Adictos: las maratones de series nos quitaron el sueño y nos volvieron especialistas

Gracias al crecimiento y a la diversificación de la oferta, el público apostó por su gusto personal
Dolores Graña
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29 de diciembre de 2017  

Eleven (Millie Bobby Brown), la heroína de estos tiempos
Eleven (Millie Bobby Brown), la heroína de estos tiempos Crédito: Netflix

Terminé con Stranger Things, ¿qué veo?" Lo que antes era un clásico de las reuniones para el crítico especializado, que repartía recomendaciones para propios y ajenos, se volvió universal en 2017. Entre muchas otras cosas, este fue el año en que nos obsesionamos con las series. Y en que cada espectador fue un crítico.

Gracias a la masificación del consumo on demand -del streaming de Netflix y Amazon, pero también de las apps de HBO, Fox, el sistema Flow y más-, que impulsó el crecimiento exponencial y la diversificación de la oferta, ver series se convirtió en el pasatiempo más popular en el globo, precisamente porque es una experiencia que puede ejercerse socialmente, pero con reglas individuales.

Algunos espectadores se mantuvieron fieles al ejercicio propuesto de la maratón, perdiendo días enteros de sueño sumergidos en algunas de las grandes historias que descubrimos este año (las que nuestros críticos celebraron particularmente pueden encontrarse en estas páginas), pero otros "televidentes" prefirieron evadir spoilers y dosificar el consumo al ritmo de sus obligaciones cotidianas y las demandas que ejercía la propuesta en el espectador.

Ese, sin ir más lejos, fue el caso de Twin Peaks: The Return, la serie, que aquí emitió semanalmente Netflix, con la que David Lynch arrasó con los pocos preconceptos que aún quedaban en pie acerca de qué podía hacerse en TV (hasta el punto de causar una minipolémica al ser seleccionada como una de las mejores "películas" del año por varias publicaciones extranjeras). Su memorable, hipnótico e irreductible capítulo 8, centrado en una posible génesis atómica del mal, será seguramente sujeto de incontables tesis, ensayos periodísticos y teorías filosóficas en los años venideros.

Pero, silenciosamente, habrá hecho algo más: ampliar el paladar estético y dramático de un público masivo e internacional que difícilmente se hubiese acercado a otras obras de Lynch en el cine (o a la de otros artistas que se han mudado a la TV este año), pero que sí se animó a descubrir -sacando partido de la posibilidad de elegir cuándo y dónde ingresar en su particular universo- si Twin Peaks: The Return "era para tanto". Al librarse de la tiranía de la programación day and date, de las series que desaparecen del aire justo en el momento en que recordamos que querríamos verlas, los catálogos infinitos del streaming y el OD también alargan la vida y ensanchan el público de las ficciones, desde las más experimentales hasta las más convencionales. Construyen audiencia que, hecho el trabajo de "ponerse al día", se incorporan a la masa de fanáticos que esperan el anuncio de su regreso contando los días. Sólo quizá Game of Thrones, el último gran tanque televisivo, logró reunir una hora a la semana a millones frente al televisor.

Para el resto, el poder del boca en boca -que ha tenido como foco ficciones de procedencias inusuales para el público local, desde la islandesa Trappe d hasta la alemana Dark-, de la recomendación desinteresada para llenar una tarde de lluvia con una obra maestra (o con una propuesta fallida a pesar de los pergaminos o la insistencia del algoritmo) también hizo que les pidiéramos más a las historias y personajes con los que pasamos nuestros ratos libres, exigencia que ya provocó cambios en nuestra pantalla.

El consumo exponencial de ficciones sólo puede sostenerse con una oferta diversa y de calidad, y estos doce meses entregaron más títulos que horas del día para disfrutarlos. Por suerte.

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