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Balance 2017. Argentina: un año marcado por la onda expansiva de 2001

Macri y Carrió, tras el triunfo de Cambiemos en las elecciones de octubre
Macri y Carrió, tras el triunfo de Cambiemos en las elecciones de octubre Crédito: Ricardo Pristupluk
Carlos Pagni
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31 de diciembre de 2017  • 00:00

El año 2001 es el más largo de la historia. En muchos aspectos, la vida pública argentina está atrapada en la crisis que se desató entonces. Observadas a la luz de esa duración, las elecciones de octubre cerraron una incógnita. Y abrieron otras.

El interrogante que se despejó tiene que ver con el colapso de representación de los sectores medios que ocurrió desde las legislativas de 2001. La agonía del radicalismo, canal de expresión de esos sectores por más de un siglo, dejó un vacío sin el cual es imposible entender la hegemonía kirchnerista. El peronismo tuvo frente a sí un archipiélago de fuerzas poco competitivas. Ese desequilibrio quedó al desnudo en el año 2011. Cristina Kirchner obtuvo el 54% de los votos, lo que indica que el 46% votó por su reemplazo. Pero ese 46% tuvo una representación híper fragmentada. La candidatura más potente fue la de Hermes Binner: 17% de los votos.

En 2015 ocurrió un hecho inesperado. María Eugenia Vidal conquistó la provincia de Buenos Aires al derrotar a Aníbal Fernández. La novedad cambió el clima electoral y Mauricio Macri, que había quedado segundo en la primera vuelta, salió primero en la segunda. Había motivos para dudar de la consistencia del fenómeno. La coalición Cambiemos se había formado pocos meses antes. Y el desprestigio de Aníbal Fernández era abismal. ¿La llegada de Macri al poder venía a cerrar aquella brecha entre los sectores medios y la política, abierta en el año 2001? ¿O era sólo un espejismo?

Las elecciones de octubre ofrecieron una respuesta. Cambiemos repitió la hazaña de imponerse sobre el peronismo en la provincia de Buenos Aires. Ganó, además, otros 14 distritos. Entre ellos la Capital, Santa Fe, Córdoba, Mendoza y Entre Ríos, es decir, la geografía donde está radicada la mayor parte de la clase media. Son indicios muy persuasivos de que los segmentos más dinámicos de la sociedad se reencontraron con una fuerza capaz de representarlos.

El peronismo, por su parte, quedó deambulando por el laberinto de su crisis. La primera razón es que Cristina Kirchner obtuvo el suficiente número de votos bonaerenses como para bloquear cualquier proceso de renovación interna. En octubre, ella consiguió mantenerse como una figura relevante en la política nacional. No sólo por el volumen de adhesiones, sino también por su localización. El 77% de sus votos está radicado en el conurbano. Y 41%, en la tercera sección electoral, que incluye partidos como La Matanza, Lanús, Lomas de Zamora, Quilmes o Avellaneda. Esa radicación es significativa. Cualquier dirigente del PJ que quiera lanzarse a una carrera presidencial tiene que preguntarse, antes que nada, cuál es su capital electoral allí donde la señora de Kirchner sigue reinando. Sin embargo, la performance de la ex presidenta no fue tan exitosa como para garantizar a su partido un horizonte promisorio en las presidenciales de 2019. Ella sigue provocando un rechazo social incompatible con un sistema electoral de ballotage.

Las dificultades para el peronismo no se agotan en el obstáculo que representa Cristina Kirchner. En octubre hubo otro percance. Los tres dirigentes que podrían ofrecer a esa agrupación una candidatura presidencial competitiva salieron derrotados. Son Sergio Massa, Juan Schiaretti y Juan Manuel Urtubey. Con una perspectiva tan brumosa, a la mayoría de los gobernadores y sindicalistas peronistas les resulta más conveniente pactar con Macri que enfrentarse a él. Esta dinámica convierte la relección del Presidente en la hipótesis más atendible para dentro de dos años.

El mapa que se formó a partir de las elecciones confirma que la Argentina es parte de un proceso de escala internacional. Una ola de malestar con la política está reconfigurando las estructuras de representación. Esta innovación produce perplejidad. La historia nacional reconoce etapas de estabilidad, en general ligadas a un ejercicio casi monopólico del mando por parte de grandes liderazgos. Y etapas de convulsión, asociadas a la dispersión de poder. La experiencia de un liderazgo consolidado, que opera en un marco de poder muy fragmentado, es desconcertante. Y ese desconcierto se advierte en la falta de una estrategia nítida por parte de muchos actores relevantes, desde el PJ hasta los sindicatos y la Iglesia.

Otra perplejidad tiene que ver con la aparición de un sujeto político nuevo, Cambiemos, una coalición que se regula con procedimientos inciertos, lo que lleva a tensiones permanentes. Las más visibles son las que plantea Elisa Carrió frente a un oficialismo que no absorbe del todo su agenda de regeneración institucional. Hay, además, novedades a veces difíciles de procesar, como la aparición de un grupo político caracterizado como de derecha, que no renuncia a la representación de los más necesitados.

El tercer factor de incertidumbre tiene que ver con la crisis del peronismo. Se puede especular con que es más seria que un vacío de liderazgo o un problema de debilidad electoral. Suponer que está ligada a la imposibilidad de esa fuerza de cumplir con la promesa con la que nació: promover la inclusión social por la vía del trabajo estable. Los niveles de pobreza, desempleo e informalidad, al cabo de 12 años de supuesta redistribución del ingreso, son señales de un fracaso. Si a esas deficiencias se agrega el deterioro del conurbano bonaerense, sería legítimo preguntar si el problema del peronismo no es más estructural. Si no sufre un déficit de representación de su base tradicional. En otras palabras: si no le ha llegado la onda expansiva del año 2001.

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