El Cascanueces, una tradición muy navideña

Robert La Fosse, como Drosselmeyer, con el elenco del New York City Ballet en El cascanueces en versión de Balanchine, en 2013
Robert La Fosse, como Drosselmeyer, con el elenco del New York City Ballet en El cascanueces en versión de Balanchine, en 2013 Crédito: Andrea Mohin/NYT
Desde fines del siglo XIX, cada diciembre trae de regreso a escena a esta obra que se toma la infancia en serio; cómo reconocer su verdadero espíritu, en diez pasos
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23 de diciembre de 2017  • 16:26

NUEVA YORK.– Estamos en temporada de Cascanueces, ¿pero cómo es un Cascanueces? ¿Y por qué debería importarnos? Antes de verlo por primera vez, El Cascanueces puede parecer la encarnación de todos los lugares comunes del ballet: melodías trilladas, niños que bailan, juguetes que bailan, golosinas que bailan… Sin embargo, todas esas escenas estándar cambian cuando las escuchamos en su contexto. Y esos niños, juguetes y golosinas se vuelven conmovedores en una obra que se toma a la infancia seriamente. El Cascanueces es un ballet brillantemente construido y una de las grandes historias para chicos del siglo XIX.

La producción original en dos actos que se estrenó en San Petersburgo en 1892 fue creación de Ivan Vzevolozhsky (director del Teatro Mariinsky), Marius Petipa (coreógrafo) y Piotr Ilich Chaikovski (compositor), quienes adaptaron la versión de Alejandro Dumas del cuento de Ernst T. A. Hoffmann. Como en la mayoría de las producciones para la escena, se tomaron abundantes libertades. Chaikovski debió hacer cambios y recortes a la partitura original. Cuando Petipa enfermó mientras trabajaba en el primer acto, fue reemplazado por su asistente Lev Ivanov. Chaikovski murió el año entrante y desde entonces, las revisiones no han parado de sucederse.

Sin embargo, y vaya uno a saber por qué, a mediados del siglo XX, El Cascanueces se convirtió en una fija de la época navideña. Cada año, las producciones se multiplican desde Viena hasta Hawai. La mayoría básicamente se apega a las convenciones establecidas por aquella primera versión: la niña heroína, su misterioso padrino (el mago Drosselmeyer), una batalla entre los soldados de juguete y los ratones, un claro del bosque donde los copos de nieve bailan, un Hada de Azúcar bailarina que preside el Reino de los Dulces vestida de tutú. Pero las variantes abundan.

Por lo general, las producciones están ambientadas en la Europa de hace más de un siglo, pero algunas se sitúan en diversas ciudades de Estados Unidos y en diferentes momentos de los últimos 250 años. Hay una ambientada en un orfanato dickensiano, otra termina con personajes que se suben a los típicos taxis amarillos de Nueva York. Y también están las versiones paródicas o de vodevil.

De todos modos, para seguir cualquier puesta de El Cascanueces conviene tener una idea clara de la visión original de sus creadores. Quienes prefieran algunas de las modificaciones que se le hicieron durante el último siglo, tendrán entonces motivo de esperanza: esta es una obra en curso, siempre inacabada. Y la principal razón de eso es la maravilla de la partitura, ya que en esa música siempre están pasando más cosas que las que puede llenar una puesta en escena por sí sola.

Así que a continuación van 10 tips que nos pueden ayudar a descifrar si El Cascanueces que uno tiene enfrente esta Navidad –como el que hoy presentará el Teatro Colón, con transmisión al aire libre– es fiel al corazón del ballet original.

Una escena de la versión de George Balanchine de El cascanueces interpretada por el New York City Ballet en 2016
Una escena de la versión de George Balanchine de El cascanueces interpretada por el New York City Ballet en 2016 Crédito: Andrea Mohin/NYT

1-Esta no es una historia de amor

A diferencia de casi todos los ballets del siglo XIX, El Cascanueces no habla del enamoramiento. Así que si ven que Clara, la pequeña heroína, baila un romántico pas de deux con el príncipe Cascanueces, sepan que están frente a una versión alternativa, un “comportamiento anticascanueces”. Además, también están viendo un innecesario cliché.

2-Caminos que no deben cruzarse

Drosselmeyer sólo debe aparecer en el primer acto, y el Hada de Azúcar sólo en el segundo. Parte del misterio que tiene esta historia es que ellos nunca se conozcan. Los únicos que se encuentran con ambos son Clara y el príncipe Cascanueces, los dos niños protagonistas.

3-La obertura es para escuchar

Si durante la obertura aparece algún personaje, entonces están viendo una versión moderna. La obertura escrita por Chaikovski, donde los instrumentos tocan rápido, muy agudo y a los saltos, está en la escala en miniatura de la infancia misma, con pasajes de síncopa rítmica que encarnan la excitación de los niños a la espera de un regalo. Así que hay que escuchar, escuchar, escuchar. Pero muchas producciones desconfían de la capacidad del público para lidiar con el vacío escénico y tratan de distraerlo empezando a contar la historia durante la obertura.

4-Los roles infantiles

Clara –a veces llamada Marie, como en el cuento original de Hoffmann y en la versión de George Balanchine– debería ser interpretada por una niña pequeña. El sobrino de Drosselmeyer (que más tarde se convierte en el Cascanueces y luego en el pequeño príncipe) debe ser un niño pequeño. La única danza de ellos dos ocurre durante el festejo de Navidad. (Sin embargo, no es inusual que esos dos roles sean interpretados por los dos bailarines adultos protagonistas.)

5-¿Quién baila en puntas?

Clara nunca baila en puntas, pero a lo largo de la historia se cruza con una serie de maravillosas mujeres que sí lo hacen: juguetes de relojería durante la fiesta navideña, los copos de nieve, los dulces y –por sobre todas las cosas– el Hada de Azúcar, la primera bailarina. (Bueno, esa es la regla. Muchas producciones optan por hacer bailar a Clara en puntas toda la obra para mitigar esos contrastes del ballet.)

6-No toqueteen la partitura

La composición musical de Chaikovski tiene tal integridad y es tan variada que nunca debería ser revisada, cortada o complementada. Y sin embargo, ¡ay!, sólo dos producciones que interpretan toda la partitura de Chaikovski en el orden correcto : The Hard Nut, de Mark Morris, y la producción de Alexei Ratmansky para el American Ballet Theatre, y ambas entran en la categoría de versiones alternativas, ya que modifican la historia.

Los ratones, aliados del descontrol en una de las secuencias más célebres del ballet, que ha tenido innumerables versiones, de las siniestras a las poéticas
Los ratones, aliados del descontrol en una de las secuencias más célebres del ballet, que ha tenido innumerables versiones, de las siniestras a las poéticas Crédito: Andrea Mohin/NYT

7-¿La bailarina del Primer Acto?

El árbol de Navidad debe crecer hasta volverse gigantesco. Como dijo Balanchine cuando peleaba para obtener fondos para construir ese árbol en 1954, el árbol es la bailarina del primer acto. Algunas producciones no pueden permitirse el lujo de tener un árbol móvil que crezca hacia arriba, y justo en ese punto, más de uno aprovecha la oportunidad para convertir la obra en un psicodrama. Pero basta con escuchar la música, con su inmenso crescendo de escalas ascendentes, para saber lo que está pidiendo la escena.

8-Transformación, sin baile, por favor

Este es el punto más controversial de todos. Después de la transformación del árbol y de la batalla entre los soldados de juguete y los ratones, viene un pasaje de música extraordinaria que nunca debería ser bailada. Es cierto que Chaikovski le imprimió a ese pasaje un arrebato muy coreográfico, pero al igual que con la obertura, la intención del compositor es que no fuese bailado. Es música de transformación, durante la cual todo el escenario cambia y vemos ese territorio nuevo y desconocido que atravesarán los niños. Allí donde antes había un gigantesco árbol de Navidad, ahora vemos un claro en el bosque, cubierto por la nieve. Conozco una sola producción que tuvo la valentía de dejar este pasaje sin baile: la de Balanchine. Muchas versiones introducen aquí un pas de deux para la Reina de la Nieve y su Rey: una tradición anacrónica que se inició alrededor de 1940. (Mejor eso que el romántico pas de deux de Clara con su Cascanueces, una tradición igualmente extendida.)

9-No eliminar a la dama de la pantomima

En el segundo acto debe aparecer el personaje de Mamá Jengibre, también conocida como Mamá Gigogne. El personaje es una gran imagen de la fertilidad que excede los límites de la realidad, una “dama de la pantomima” (o sea, un personaje drag, un hombre vestido de mujer), en cuyo miriñaque se esconden sus muchos hijos, que salen a bailar de entre sus faldas y luego vuelven a meterse. El público adora este personaje, pero por alguna razón, las producciones europeas suelen omitirlo. No se apega al buen gusto, y ese es el problema. Pero El Cascanueces no es tan sólo un show para gente educada y bonita.

10-El pas de deux

El gran pas de deux del segundo acto debe ser bailado por el Hada de Azúcar y su caballero. Y si el caballero no tiene su solo, probablemente están viendo la versión de Balanchine, un exceso de su política de “el ballet es para las mujeres”. Si ven a Clara y a su Cascanueces bailar los números del Hada de Azúcar, probablemente están viendo una producción a cargo de alguien que creció en la Unión Soviética, o sea de un marco mental que está a años luz de la visión original de 1892.

Hay otros puntos a considerar en esta tradición. Al fin y al cabo, ninguna producción es absolutamente fiel al original. Por ejemplo: ¿cómo termina El Cascanueces? En 1892 era con la imagen de las abejas bailando alrededor de su colmena, algo que nadie volvió a poner en escena durante más de un siglo. ¿Podemos decir entonces que haya un final que sea mejor que otro?

Las mejores producciones de los grandes clásicos no son las que se abocan a resolver un rompecabezas ni las que siguen a pie juntillas alguna receta del siglo XIX. Las mejores producciones apelan al descubrimiento y la imaginación, los mismos ingredientes que están en el corazón mismo de la historia de El Cascanueces.

Traducción de Jaime Arrambide

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