo de luz y también ampliaron el campo de fascinación a toda la familia Prodan. Aunque Luca sigue siendo el centro de atención como sucede en el cameo que lo tiene como extra de la película Cleopatra (1962), protagonizado por Elizabeth Taylor y Richard Burton. El mundo del cine no le era ajeno por las amistades de su padre, pero creció aún más gracias a su hermana Michela que fue asistente de Jane Fonda y muchos años después lo volvió a incluir como extra en una ambiciosa miniserie bíblica llamada A.D. Anno Domini, en donde Andrea interpretaba al hijo de Ava Gardner. Pero será la estadía londinense como empleado de la primera sucursal de la disquería Virgin fundada por el hoy mega millonario Richard Branson. Luca atendía la sección de singles durante el estallido del punk-rock, allí lo consultaban futuras estrellas como Sting o Lemmy, también desfilaban personajes del calibre de Malcolm McLaren o preciosas princesas punk como Gaye Advert, también novia fugaz de Luca. Todos reclamaron cuando Branson lo despidió en dos oportunidades, luego tuvo que reincorporarlo ante los pedidos de la clientela hasta que la tercera fue la vencida. El listado de momentos históricos que vivió Luca es interminable pero uno de ellos quedó registrado en un disco en vivo: la presentación de Van der Graaf en el Marquee durante la grabación de Vital (1978) quedó como un hito que al líder de Sumo. Según Luca en una entrevista concedida a Roberto Pettinato, “era muy raro porque fue la primera vez que yo vi a los viejos hippies y a los nuevos punks en un recital, sin pelearse ni tirándose cosas”. También dijo que alguno de los alaridos que se escuchan entre tema y tema le pertenece a él.

Germán Daffunchio, su gran amigo de Sumo

Germán Daffunchio conoció a Luca en la vieja casona inglesa de la familia MacKern ubicada en Hurlingham. Su cuñado, Timmy MacKern, le había hablado mucho de ese amigo colocado que venía de Italia con un one-way ticket. El visitante apareció abrazado a una guitarra criolla y de golpe se puso a cantar solo, a Germán le llamo la atención que interpretara canciones sencillas, no era la música que él escuchaba cercana al jazz-rock. Sonaron en versiones libres “Five Years”, de Bowie, y “Redemption Song”, de Marley. Varios meses pasaron hasta que el italiano descendió de su limbo post heroína y comenzó a compartir algún comentario con esos pibes atónitos frente a la presencia mercurial. Entre ellos también se encontraba Alejandro Sokol. Luego llegaron guitarreadas espontáneas, borracheras colectivas y mil preguntas de todo lo que Luca había visto en Londres. “Mirá, Germán, acá falta locura”, era la frase favorita del italiano y también el detonante que marcó al guitarrista en ciernes. De ahí en más la relación siguió por los caminos de la comedia italiana: dos cabrones adorables, uno peleando contra la muerte y el otro plantándose cada vez que podía para que su amigo bajara la ingesta industrial de ginebra. Hubo peleas cuerpo a cuerpo, abrazos de reconciliación y una fe ciega por seguir a pesar de todo subidos a la nave Sumo. La admiración que sentía Germán por Luca nunca decayó pero muchas veces se transformó en bronca e impotencia, tal vez por ser el amigo más entrañable dentro de la banda a partir de sus denodados esfuerzos por frenar lo inevitable.

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