Van Gogh, más vivo que nunca

Mariana Arias
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28 de diciembre de 2017  • 00:23

La primera vez que vi una pintura de Vincent Van Gogh, lloré. The Starry Night (La Noche Estrellada), esa obra maestra suya que muestra la vista desde la ventana de su cuarto en el sanatorio Saint Rémy de Provence, donde estuvo internado tres meses antes de su muerte, me emocionó. Me paré frente a ella en el MOMA de Nueva York durante unos minutos, la gente pasaba por delante y yo no podía quitar los ojos del cuadro. Cada vez que vuelvo a esa ciudad voy a verla y vuelvo a sentir su presencia. La esencia de un artista único.

Trailer de Loving Vincent

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Van Gogh es uno de los pintores más conmovedores de todos los tiempos. No importa si su técnica es considerada perfecta o si fue uno de los revolucionarios del arte del Siglo XIX. Murió sin haber vendido más que un solo cuadro y su vulnerabilidad ante el mundo real era tal, que se sentía un outsider. El amor no le era correspondido, la pintura era su lenguaje, su pasión, su expresión, aunque le fue esquiva la consagración, el reconocimiento en vida. Su hermano Theo fue también su amigo incondicional, se escribieron más de 800 cartas. El marchand de arte era el único que lo comprendía, lo sostenía económicamente, confiaba en su talento, sabía que Vincent era frágil. Ambos se amaban. Es posible que se hayan unido ante el desamor de su madre, quien quedó atada a la muerte de su primer hijo, que también se llamaba Vincent. Un dato que advierte sobre su posible desamparo. Su soledad.

La última carta que Van Gogh le escribió a su hermano no llegó a destino. El 27 de julio de 1890, mientras caminaba por el campo (dicen), se disparó en el pecho con un revólver; dos días más tarde murió en su cama en la localidad de Auvers-sur-Oise. El último filme que homenajea su memoria, Loving Vincent, estrenado en Buenos Aires, hace pocas semanas, imagina el recorrido de esa carta en manos de su amigo Armand (hijo del cartero y amigo de Van Gogh), quien vuelve al pueblo para encontrar al Doctor Gachet, un médico Homeópata y Psiquiatra, que a pedido de Theo, cuidaba del torturado Van Gogh. El médico también era pintor, admiraba y envidiaba el talento de este hombre solitario y medio loco. Sin duda, tenían en común, entre otras cosas, su visión en el arte. En la película, Armand recorre la historia del último año de vida de su amigo para hacerle llegar esa carta al doctor. En ellos encontró la ambivalencia y contradicción de quienes lo conocían: algunos lo respetaban, otros lo consideraban un loco. ¿Locura o sensibilidad extrema?

Me senté sola en una butaca del cine Lorca, y otra vez lloré. La intensidad de su pintura reflejada en la pantalla de cine, las pinceladas cargadas de emoción en el color y reproducidas por artistas que hicieron aparecer a través de la animación sus cuadros más soñados: La noche estrellada sobre el Ródano, la terraza del café de la Place du Forum, el dormitorio en Arlés., pinturas que cobraban vida a través de la pantalla, al igual que los personajes que lo acompañaron en sus últimos días; un filme que es una especie de pieza hipnótica y atrapante que vuelve a plantear una pregunta: ¿Este hombre, tremendamente humano, era loco o en realidad sufría por la crueldad del mundo de manera tan profunda que no resistió la vida?

Al menos, ese hombre tremendamente humano, en sus últimos diez años de vida, pudo plasmar en cada óleo, dibujo o acuarela su sensibilidad que atraviesa y se convierte en presencia. Como si en cada expresión, Van Gogh encontrara su lugar, el lugar que no le hicieron antes, en el que ahora sí vive. Sin dolor. Con el amor de los que lo reconocemos.

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