Darles tiempo al cuerpo y al alma

Sergio Sinay
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30 de diciembre de 2017  

Entre calidad y cantidad hay una relación directa, sobre todo si se trata de tiempo. La calidad requiere tiempo. Esto vale para cualquier actividad o proyecto, desde el arte hasta la arquitectura, de la carpintería a la orfebrería. Y se aplica aún más a las relaciones humanas. Si queremos vínculos de calidad deberemos dedicarles más momentos, más atención, más continuidad, más experiencias a compartir, más convivencia real y efectiva.

Vacaciones cortas, cuando se viven en familia o en pareja, significan menos tiempo juntos. ¿Y a qué se dedica el tiempo que se "ahorra"? ¿A trabajar más? ¿A generar nuevas preocupaciones cotidianas? De ahí no nace un buen pronóstico para los vínculos.

Por otra parte, también es cierto que más tiempo no significa, automáticamente, mejores vínculos, más intimidad, más espacio de reflexión y de autoexploración. Al recurso tiempo hay que darle funcionalidad. Y eso requiere, a su vez, intención, atención, presencia, dedicación. En caso contrario, más tiempo juntos puede terminar en más conflictos o más aburrimiento.

A menudo el paréntesis vacacional, al suspender subterfugios y pretextos cotidianos usuales durante el resto del año, deja a la vista el estado de las relaciones en la pareja, en la familia o entre amigos. Eso explica, en parte, que muchas separaciones ocurran al regreso de las vacaciones. En tal caso, acortar el paréntesis no elimina el problema.

Cuando se impone, como ocurre hoy, un modo de vida signado por la fugacidad, la impaciencia, la ansiedad, la velocidad y el vértigo, resulta difícil salir del torbellino mediante unas vacaciones exprés. No se puede detener en cincuenta metros un vehículo lanzado a 150 kilómetros por hora. Pretenderlo puede dañar la máquina o provocar un accidente.

Por lo demás, el tiempo ni se gana ni se ahorra, esa es una ilusión humana. El tiempo es intangible, es el mar por el cual navegamos nuestra vida. Y lo que importa es cómo y hacia dónde ponemos rumbo, cuál es la dirección y el sentido último y profundo de la travesía. En su origen latino la palabra vacaciones significa libre, vacío. Para reflexionar sobre nuestra navegación existencial necesitamos vaciarnos de ruidos, tensiones, bullicio interno, tensiones, liberarnos de algunos automatismos y darle tiempo al alma para llegar. Porque el cuerpo suele llegar e irse antes. En las vacaciones exprés les resulta difícil reencontrarse. Entonces corremos el peligro de regresar disociados y seguir todo el año como autómatas. Llenos de ruido, vacíos de calma.

El autor es escritor, especialista en vínculos humanos. Su último libro es "Intoxicados: cómo la información excesiva arruina nuestras vidas" (Paidós)

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