Nuestro vicio impune

Pablo Gianera
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21 de diciembre de 2017  

La escritura ocasional tiene una vida efímera, casi tanto como la mariposa. Dura un día, y al siguiente ya la reemplaza otra escritura, otro artículo, otras palabras propias o de terceros. Es lo que pasa con esta misma columna. Pero existe otra clase de artículos que sobreviven. Hablé de ellos hace unas semanas acá mismo, cuando mencioné el libro La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934). Después de todo, lo efímero es también la eternidad de un día.

Lo mismo resultaría válido para El vicio impune (de la novísima editorial Monte Hermoso), la recopilación de escritos periodísticos (digamos mejor, aparecidos en diarios) de Edgardo Cozarinsky. Este año, Cozarinsky sacó también En el último trago nos vamos, el que es, para mí, el libro de relatos más aviesamente ambiguo que haya escrito nunca. Pero esa es, literalmente, otra historia.

El título mismo ( El vicio impune) tiene una alusión para entendidos. Así definió Valery Larbaud la lectura. Igual que esta columna, muchos de los artículos de Cozarinsky parten de lecturas (ya no se puede escribir sin leer) y no ignoran su condición pasajera, aunque no se detienen en ella.

Hay ya un punto nostálgico en estas escrituras destinadas a durar muy poco y a perderse, en la mayoría de los casos, para siempre. Pero no en el caso de Cozarinsky. Uno de los artículos se llama, justamente, "Contra la nostalgia" y ya en la primera línea fija su posición sin rodeos: "La nostalgia: uno de los sentimientos más mórbidos que existen, un onanismo sin éxtasis". Por eso aborrece los mercados de pulgas y la filatelia y, en cambio, lo soliviantan las antigüedades humanas que sobreviven en una época ajena. No será un coleccionista de objetos, pero sí lo es de anécdotas minúsculas, de frases y de maneras de hablar destinadas también a perderse.

En ese sentido, domina en el caso de Cozarinsky una nostalgia duplicada. Después de todo, quien acumula objetos lo hace con la ilusión de mantener algo a salvo del naufragio, que es la muerte, y cree que eso que guardó tendrá una sobrevida más allá de la propia extinción. Quien convierte en tesoro lo pasajero (una entonación, una historia mínima) debe resignarse a que esas piezas persistan mientras dure su memoria. Pero entonces aparece el escritor, que pone a salvo de la muerte el objeto de la nostalgia. De esas redenciones está hecho todo El vicio impune, y eso mismo es lo que lo redime a sí mismo y lo arranca para siempre del protocolo pasajero de su origen periodístico.

La nostalgia no se confunde con la melancolía. La nostalgia es un estado; la melancolía, una condición. Así era definida por la teoría de los humores. Del humor, como del carácter, nadie se libra. Se atenúan los síntomas, cierto, pero no la enfermedad, que es incurable. La nostalgia resulta en cambio como el duelo, que acaso puede algún día superarse. Algunos traductores del alemán al castellano optan por "nostalgia" para la palabra Sehnsucht, tal querida por los románticos. Mal hecho. Sehnsucht debería traducirse como "anhelo". Son afines, aunque la diferencia es clara: la nostalgia se orienta hacia el pasado; el anhelo, a lo que está por venir. El anhelo bien podría definirse como una nostalgia del futuro.

El vicio impune es posiblemente el suburbio de una obra mayor. Pero el suburbio de una obra mayor no debe ser entendido para nada como una instancia subsidiaria. Del mismo modo, la nostalgia es el suburbio de la melancolía, patología mayúscula, y el reverso mórbido del anhelo.

Si no recuerdo mal, Tomás de Celano cuenta en una de sus hagiografías que San Francisco, en cuanto lo asaltaba la tristeza, corría a orar para recuperar eso que nunca debería perderse: la alegría. Lo mismo habría que hacer con la nostalgia. Pero quién pudiera...

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