Pendrives: el arma secreta contra Kim Jong-un

Un mural con las memorias USB usadas por Flash Drives For Freedom
Un mural con las memorias USB usadas por Flash Drives For Freedom Crédito: FDFF
Valentín Muro
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2 de enero de 2018  • 08:14

Nadie sabe bien qué pasa en Corea del Norte. Nos llegan historias acerca de pruebas nucleares y el advenimiento de una nueva crisis, las sistemáticas violaciones a los derechos humanos, los campos de concentración para presos políticos, y un sinfín de extrañísimas anécdotas imposibles de verificar. Pero menos aún que lo que nosotros sabemos de Corea del Norte es lo que saben del resto del mundo quienes viven allí.

Fue durante el conflicto entre las dos Coreas (1950-53) que comenzó una "guerra de propaganda" en la que ambos bandos soltaban folletos sobre territorio enemigo. Esta guerra silenciosa continuó hasta que a fines de los 90 Seúl instituyó la "Política del Sol" buscando mejorar la situación política en la península. Recién en 2010, luego de un ataque de Corea del Norte, el gobierno surcoreano reanudó sus esfuerzos propagandísticos.

Estos, sin embargo, fueron tildados rápidamente por el Norte como actos de guerra y el " juego de propaganda " quedó en manos de los activistas norcoreanos que habían logrado escapar al régimen de los Kim. Armados con globos altos y alargados cargados con chocolates, dólares estadounidenses, folletos, DVDs y unidades USB, estos activistas creen que es la circulación de información lo que provocará la caída del régimen.

Al compartir frontera con China, y a pesar de su pobre economía, Corea del Norte tiene acceso a cierta tecnología a relativamente bajo precio. Se estima que una de cada dos familias norcoreanas posee un "Notel", una suerte de reproductor de DVD que también lee USB. Estos, fabricados casi exclusivamente para Corea del Norte, son cada vez más populares. Es esta proliferación de los Notel lo que hace que los esfuerzos de los activistas, armados con pendrives y ya no meros folletos, cobren un nuevo sentido.

Según Reporteros Sin Fronteras, Corea del Norte es el país con menor libertad de prensa del mundo. El acceso a cualquier tipo de información por fuera de lo que difunde la dictadura de los Kim -sea escuchar una radio extranjera, la lectura de un folleto o el consumo de cualquier material no oficial- puede ser penado con la detención en un campo de concentración. Pero si bien esto mantiene a la población en la más profunda ignorancia, podría tratarse de una estrategia endeble en un contexto donde la información circula cada vez con mayor facilidad y menor costo.

Figuras como Thae Yong Ho (vice embajador norcoreano en Londres hasta su deserción en 2016) creen que la censura es la principal forma de opresión que ejerce el régimen de los Kim, y que la clave para su colapso es el aumento del flujo de información que ingresa al territorio. Es cierto que leer sobre " el plan para liberar a Corea del Norte con capítulos contrabandeados de Friends " podría hacernos caer en el cinismo, pero quizá no sea tan mala idea.

Uno de los problemas de sumir a millones de personas durante casi 70 años en un catálogo interminable de mentiras es que la mera exposición a copias offline de la Wikipedia, telenovelas surcoreanas, películas hollywoodenses o, realmente, a viejos capítulos de Friends puede generar el tipo de preguntas capaces de hacer colapsar a un régimen totalitario.

Kang Chol-hwan, de 46 años, es desertor del régimen y fundador del North Korea Strategy Center (NKSC), una de las organizaciones que contrabandea información. Kang compara los pendrives con la pastilla roja de Matrix y dice que cuando un norcoreano mira una serie extranjera se da cuenta de que las personas comunes tienen libertades, se enamoran, se pelean, hacen lo que quieren. No son el enemigo del que habla constantemente la propaganda oficial. Cuando este choque de impresiones se da, sostiene Kang, "comienza una revolución en sus mentes". Sin más, la pregunta más común entre los desertores es " ¿cómo nuestro país pudo mentirnos tanto? ".

Si bien las anécdotas de norcoreanos leyendo por primera vez la Declaración Universal de los Derechos Humanos preceden al uso de pendrives por varias décadas, la cantidad de información que estos almacenan excede ampliamente a cualquier folleto. El carácter disruptivo que la Wikipedia puede tener en Corea del Norte no puede ser exagerado. Tan sólo leer que la Guerra de Corea fue comenzada por el Norte y no el Sur (como les hacen creer) alcanza para que broten muchas otras preguntas, y se termine cuestionando la naturaleza misma de su realidad.

Por distintos motivos, 1984 (1949), el clásico de George Orwell, en los últimos cinco años gozó de dos importantes picos de ventas. El primero, en junio de 2013, se dio a raíz de las revelaciones de Snowden. El paralelo entre el Gran Hermano y la iniciativa estadounidense era demasiado obvia como para dejar pasar. El segundo fue en enero de 2017 cuando desde el gabinete de Trump se trató de hacer pasar algo demostrablemente falso como un "hecho alternativo" y no una falsedad. Si bien se trata de casos de correlación y no necesariamente causalidad, se cree que fue el uso hasta el hartazgo del adjetivo "orwelliano" lo que en produjo tan desmedido interés.

Pero si bien podemos encontrar relaciones aquí y allá entre lo que Orwell escribía hace casi setenta años y lo que encontramos en la actualidad, no hay lugar del mundo que refleje más al espíritu de 1984 que Corea del Norte. "El Estado de Corea del Norte se formó en 1948, un año antes de que se publicara 1984 por primera vez", recordaba Christopher Hitchens en una conferencia en 2009. "Te hace pensar en si alguien le habrá dado a Kim Il Sung una copia traducida al coreano, para luego decirle '¿crees que podríamos hacerlo funcionar?'. Él la habrá hojeado y dicho 'no sé, pero podríamos hacer el intento'. Eso es exactamente lo que parece."

Corea del Norte tuvo una particular cobertura mediática a fines de 2014 cuando a medida que se avecinaba el estreno de The Interview, una comedia que mostraba el asesinato de Kim Jong-un, comenzaron las amenazas por considerarlo un acto de guerra. Fue a partir de la alharaca provocada por la película que me puse a investigar si habría forma de colaborar con los esfuerzos de los activistas. Así me topé con Flash Drives for Freedom, una iniciativa que busca recolectar unidades USB en desuso para dárselas a los activistas. Estos, luego de ingresar en promedio unos 10 mil pendrives y discos rígidos por año, esperan para mitad de 2018 llegar a los 100 mil.

En nuestro improvisado intento por colaborar logramos recolectar poco más de 100 pendrives, previamente olvidados en fondos de cajones, que llevamos al San Francisco Freedom Forum, aprovechando para reunirnos con activistas norcoreanos. Pensar que esto es en algún modo significativo o comparable a lo que hacen los activistas que sistemáticamente ponen en riesgo sus vidas para hacer llegar información a sus familiares y amigos, no sería más que autocomplacencia y una patética forma de engañarse. Pero lo que estas iniciativas sí suelen lograr es que se hable al respecto. En particular, la conversación de pronto pasa a ser sobre las personas que reciben esa información y no los gobernantes que amenazan con jugar al TEG.

A contramano del resto del mundo, la infraestructura tecnológica en Corea del Norte está diseñada no para empoderar a sus ciudadanos, sino para restringir la información que deseen y la comunicación con quien deseen. "La información quiere ser libre" es el dictum que se le atribuye a Stewart Brand como síntesis del poder liberador antes que opresor de la tecnología. Incluso si el contrabando de información al interior de Corea del Norte no sea una solución milagrosa -y muchas veces merezca fuertes críticas - en cierto sentido es un eco distante de la idea de Brand. Tal vez, después de todo, sea el poder liberador de la información el que mejore las chances para el pueblo norcoreano.

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