No da igual luchar o construir

Sergio Sinay
(0)
31 de diciembre de 2017  

Fuente: LA NACION - Crédito: Enríquez

"Aprendí a leer y escribir, ahora puedo defenderme" Así se expresaba, con orgullo y satisfacción, un vendedor callejero de 62 años entrevistado en este diario a mediados de diciembre pasado. Tenía razón. Había accedido, a su edad, a una de las conquistas más importantes de la humanidad, si no la más importante. Ya adultos olvidamos la proeza que significó aprender a leer y escribir. Naturalizamos esos atributos como si hubiésemos nacido con ellos. En cierto modo nuestra civilización es posible tal como la conocemos y experimentamos porque leemos y escribimos.

Sin embargo, una palabra en la declaración de este hombre daba cuenta del modo en que nuestra sociedad vive hoy. Piensa en la lectura y escritura como armas antes que como herramientas. Las ve útiles para defenderse antes que para mejorar su futuro (cosa que posiblemente ocurrirá). Y esta no es una mirada exclusiva de él. Refleja un estado de cosas. Vivimos en una cultura tan agresiva como utilitaria, en la cual estamos en guerra permanente contra algo o contra alguien, y en la que todo (incluidas las personas) debe servir a un fin o un interés.

Leer y escribir son llaves que abren las puertas de la imaginación, de la creatividad, del mundo psíquico y emocional, de las ideas. Ensanchan y profundizan el pensamiento, lo nutren en innumerables y ricas fuentes. Permiten acceder a otros mundos y otras mentes. Quien lee nunca está solo, decía Roberto Fontanarrosa, que había hecho del humor, del dibujo y de la escritura poderosas herramientas filosóficas. Leer y escribir nos permiten aprender, informarnos, formarnos, instrumentarnos, comunicarnos. La enorme y triste paradoja es que ponemos todo ese reservorio al servicio del miedo y la amenaza. Cuando instamos a nuestros hijos a estudiar les decimos que tendrán un arma para defenderse en el futuro. ¿Querrán crecer si les estamos transmitiendo la idea de que les espera una guerra? Como advierten el argentino Miguel Benasayag (psicoanalista y filósofo) y el francés Gérard Schmit (psiquiatra infantil y adolescente) en su ensayo Las pasiones tristes, hoy no se educa para un futuro deseable, sino para un futuro temible. Los adultos de hoy temen al porvenir y, de modos frontales o inconscientes, transmiten la idea de que hay que estar armado. Si el futuro es temible, no se los invita al deseo y a la esperanza y se termina por crear ámbitos en los que se ejercita, según describen Benasayag y Schmit, un aprendizaje bajo amenaza.

Las palabras no sólo describen realidades. También las crean. Si la lectura, la escritura y el aprendizaje en general son armas, la palabra que los describe de ese modo crea combates, luchas, enemigos, sospechosos, guerras. Invita a cavar trincheras (sobre todo mentales) y a vincularse sólo con quienes visten el mismo uniforme. Las ideas se cierran, los cielos se oscurecen. Si, en cambio, el acento está puesto en que son herramientas, se abren campos de construcción, de cooperación, se estimula a imaginar y desarrollar futuros abiertos y esperanzados. No es lo mismo estar preparado para defenderse que estar instrumentado para construir. Cada una de esas miradas determina una actitud hacia el otro, el prójimo. Una invita a acercarse a él, la otra a alejarse y alejarlo, a tenerlo en la mira del arma.

No aprendemos a leer y a escribir para atacar ni para defendernos. Desde el principio lo hicimos para comprender mejor el mundo en que vivimos, para mejorarlo, para crear redes a través de las cuales enriquecernos con la diversidad del escenario natural y del paisaje humano. Para usar un arma no es necesario leer y escribir. Para explorar el sentido de la propia vida, sí.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.