La Navidad y los chicos

Llega Nochebuena, para alegría de muchos y agobio o rebeldía de otros, que, por muy diversas razones, no ven con tan buenos ojos la festividad
Miguel Espeche
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23 de diciembre de 2017  • 00:00

Sigue siempre vigente la clásica puja entre la dimensión espiritual de la celebración y la ley del mercado, que se infiltra en la Navidad con los regalos, las publicidades y las promociones que llenan las engalanadas vidrieras.

Mientras Papá Noel, con su bolsa de regalos y sus renos, viaja por el mundo para premiar a los "chicos que se portaron bien", con mayor humildad, otra imagen, la del pesebre, representa la vivencia espiritual de gran parte de nuestra sociedad. En los hechos, la celebración marca un tiempo para lo extraordinario, es decir, se trata de ese tiempo que escapa a la prosaica cotidianidad, moviendo el ánimo de todos, quieran o no reconocerlo.

Aun con la singularidad de cada caso, todas las sociedades tienen su "tiempo sagrado" y nosotros no somos la excepción. Los intentos de robotizar la existencia, llamando superstición a todo lo que no sea racional, o colonizando con la idea del consumo toda la experiencia navideña, no impide que en ella algo se manifieste, y que sea importante tenerlo en cuenta. Obviamente, otras religiones o culturas cuentan con esos momentos distintos, que de diversa manera abren al ventana de eso "otro" que habita en los mitos, los relatos sagrados, las celebraciones que permiten, por ejemplo, exorcizar demonios o sentir el poder de la naturaleza.

Es importante compartir una reflexión especial acerca del efecto que en los chicos tiene la noción de magia o, si se prefiere, milagro, que habita en la Navidad. Los relatos propios de esta festividad (obviamente los más genuinos, no los banales o pavotes), junto a todo lo que surge de maravilloso en las luces, los arreglos, el clima especial que se comparte en esa ocasión, permiten a los chicos poner imagen y palabra a esa intuición que tienen acerca de la maravilla del mundo, más allá de todos sus dolores, percances y calamidades.

Mientras los grandes lidian con el arbolito y la ropa que se pondrán para la ocasión, o se estresan por cómo hacer con el ex para definir con quién se quedan los chicos, esos mismos chicos están teniendo experiencias profundas, por más que parezcan a veces interesados en los regalos y nada más. Es tan poderosa esa vivencia de los chicos que difícilmente la mirada desangelada y hasta cínica de ciertos adultos puede arruinarla.

Dice Ariel Torres en un maravilloso artículo escrito para LA NACION respecto de las Fiestas: "Vuelvo a la larga mesa en la que se sentaban los grandes, que por entonces eran muchos, mientras los primos nos la pasábamos de acá para allá jugando juegos viejos que parecían diferentes sólo por el arbolito iluminado, por las botellas de formas raras y corchos efusivos, por los turrones y los panes dulces -que nunca se visitaban en otras épocas del año- y por el aire veraniego cargado del perfume de algún tilo remolón y del olor de los fuegos de leña".

El texto nos sumerge en la mirada de un chico que nunca olvidó aquello vivido esos días en los que la familia se reunía para celebrar. La Nochebuena fue así para él, y en él vemos cómo viven los chicos las cosas que a veces los grandes olvidamos. Es por eso que el consejo, dicho sin pudores, es que se respete esa mirada de los chicos, protegiéndolos de todo cinismo, toda querella, y todo amarretismo emocional, porque, digámoslo, la Navidad es una festividad de abundancia, no de mezquindades, y será bueno recordarlo para que, en el futuro, ellos puedan evocar momentos luminosos y cargados de magia, que los nutría de aquello extraordinario que habita las venas del mundo, mientras los olores, las luces y las cosas ricas dan color a una vida que, a veces, de tan lógica y ambiciosa, deja de lado aquello por lo cual merece ser vivida.

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