Qué decís para este 2018

1 de enero de 2018  • 00:46

Hay algo ancestral y poderoso en el decir. Incluso en los comienzos de la humanidad, cuando en el Génesis se narra la creación, se resume así: “En el principio, creó Dios los cielos y la tierra (…). Y dijo Dios: ‘Haya luz’, y hubo luz”, etc. Fue diciendo hasta diseñar cada detalle de este mundo que te rodea. Siempre me impactó esto, y no es que me haya salido la faceta catequista ni que piense que este relato supera el incuestionable Big Bang. Sino que me fascina la fuerza de la palabra. Por eso me hice comunicadora. Y hago un duelo cada vez que lo que intento decir no es suficiente, porque nunca va a llegar a expresar la potencia, la profundidad, la vibración de algunas experiencias: como cuando nació mi sobrina Allegra, o cada vez que voy al mar, o cuando miro a los ojos a alguien que amo, o en la meditación, o en la gratitud que me despierta la sabiduría. Es solo vacío. Son esos momentos donde solo queda dejar de escribir y manifestar con “renglones libres” el blanco, el silencio de lo más profundo e insondable.

Pero en este espacio tenemos las palabras, y ya lo decía incluso la ley de atracción: “Lo decís, lo creás”. ¿Así acontece en tu vida? A veces no, pero somos testigos de la cantidad de veces que el solo expresar lo que queremos nos ordena en la acción y acerca a nuestro objetivo. Durante el día, tantas veces decimos “quiero tal cosa” y sucede. Muchas veces, son necesidades pavotas y prácticas: “Me tomaría un café con leche”; y otras, más esotéricas: “Qué ganas de hablar con...”. Riiing, te llama.

Las palabras atraviesan nuestra vida, podemos usarlas para quejarnos o para agradecer; para elogiar a otro o criticarlo; para explicar al que no sabe o ningunearlo. Podemos incluso no usar las palabras y crear silencio. Esta materia prima configura tu día a día. Y debo confesar que cuando más me cuesta sacarlas es cuando alguien me hiere, ahí me quedo en la retaguardia, atrincherada con todas las palabras que se amontonan en mi mente como un pelotón hambriento y abatido. Como cuando hace un mes un amigo mío no actuó como yo hubiera querido y durante una semana tuve diálogos imaginarios con él de lo que le iba a decir, y lo que él me iba a retrucar, y lo que entonces yo le contestaría, y lo que... En esa valentía cobarde de decirle al otro en las fantasías, dilataba lo que sabía que tenía que hacer. Hasta que un día lo llamé y me largué a llorar, y mis argumentos salieron borrosos, confundidos, desordenados. Y él me decía, me explicaba, y me pedía, finalmente, perdón. Ese, para mí, fue un aprendizaje increíble que me traigo a este 2018: “decilo, no te lo guardes”. No demores ese llamado, ese encuentro, ese momento incómodo de toparte con quien tenés un pendiente... Porque esas palabras, si no, se stockean y se pudren adentro. La verdad del encuentro siempre es desprolija: no hay que esperar a estar serena, armada, ecuánime y sólida... (salvo que sea para pedir un aumento, je). Si no, dejate derrumbar por la acción de decir. Porque en esa acción viene la solución primero, y después la sanación.

Por eso, tengo tres deseos que digo con confianza en la génesis de este nuevo año:

Decir lo que quiero.

Decir con amor.

Decir lo que me duele.

¿Qué decís vos?

Feliz 2018.

#AbritealaAventura.

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