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La teoría de los Arcos Dorados

Thomas L. Friedman
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26 de marzo de 2000  

HACE cuatro años señalé que, en ningún caso, dos países en los que estuviera McDonald´s habían librado una guerra entre sí desde que esa cadena norteamericana de comida al paso se hubo instalado en ellos. De eso deduje lo que denominé la "Teoría de los Arcos Dorados para la Prevención de Conflictos", la cual establecía que una vez que un país tenía su McDonald´s, eso significaba que a su pueblo ya no le gustaba ir a la guerra y, en cambio, prefería formar fila para comprar hamburguesas.

La teoría de los Arcos Dorados nada tenía que ver con el poder de las hamburguesas. Simplemente la utilicé para mostrar que, aunque no podían poner fin a la geopolítica y a la guerra, la globalización y la integración económica -simbolizadas por la propagación de la cadena McDonald´s- evidentemente surtían un efecto inhibitorio sobre las naciones agresivas (además de la clásica capacidad de disuasión militar) porque los costos de la guerra para las naciones globalizadas pasaron a ser mucho mayores.

Ahora bien, por primera vez la teoría de los Arcos Dorados está por ser puesta a prueba realmente: se trata del caso de China frente a Taiwan. Son dos países separados, cada uno de ellos obsesionado por la reafirmación de su propia identidad nacional, pero ahora también ligados entre sí -y con el resto del mundo- por una red de intereses económicos (y 578 locales de McDonald´s) tan profunda y de vasto alcance que si esa red no puede inhibirlos o detenerlos, nada lo hará.

Aproximadamente el 40 por ciento de las exportaciones chinas va a los Estados Unidos; más del 25 por ciento del PBI de China proviene de su comercio exterior; las compañías taiwanesas han invertido 40.000 millones de dólares en la China continental; China se está convirtiendo rápidamente en uno de los países del mundo más conectados a Internet.

Las fábricas taiwanesas son las principales proveedoras mundiales (y en muchos casos las únicas) de 13 componentes clave de computadoras u otros dispositivos de acceso a Internet. Toda la cadena global de abastecimiento de computadoras se desbarataría en caso de una guerra por Taiwan (chau, Nasdaq).

En suma, es difícil encontrar dos países más global y mutuamente dependientes como éstos. Pero también es difícil encontrar dos países más visceralmente comprometidos con sus respectivas y particulares identidades nacionales, y con la consolidación de sus respectivas y particulares raíces y ramificaciones.

La China comunista codicia Taiwan con el propósito de completar una histórica reunificación, ahora que Hong Kong y Macao le fueron devueltas. Y las elecciones taiwanesas llevaron al poder por primera vez a un jefe político que representa el anhelo de su pueblo de gobernarse por cuenta propia y no por otros.

China no puede disparar contra Taiwan sin disparar contra sí misma. Taiwan no puede apartarse de un tirón de China sin tirar abajo su propia economía. Y cualquier movimiento enérgico e incisivo por parte de cualquiera de ellas desestabilizará el mundo.

De eso se trata la globalización: los norteamericanos no pueden (ni deben) adoptar una actitud pasiva mientras miran cómo Taiwan, una nación hecha a nuestra imagen y semejanza, es devorada por Pekín. Una China que invadiera Taiwan sería una China que tendría que olvidarse de vender productos a los Estados Unidos durante mucho tiempo. Una China que tendría que olvidarse de su incorporación a la Organización Mundial del Comercio.

¿Se impondrá la razón? El especialista en asuntos chinos Mike Oksenberg afirmó que el problema respecto de Pekín, Taiwan y Washington es que cada una de esas capitales presupone que la racionalidad económica predominará en las otras dos, y que las otras dos comprenderán las presiones políticas en su propia capital y por lo tanto serán más moderados en sus exigencias.

Se trata de una presunción peligrosa. Cierta gente docta de China advierte que cuando el progresista primer ministro chino, Zhu Rongji, conminó a Taiwan días atrás a abstenerse de toda iniciativa en aras de la independencia, sus palabras tuvieron un tono suplicante, como si hubiese dicho: "¿Es que no comprenden, muchachos? Estoy sentado sobre un polvorín".

La escena retrotrajo a aquel día de 1989 cuando el líder chino de ese momento, Zhao Ziyang, fue a la plaza Tiananmen y, con lágrimas, les rogó a los estudiantes que abandonaran el lugar porque sabía qué clase de demonios acechaban dentro de su propio Politburó.

Pues bien, esos demonios -esos líderes chinos cuyo lema es "en caso de duda, emplear la fuerza"- todavía rondan por allí. Pero desde entonces China se ha convertido en un típico país McDonald´s. Y ésta es una prueba experimental para saber de quién será la lógica predominante.

Existe la posibilidad de que se libre una guerra en el estrecho de Taiwan. Pero también existe la posibilidad de que allí se pueda ganar un Premio Nobel de la Paz, a la espera del estadista capaz de persuadir a las dos partes de que, precisamente porque una no puede vivir sin la otra, ambas tendrán que buscar una nueva forma de convivencia. Esta es una prueba experimental.

El autor es columnista de asuntos internacionales de The New York Times. Obtuvo el premio Pulitzer.

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