Post despedida: el día que me atreví a creer

Crédito: Womany.com
Carina Durn
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26 de diciembre de 2017  • 09:34

El día que me atreví a creer me crecieron alas.

En un comienzo, apenas sí sentía una especie de picazón, una sensación que me alertaba sobre la certeza de que otro mundo era posible. Podía percibir cómo ese sentimiento se había instalado en mi existencia y me atravesaba a paso muy lento, pero firme. Y, un día, su recorrido llegó tan lejos, que supe que no podía ignorar más esa molestia; de alguna forma debía calmarla, atenderla, y había una sola manera posible de hacerlo: como la picazón provenía de esas alas que luchaban por salir, tenía que dejarlas crecer.

El día que me atreví a creer entendí que estaba a tiempo de ser feliz; que el pasado me había fortalecido y que el buen futuro es algo que se construye con una sucesión de presentes en los que me respeto y respeto la vida.

Y, entonces, me desprendí de la vergüenza que sólo era propia, hice las valijas y volé. Volé en todos los sentidos posibles: de mis prejuicios, de mis penas, de mis desamores, de mis culpas, de los lugares estancados... Volé de los círculos viciosos. Y, como para sellar la resolución, también me subí a un avión y me fui.

O volví.

Para lo que sigue les dejo esta increíble canción. "Extiende tus alas... y vuela", canta Freddy y me emociono hasta temblar.

El día que me atreví a creer le escapé a mi adormecimiento y accioné.

En la acción, trabajé por dejar de lado las autoexigencias, las comparaciones, los miedos a las burlas, a las miradas superiores, y luché por abandonar mis trampas provocadas por los propios egos y la soberbia. Y, ese día, me atreví a hacerme las preguntas verdaderas, las más profundas, las que provocan miedo por sus respuestas ásperas... ¿Qué elijo y a quiénes elijo para caminar por esta vida? ¿Cuál es mi sueño? ¿Tengo el valor para luchar por él?

Claro que tengo el valor. Porque me atreví a creer e, inevitablemente, me crecieron alas.

El día que me atreví a creer entendí que debía valorar mi tiempo.

Porque como dijo alguna vez Scott Peck: "Hasta que no te valores a ti mismo no valorarás tu tiempo. Hasta que no valores tu tiempo, no harás nada con él."

El día que me atreví a creer tomé las riendas de mi pasión, me senté y practiqué.

Porque la práctica nos vuelve mejores y provoca que, todo aquello que no sea un hábito, se vuelva costumbre. Y creo que es hermoso trabajar por nuestras metas y que de ello hagamos una cotidianidad.

El día que me atreví a creer dejé de ignorar mis miedos más viscerales, los miré a los ojos y los enfrenté.

Y cada día desde entonces, me esfuerzo por no ocultarlos en las profundidades de mis océanos que, a veces, están plagados de demonios que se encargan de manipularlos. Porque esos temores no atendidos no se esfuman, sino que se transforman en monstruos sobredimensionados que tienden a distorsionar las realidades. Mi experiencia me demostró que lo más complejo a la hora de enfrenar cuestiones que nos angustian, es toda la energía que ponemos previamente a través de nuestros propios juegos mentales. Pero finalmente, cuando miramos los miedos a los ojos y damos el paso para accionar y dejarlos atrás, todo se torna más transparente y sencillo de superar.

El día que me atreví a creer logré conectarme con mis emociones.

Entonces me permití saldar mis deudas del alma, llorar todo lo que fuera necesario cada vez que fuera necesario, para tener esa preciosa capacidad de renacer de las cenizas fuerte, emprendedora, con la energía de una vida liviana a pesar de las dificultades.

El día que me atreví a creer aprendí a observar, escuchar y empatizar.

No siempre lo logro como debiera, pero sé que me esfuerzo, mejoro y me fortalece el alma de una manera increíble, porque gracias a esa escucha, llegaron a mí las historias más increíbles de personas que atravesaron las peores dificultades imaginables y que, aun así, se levantan cada mañana, dan pelea, se atreven a creer y se permiten volver a sonreír. Y, en el acto de observarlas, comprendí que nuestras experiencias son únicas, pero nuestras emociones son universales. Y que si ellos pueden, nosotros también podemos.

El día que me atreví a creer volví a amar.

Y lo hice como nunca. Con entrega.

Éstas palabras las estoy escribiendo hoy, 24 de diciembre de 2017. Tengo tantas cosas que hacer, que el tiempo se me ha vuelto tirano y, sin embargo, no dudé en sentarme y abrazar mi pasión, mi hábito que me reencuentra, que me reafirma y me fortalece.

Es una pasión que supe naturalizar después de un largo camino de tramos ensortijados y caídas precipitadas. Pero cada paso valió la pena, porque la travesía me guió hacia un amanecer vibrante y puro. Hoy, lo veo claro:

El día que me atreví a creer aprendí a amarme.

Porque, ese día, me atreví a creer en mí.

Crédito: Align

Y en esta época tan especial, sean cuales sean sus creencias, les deseo que jamás dejen de creer en ustedes mismos.

"No te preguntes a ti mismo qué necesita el mundo, pregúntate qué te hace sentir vivo y entonces haz eso. Porque lo que necesita el mundo es gente que se siente viva." Howard Washington Thurman.

Con una emoción indescriptible, les cuento que este es mi último post en este tan bello espacio llamado "Tu tiempo es hoy". Ojalá que pronto nos volvamos a encontrar en la comunidad OhLalá! Como me apasiona escribir, invito a que me sigan en mi blog personal que acabo de inaugurar llamado "El día que me atreví a creer- de Carina Durn", donde seguiré escribiendo desde mis emociones. También, podrán seguirme a través de la página "Escritos de Carina Durn" en Facebook, donde voy a postear algunos textos anteriores y todos los nuevos que estaré subiendo a mi blog personal. Y todo aquel que quiera sumarse a mi taller de reflexiones y escritura que comienza en marzo, puede escribirme a carina.durn@gmail.com . Consiste en un ciclo de 12 encuentros, donde se conversará sobre 12 tópicos universales y centrales en la vida de las personas, con el objetivo de destrabar las emociones y al artista que vive en nosotros.

Beso,

Cari

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