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La paz está en nosotros, no en Twitter

De nuevo, la red de los trinos endureció sus términos y condiciones para luchar contra el discurso del odio. Pero, ¿qué es el odio?
Ariel Torres
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23 de diciembre de 2017  • 02:37

Se me ocurre que estamos pidiéndole demasiado a Twitter. Le estamos pidiendo que detenga el odio. La red social de los trinos -políticamente, la más influyente; la que usan desde Jefes de Estado hasta modelitos perecederas para anunciar sus logros, fracasos, decisiones y divorcios, y la que está en severos problemas económicos- puede hacer muchas cosas, pero no detener el odio. El odio es nuestro. Todo nuestro.

El lunes último, en su blog, la compañía anunció una serie de cambios en los términos de uso del servicio que, en pocas palabras, endurecen las sanciones contra los grupos violentos, el discurso racista y sexista, el que incita a causar daño a civiles, etcétera. Estos días, en un artículo muy agudo, Robinson Meyer se preguntaba en The Atlantic si acaso las nuevas reglas tienen una Excepción Trump. Una duda oportuna, porque Twitter observa que ciertas erupciones verbales (típicas del presidente estadounidense) pueden no terminar en la suspensión de la cuenta, si dichos arrebatos "tienen valor noticioso" (SIC). Comparado con este vacío legal, el agujero negro en el centro de nuestra galaxia es el proverbial ojo de la aguja.

Pero, en el fondo, el problema no reside ahí. La cuenta de Trump viola sistemáticamente los términos y condiciones de cualquier grupo social civilizado. Sus exabruptos tienen valor noticioso porque es el jefe del mayor ejército del planeta, pero son también un ejemplo de lo que un líder no debe hacer en una red social. Esto es, promover formas de pensar maniqueas, recurrir al insulto y a la descalificación, y sacar conclusiones apresuradas a partir de datos quebradizos que no han sido debidamente verificados. Esto está bien para el opinator promedio, pero el presidente de una nación debería predicar de otro modo.

De todas maneras, Twitter no cierra la cuenta de Trump porque no puede. Es el presidente de Estados Unidos. Daría un ejemplo de valor y de integridad mucho más sólido que estos nuevos términos y condiciones, si le cerrara la cuenta. Pero no lo va a hacer. Así de simple. No a POTUS.

Odi et amo

Lo que haga Twitter, sin embargo, es anecdótico. El odio es todo nuestro, y es sobre eso que prefiero escribir hoy, en la víspera de la Nochebuena. Sobre lo que nos pasa. No sobre lo que le pasa a Twitter. Sobre lo que estamos haciendo. No sobre lo que está haciendo Twitter. Porque lo que se encuentra en juego, como espero poder demostrar enseguida, es mucho más importante que el clima en la red social de los trinos.

El odio y, por ejemplo, el miedo, no están mal por sí. Incluso en el caso de que estuvieran mal, sabemos que son inevitables. Más tarde o más temprano, algo o alguien nos da odio. Algo o alguien nos da miedo. Así que arranquemos por eliminar la primera de las falacias de todo este asunto. El odio no es culpa de las redes. Está allí porque forma parte de nuestra naturaleza.

Pero, como ocurre con el miedo, la clave está en lo que hacemos con esa emoción, con nuestro odio. Se sabe, y los que hemos atravesado situaciones extremas aprendimos este dato de primera mano, que valiente es el que puede superar la parálisis que causa el miedo, dominar esta emoción, actuar a pesar de.

¿Y con el odio? El odio es la emoción asociada con la destrucción. Si el amor es protector y tierno, el odio es aniquilador y violento. El odio y la ternura se excluyen mutuamente. Puede uno odiar y amar a la vez, como escribió el gigantesco poeta latino Catulo en su carmen 85 , pero en el momento de odiar nuestra mente pugna por destruir, no por proteger.

Esta emoción es, pues, un arma en potencia. Alcanza con mirar la naturaleza. Hace un par de años, el perro de un vecino, un rottweiler grande como un tiranosaurio, logró capturar en sus fauces a mi perro Orión, un cocker inglés que rescaté hace unos siete años. Pero esperen, falta un dato. El rottweiler capturó a Orión a través del alambrado perimetral. A pesar del alambrado, logró hincarle los dientes en la mejilla, y por supuesto no lo soltaba. Alambre de por medio, no lo soltaba.

Orión se salvó gracias a que intervine a tiempo. Pero eso es el odio desatado. Es destrucción a cualquier precio. Es la forma en que los animales saldan sus cuestiones. Orión le ladraba a ese perro enorme sin medir su propia y modesta estatura. Protegía su territorio, me dirán. Sí, claro. Y lo mismo hacía el rottweiler, que era un santo con las personas. Pero todo esto es una racionalización, una trama de símbolos que los animales no ponderan. En la naturaleza, que puede ser mucho más brutal que el más despiadado de los trolls, uno de los dos tenía que ser eliminado. Cara a cara, sin el alambrado perimetral, Orión no habría durado ni diez segundos. Ese es el odio que hierve en nuestro cerebro reptiliano. Odio sin filtro. Odio que mata.

Hasta el último hombre

Queremos creer que no somos animales, que no somos perros enfurecidos. Pero si miramos alrededor, si miramos el mundo, esta afirmación no parece ser del todo cierta. Casi todos los conflictos bélicos tienen hoy un trasfondo de odio, de querer destruir aquello que aborrecemos por razones ideológicas, étnicas, religiosas y sigue la lista. Las guerras por odio no son algo nuevo. Lo espeluznante es que la civilización se parece cada día más a una jauría de perros a punto de destrozarse a dentelladas.

Es allí donde entra Twitter. Su problema (nuestro problema, en realidad) no es que haya odio, sino que es fácil sembrar odio mediante el discurso. El problema es que el discurso del odio puede llevar destrucción al mundo real y, lo que es casi igual de horrible, naturalizar un clima en el que odiar está bien.

Y no es así. Odiar no está ni bien ni mal. Es una emoción. No vamos a dejar de sentirla. Lo único que podemos hacer es evitar sembrar esa semilla y, si nos embarga, hacer lo posible para que no nos hunda en la animalidad. Porque una vez que descendemos a esos niveles, el desastre es inevitable. No tenemos sólo dientes y garras. Tenemos arsenales nucleares. Esta explotación del odio, su instrumentación, su naturalización, el justificarlo con un andamiaje épico, es, desde que tenemos noticia, una de las actividades más viles y riesgosas.

Twitter no está exento de esta ley y, de cierta forma, funciona igual que el resto de Internet. La Red ha contribuido a democratizarlo todo; también el odio. Podrá suspender cuentas de a miles, pero lo que se está poniendo a prueba hoy no es la habilidad de estas compañías para reducir la cantidad total de discurso del odio en sus plataformas. Somos nosotros los que nos estamos poniendo a prueba. Y no es una prueba trivial. Por primera vez estamos con condiciones de saber si la cantidad total de odio es mayor que la cantidad total de razón o de amor o de ambos. Si prevalece el primer valor, lamento decirlo, me parece que no tenemos mucho futuro.

Aunque estoy seguro de que el odio que sentía Orión por su vecino gigantón no es exactamente el mismo que sienten los seres humanos, el parentesco es evidente. Tampoco hay allí un conflicto. Somos mitad ángeles y mitad bestias, como decían los Padres de la Iglesia.

Nuestro drama es que mientras en la naturaleza el odio cumple una función, a la civilización no le sirve de nada. Nos lleva directo a la extinción. ¿Por qué? Porque si le damos rienda suelta, si nos volvemos perros rabiosos, todos tendremos alguien a quien destruir. Dada esta circunstancia, al final no quedará nadie en pie. El odio como pretexto constituye una contradicción, porque le da una excusa al rival odiado para que él también intente borrarnos de la realidad.

Cuando nos volvamos un poco más civilizados nos daremos cuenta de que el odio es una suerte de apéndice, un resto atrofiado de nuestro pasado animal. Y de que pasamos una larga temporada a punto de morir de peritonitis.

El amor vence

En el nivel individual, el odio es igual de inútil. Uno aprende esto con los años. Sólo sirve para causar malestar y frustración, porque -afortunadamente- existen leyes. Es decir, salvo los muy trastornados, no aniquilamos a las personas que odiamos. Así que toda esa animadversión nos queda adentro haciendo lo único que el odio sabe hacer: destruir. Además, no sé si alguna vez lo pensaron, pero, en general, el odiado nunca se entera de que lo odiamos. Mi mejor consejo es que traten de odiar lo menos posible y, en el peor escenario, que se aparten de aquello que les causa esta emoción.

Por supuesto, hay que hacer algo respecto del discurso del odio y la incitación a la violencia en las redes sociales. Pero no es Twitter el que tiene esa responsabilidad. Es el Estado. Las leyes fueron promulgadas desde hace décadas.

Recuerdo una multitudinaria reunión convocada hace más de 10 años por Microsoft para luchar contra la pedofilia. Lo primero que dije, cuando me tocó hablar, fue que era de veras muy sintomático que una compañía privada tuviera que encargarse de una tarea que le correspondía por entero al Estado. La respuesta, como se imaginan, fue un incómodo cri-cri, cri-cri.

Es lo mismo. Twitter necesita aumentar su base de usuarios y la compañía está persuadida de que una de las medidas básicas es mejorar el clima en su red. Quizá le dé resultado. Quizá, no. A mi juicio, Twitter es como las películas pochocleras. Si le sacás las explosiones y los clichés y los reemplazás por diálogos profundos, fracasan.

Pero nuestro problema como sociedad es mucho más grave que el de Twitter. No corremos el riesgo de quebrar o de que nos absorba Google o Facebook. Si apostamos al odio, estamos fritos.

Por eso, en estos días en que nos deseamos paz, felicidad y prosperidad, estaría bueno intentar tomar la decisión de no fomentar nunca más el odio. De iniciar la colosal tarea de aislarlo, encapsularlo, convertirlo en una forma de insania, desactivarlo en lugar de sembrarlo, y responder con la única emoción que puede diluir el odio. ¿O no es eso lo que vamos a celebrar mañana a la noche?

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