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La dura historia de vida del productor de Susana Giménez, Federico Levrino

Federico Levrino, por los pasillos de Telefe
Federico Levrino, por los pasillos de Telefe Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero
Perdió a su papá, el actor Claudio Levrino, cuando tenía solo 4 años y a los diez sufrió un grave accidente con pirotecnia, pero los dolores lo fortalecieron y con el tiempo se convirtió en uno de los profesionales más prestigiosos del medio
Pablo Mascareño
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4 de enero de 2018  • 00:27

“Susana es el cerebro del programa. Es una gran jefa de equipo, te felicita, te reconoce, te valora. Está en cada uno de los detalles. Sabe absolutamente todo, desde el café que se sirve hasta si una luz está mal puesta”, enfatiza Federico Levrino, el productor ejecutivo del programa de Susana Giménez y el responsable de liderar a un numeroso equipo que trabaja al servicio de la diva y de su show. Si Susana es el cerebro, Levrino es el corazón que con sus latidos mantiene viva una estructura que se sostiene como un mecanismo de relojería en el que nada puede fallar y funciona para que todo salga como estaba previsto en ese gran set de Telefe, ubicado en la localidad de Martínez, y que cuenta con una platea de 500 personas y una escenografía al mejor estilo de una gran gala de la RAI de Italia o TVE de España.

El productor recibe a LA NACIÓN en la antesala del camarín de la diva, que quedará cerrado hasta mediados de 2018 cuando el programa inicie su temporada número 31. A pocos metros se encuentra el estudio en penumbras con pantallas apagadas, cámaras cubiertas con lonas y una escenografía con el mobiliario ausente, debido a que fue trasladado al Teatro Gran Rex donde se llevó a cabo la última emisión de este año. Levrino se pasea como pez en el agua entre esas paredes que lo vieron crecer desde que llegó por primera vez “para servir café”.

Federico Levrino, por los pasillos de Telefe
Federico Levrino, por los pasillos de Telefe Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero

“Susana tiene la varita mágica. Luis Cella, uno de mis maestros en este oficio, decía: ´Si 99 personas van para un lado y Susana va para otro, hay que seguir a Susana´. Tiene un olfato único”, sentencia el productor.

A los 41 años, Levrino lleva a la televisión en la sangre. Por estirpe y por vocación. Hijo del recordado actor Claudio Levrino y de la actriz Cristina del Valle, se crió corriendo por los pasillos de los canales. Aunque no se privó de jugar a la pelota con sus amigos de Villa Urquiza en la plaza Marcos Sastre o en Defensores de Belgrano, el club de sus amores donde transcurrió buena parte de su vida. Una vida marcada por grandes desafíos laborales y, también, por experiencias traumáticas que, sin embargo, a él lo fortalecieron y no le impidieron desarrollar todo aquello que quiso. La vida lo puso frente a circunstancias límites cuando aún era un niño. Y como un funámbulo que hace del riesgo un estilo, dio vuelta la moneda y apostó por la otra cara, muy lejos de la victimización. Ya lo dice el proverbio chino: “La gema no puede ser pulida sin fricción, ni el hombre perfeccionado sin pruebas”. Los retos han marcado el derrotero de Federico, tanto en su vida personal como en su trabajo.

Un padre que se fue pronto

El dolor por la muerte de su padre
El dolor por la muerte de su padre Crédito: gentileza Federico Levrino

Enero de 1980. Federico tenía cuatro años. Su padre era uno de los galanes más exitosos del país. La figura del momento. Dos años atrás se había estrenado Un mundo de veinte asientos, la telenovela que protagonizó con Gabriela Gili dirigido por Diana Álvarez y con libros de Delia González Márquez. Su personificación de Juan Arregui, el querible colectivero de la línea 60, rompía el rating de Canal 9. Se paraba el país para seguir la tira. Otros tiempos con encendidos siderales y sin la competencia de la diversidad de plataformas actuales para acceder a la ficción.

Aquel verano de comienzo de década, el galán disfrutaba de una exitosa temporada en el marplatense Teatro Provincial. Alternaba las noches de funciones con días de sol en Miramar junto a su mujer Cristina del Valle, también dueña de populares éxitos televisivos y teatrales. Con la pareja veraneaban Patricio, hijo de la actriz fruto de un matrimonio anterior, y el pequeño Federico de tan solo cuatro años.

El actor, contradiciendo todos los consejos, era portador de un arma, lo que generaba gran incomodidad en su mujer. El 19 de enero por la tarde, y suponiendo que el arma estaba descargada, jugueteó con ella dentro de su automóvil para demostrarle a su esposa que los riesgos que ella tanto suponía eran fruto de su imaginación. Sin embargo, una bala había quedado en la recámara. Y aquel juego terminó en tragedia. El médico Raúl Matera, una eminencia de la neurocirugía, hizo lo posible por salvarle la vida, pero la muerte cerebral del actor era irreversible. Al día siguiente falleció, conmoviendo a todo un país.

-A pesar de tu corta edad cuando sucedió el fatídico hecho, ¿qué recordás de tu padre?

-Sí, recuerdo que me regalaba muchos metegoles. Eso lo tengo muy grabado.

-¿Tenés imágenes de momentos compartidos?

-Tengo muy presente una sola anécdota que surgió por uno de mis caprichos. Era de noche y yo gritaba: “Italpark, Italpark, Italpark”. ¡No paraba! Como no entraba en razones, por más que me explicaban que no se podía ir a esa hora, mi viejo me metió en el auto, me llevó hasta el Italpark, a las dos de la mañana, y me dijo: “Viste que está cerrado”.

-Siendo tan chico cuando él murió, ¿cuándo tomaste dimensión de su figura, de su rol de galán exitoso?

-A los 17 años, Nora Cárpena, que es íntima amiga de la familia, me llevó a trabajar a la tele. Ahí comienzan a contarme sobre mi viejo. Cuando decía mi apellido aparecía el famoso: “¿Algo que ver con Claudio?”. Cuando alguien deja el mundo tan temprano, tan joven, siempre los comentarios son a favor. Todo lo que me dicen de él es extraordinario.

-¿Viste, ves, sus telenovelas?

-En Canal 9 se perdió mucho material de archivo, pero algo pude ver. La directora Diana Álvarez me dio varios tapes.

-¿Te reconocés en él?

-Se me dificulta ver parecidos en general, a tal punto que me cuesta verme parecido con mi hijo, pero la gente afirma que tenemos los mismos rasgos. Y mi vieja dice que mi personalidad es un calco de la de él. Yo sigo siendo muy caprichoso, como cuando quería ir al Italpark.

Levrino junto a su madre
Levrino junto a su madre Crédito: gentileza Federico Levrino

-Mencionás a tu mamá, otra figura querida del ambiente, ¿cómo se llevan?

-Es el vínculo de un hijo de 41 años que vivió con su madre hasta los 30. Soy muy “mamero”, tenemos una relación bárbara. Ella es la persona que, junto con mi mujer, me ayudan a ir adelante. Mi vieja es un crack. Federico es papá de Salvador de dos años. A pesar de tener una gran responsabilidad laboral, trata de dedicarle tiempo a su hijo: “Compartimos juegos, salidas. Cada tanto vamos a Luján en familia para pedir y agradecer”.

-¿Sos una persona de vida espiritual activa?

-Sí, me gusta ir a la Iglesia. Soy católico, bautizado, tomé la comunión. ¡Hice todos los deberes! Pero la espiritualidad va más allá de mi religión, me gusta hablar con un rabino, con un pastor. La Biblia es el libro más loco de la historia y a partir de ahí, me fascina todo lo vinculado a Dios y a las creencias de fe. Soy de agradecer lo maravilloso de la vida. He pasado por todo, puedo ir con Susana al Café Costés a tomar un champagne o a la cárcel de Devoto a hacer la cola a las siete de la mañana para ir a ver a un amigo. Eso es lo único que tengo claro en mi vida, porque si me mareo de ahí, perdí. De ese eje no salgo.

Otro duro golpe

«Los golpes se superan con huevos, con la familia, con los amigos. Y con humor. Eso facilita las cosas»
«Los golpes se superan con huevos, con la familia, con los amigos. Y con humor. Eso facilita las cosas» Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero

Seguramente, su fe en Dios y esa vida espiritual arraigada le han permitido superar uno de sus mayores desafíos. Una circunstancia adversa que lo marcó para siempre. Federico tenía diez años cuando protagonizó un accidente con pirotecnia que le mutiló parte de su mano derecha. Otro golpe. Y una nueva oportunidad para resignificar la vida y enfrentarla fortalecido desde un nuevo lugar. Aunque con no poca angustia y con la incertidumbre que genera semejante acontecimiento en cualquiera, pero aún más en un niño que todavía tenía mucho por aprender. “No es un tema del que hable mucho. Es doloroso no solo para mí, sino también para la familia, pero me fue bien. Lo sobrellevé”, explica el productor.

-Te sucedió a los diez años, con lo cual tenías plena conciencia de los acontecimientos. ¿Cómo te marcó ese episodio?

-Te afecta en la personalidad. Es fuerte haber estado internado tres meses en una clínica. Recuerdo que me traían juguetes. Y, sobre todo, recuerdo a una chica, de unos 19 años, internada en la habitación de al lado. Había tenido un accidente automovilístico con el novio en Punta del Este. El falleció. Después de mucho tiempo internada, se pudo parar y me trajo un muñequito a pilas que golpeaba unos platillos. A la madrugada me venía a visitar y me hablaba. Desgraciadamente, luego murió. Ese objeto, que lo tuve hasta hace poco tiempo, fue mi ángel de la guarda.

-¿Cómo fue tu reinserción en el colegio?

-Muy natural. Aprendí a usar la mano izquierda, dado que yo era derecho, y llevé una vida normal con amigos que hasta hoy lo siguen siendo. Cuando desperté a un montón de cosas en la vida, ya me había sucedido el accidente, así que para mí no hubo un cambio.

-Jamás fue impedimento para salir con las chicas o practicar deportes.

-¡Para nada! ¡En la cancha soy un 9 explosivo!

Nuevos afectos

El actor Rubén Green fue un segundo padre para Federico. Cristina, su mamá, formó pareja con él y juntos construyeron un matrimonio de veinte años. Una larga enfermedad puso fin, en abril de 2003, a la vida de Green, marcando nuevamente a la familia.

-¿Tenías buen vínculo con Rubén Green?

-¡Excelente! El me crió. Fue un padre para mí. Me llevaba a la cancha porque era fanático de River Plate. Yo soy de Defensores de Belgrano, pero lo acompañaba. Era un gran tipo. Todos lo querían. Adrián Suar fue muy generoso con él. De eso no me olvido y me gusta remarcarlo cada vez que puedo.

-Has tenido varios golpes. Y de todos, no sin dolor, has salido fortalecido, ¿cómo superaste cada una de estas situaciones adversas?

-Son pruebas que te pone la vida, sino sería todo mucho más fácil. Los golpes se superan con huevos, con la familia, con los amigos. Y con humor. Eso facilita las cosas. Hay una frase que dice: “El secreto es tener más huevos que esperanza”. Y es así. Tener esperanza es bárbaro, pero uno tiene que colaborar un poco. No se puede ser maratonista si no se sale a correr primero una vuelta a la manzana.

Una jefa llamada Susana

Federico Levrino, por los pasillos de Telefe
Federico Levrino, por los pasillos de Telefe Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero

“Susana le encontró la vuelta a la vida. ¡Jamás la vi mal! Es feliz desde que se levanta hasta que se acuesta. Sabe la vida de cada uno de los integrantes del equipo, te consulta cómo estás, y si le contás algo no se olvida”, explica Levrino con admiración. “Es una mujer que está de vuelta de todo. Pasó por todas. Al punto tal que a los treinta años caminaba con Monzón por Mónaco, París y Montecarlo y la gente la reconocía”.

-Como jefa, ¿tiene el buen carácter con el que se la conoce?

-Cuando se enoja, se enoja. Una vez me quiso matar porque le cambié la nacionalidad a unos invitados y le hice cometer ese error al aire. Es que soy hiperactivo, no paro, y entonces pueden pasar esas cosas.

Con más de veinte años en la televisión, trabajó con varios de los popes máximos de la pantalla local. “Arranqué con Luis Cella. Y hoy su hijo trabaja conmigo. Fue un padre televisivo y de la vida. Era todo para mí. Con Gustavo Yankelevich trabajé unos cuantos años, otro grande que hoy es mi consejero y a quien le estoy muy agradecido. De Marisa Badía también aprendí mucho. Y no puedo dejar de agradecer las oportunidades que me dio Tomás Yankelevich, que confió en mí al ponerme al frente de las producciones de La pelu, Escape perfecto y, por supuesto, de la de Susana. Soy muy afortunado, tuve la suerte de crecer con gente importante. Trabajé mucho con Darío Turovelzky. Y él hoy es el Director de Contenidos del canal”.

La vida de la producción televisiva está sembrada de anécdotas y logros que llegan de manera impensada. Federico lo sabe. Levrino es sobrino del médico Alfredo Cahe, que atiende a Diego Armando Maradona. Y fue de manera accidental cómo logró una de las notas más famosas realizadas por Susana Giménez en su programa: “Mi primo, Pedro Cahe, me pide que lo acompañe a llevarle ropa a mi tío que estaba en una quinta con Maradona. Diego había salido del sanatorio Los Arcos a la madrugada, luego de una internación, y se había hospedado en una residencia por la Zona Oeste. En esa época, yo era productor periodístico del programa y buscaba invitados como un rottweiler de presa. Ya en la quinta, se levanta Diego de dormir y me pide que le coloque en el pinche las pelotas de golf, mientras él le iba pegando. Durante todo ese rato, teníamos un helicóptero encima nuestro. Eran periodistas que le quería hacer una nota. ´No tengo ganas´, me decía Diego. Entonces se me ocurre ofrecerle hacer una nota con Susana en la propia quinta. Susana no es de grabar fuera de su estudio, pero era la única forma de tenerlo. Lo llamo a Luis Cella, que era el productor general del programa, y le comento que Diego tenía ganas de charlar con Susana. ¡Era un notón! ¡Diego había salido de terapia intensiva a la una de la mañana y quería hablar con Susana! Algo imposible. Comimos un asado y llegó Susana para grabar la entrevista. Fue el famoso reportaje donde Susana le dijo: ´¡Qué flaquito que estás!´. Se vendió a casi veinte países. Fue al aire un martes y el viernes Telefe la repitió en el prime time.

Maradona con Susana Giménez 2004

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-¿Qué balance hacés de estos tres años en los que sos la cabeza del equipo de producción?

-Fueron muy buenos. La audiencia nos siguió.

-¿Susana está pendiente del rating?

-Susana sabe todo y le gusta ganar como a todos. El que te dice que no le interesa ganar, te miente.

-Cientos de figuras internacionales pasaron por el living, ¿quién falta?

-Tenemos dos asignaturas pendientes. Richard Gere es un regalo que le debo a Susana. Lo tengo que agarrar de los pelos y traerlo.

-¿La otra cuenta a saldar?

-Raffaella Carrá.

-¿Qué fue lo más insólito que hiciste para tener a un invitado?

-¡Seguí un mes a Zulemita Menem por todos lados! Dormía en un remís en la puerta de su casa. La cansé. Luis Cella me decía que hasta que no la traiga, no vuelva al canal. Justo en esa época había tenido un episodio de violencia con un ex marido, todos la querían tener. La llamaba decena de veces por día. No siempre me respondía, lógico. Hasta la llevé a ver a Eros Ramazzotti con una amiga de ella. Finalmente la convencí. Zulemita en la nota lloró, fue una charla única. Al terminar, Luis Cella me dijo: ¨Viste que sirve”. Ahora yo hago lo mismo con los chicos del equipo. Son quince y todos tienen que aportar tres ideas para el programa por semana. Con que salga una, ya estamos hechos. Así trabajo yo, a la antigua.

-Ahora sos vos el que transfiere rigor y experiencia.

-Tenemos al hijo de Luis Cella en el equipo. Me río porque le hago lo mismo que su padre me hacía a mí: “Andá y traé”. Este año le hizo guardia a la mujer de Amado Boudou y la trajo. De tal palo, tal astilla.

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-¿Con que soñas?

-Con hacer el programa desde el Mundial. El año que viene subirá la audiencia por el fútbol y me gustaría estar ahí en vivo.

-¿Es complejo ser el productor de Susana?

-Es una responsabilidad muy grande, una silla difícil. Todos los días hay charlas con ella. Susana está muy atrás del programa y de cada detalle. Mantenemos conversaciones telefónicas infinitas o voy a su casa. Como ve mucha tele de afuera, siempre propone algo novedoso que acá no se vio.

-¿Qué es lo “peor” de trabajar con la gran diva?

-Lo peor soy yo. Soy enroscado, me estreso. Y cuando eso sucede, lo traslado a los demás.

-¡Debe ser más complejo lidiar con vos que con Susana!

-Ella es la parte buena del laburo. Entiende el juego del trabajo y de la vida. Es asombroso. Le tirás una pared de taco y te la devuelve de rabona. No es del planeta tierra. Yo, en cambio, grito, me enrosco. Pero también me importa mucho lo que le pasa a mi gente. Estoy más interesado por ellos que por mí mismo. Y eso es fruto de un trabajo espiritual, y de la terapia. Yo mato si me tocan a un pibe de mi equipo. Soy muy de barrio, me crié en la plaza y en el club. Tengo esas enseñanzas, esos códigos. Y lo traslado acá. La calle fue mi universidad.

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