Adolfo Rubinstein, de Palacios y Alfonsín a ministro de Macri

Jaime Rosemberg
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22 de diciembre de 2017  • 23:52

Su abuelo, por quien lleva su nombre, nació en Entre Ríos y llegó a concejal socialista porteño, y su padre uno de los discípulos de Alfredo Palacios que en 1958 abandonaron el partido de la rosa y el puño y terminaron, con el correr de los años, junto a Raúl Alfonsín .

Pero a pesar de su alcurnia político-partidaria, Adolfo Rubinstein no se siente un político. "Soy un médico, un investigador, por eso estoy acá", dice con tono amable y sin levantar la voz Adolfo Rubinstein, el recién llegado ministro de Salud del gobierno de Mauricio Macri .

Y tiene razón, aunque sea parcialmente. Luego de una extensa carrera como "médico de familia" e investigador en el Hospital Italiano, Rubinstein asumió en marzo pasado como número dos de Jorge Lemus, el ministro de Salud que se había ganado el aprecio eterno de Macri por un hecho fuera de lo común: en la noche de su casamiento, en Tandil, Lemus le extrajo un pedazo de bigote postizo que se había afincado en la garganta del entonces jefe de gobierno porteño, émulo fallido de Freddy Mercury.

"No puedo competir contra eso", se ríe Rubinstein. Ante sus íntimos, afirma que a Lemus le tocó "bailar con la más fea" después de la "corrupción y la incompetencia" del kirchnerismo manejando el área. Y dice que de Macri lo sorprendió que es "muy incisivo, pregunta mucho y al detalle, le interesa cada vez más la salud y su conexión con la pobreza".

A diferencia de Lemus, que conocía a Macri desde hacía años, Rubinstein habló con el Presidente por primera vez recién días antes de asumir el cargo. "Eso habla muy bien de él, la meritocracia está presente y es de un valor enorme", repite a quien quiera escucharlo el ministro desde su despacho en el segundo piso del histórico edificio en el que, desde la 9 de julio, se distingue la imagen de Eva Perón.

Hay, sin embargo, algunos antecedentes. Gracias a la amistad de su padre con Alfonsín-llegó a ser secretario de Estado durante su presidencia-Rubinstein se hizo amigo del radical Jesús Rodríguez, que a su vez lo conectó con Ernesto Sanz , uno de los promotores de su ingreso al Gobierno. "Fui su referente en Salud cuando Ernesto fue candidato a Presidente", dice, con gratitud hacia el ex senador mendocino.

Concentrado en su tarea, dice que le preocupa la "vigilancia" de epidemias como en dengue y el zika; a mediano plazo, la entrega de medicamentos a quienes menos tienen y conseguir lo que Lemus apenas esbozó: una cobertura médica de salud que termine con "las inadmisibles diferencias entre provincias ricas y pobres en materia de salud". A largo plazo, encarar una "guerra" contra la obesidad infantil.

Sin dejar de mostrarse "contento y con expectativa" por su nuevo cargo, no desconoce que la salud es uno de los puntos débiles de todos los gobiernos. Pero aclara: "nosotros no controlamos los hospitales, salvo unos pocos son todos manejados por las provincias", asegura. De todos modos, cree que "hay que ayudar en la mejor distribución de los recursos" a las provincias, saliendo del "asistencialismo incondicional" y pasando a un "financiamiento estratégico". Atentos a estas ideas de cambio, los gremios estatales, que criticaron duramente la "inacción" de su antecesor, siguen en pie de guerra: en los afiches pegados en las paredes del ministerio hablan de "precarización" y se preguntan: "¿ Otra Navidad sin cobrar?".

Rubinstein no se pone nervioso frente a las críticas. Mientras mantiene su rutina de trote diario-6 kilómetros los días de semana, 10 los sábados-este vecino de Palermo que se considera un "judío guefilte fish" (le gusta el pescado relleno pero no tiene contacto con lo religioso) quiere dejar su huella, sin pretender ir más allá. "Llegué a lo máximo que podría aspirar, estoy grande para una carrera política", asegura.

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