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Secretos de una nueva fase política

Jorge Fernández Díaz
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31 de diciembre de 2017  

Ante el mundo nos presentamos como monjas virtuosas después de haber sido durante décadas tramposas meretrices. Macri creyó que con una breve pintada y unos cantos gregorianos podría demostrar que el histórico burdel se había transformado definitivamente en un convento. Pero los clientes tienen buena memoria y una ristra de desengaños amorosos con la Argentina. Es por eso que no hubo una lluvia torrencial de inversiones, sino una modesta garúa. Pesaron también ciertas condiciones económicas que no propician la rentabilidad (el costo laboral y otros defectos de fábrica), y que hacen más atractivos a otros países menos favorecidos o aún más paradojales. A esto se añade que muchas promesas del año pasado se pusieron preventivamente en pausa, dado que los inversores empalidecieron al comprobar que la arquitecta egipcia emergía del sarcófago y volvía a la arena, que ganaba incluso una elección primaria y que amenazaba con la restauración populista. En estas largas superproducciones de terror y comedia se nos fue el año. Debe colegirse entonces que lleva algo de razón Andrés Malamud, lúcido politólogo y fino aforista, al señalar que el Plan A de Cambiemos fracasó, y que asistimos a la puesta en marcha del Plan B.

No avancemos con la reseña de esta nueva fase sin antes advertir que el mercado internacional apoyó a los chicos del Excel con su mano abierta y con una tasa muy baja para la deuda: les financiaron el gradualismo, y las grandes potencias de diversa ideología emitieron claras señales de confianza, aunque una cosa es bailar y otra es ponerse de novio. Recordemos: no hay equidad ni salida de la pobreza sin desarrollo. Ni desarrollo, sin país normal ni capitales extranjeros. Pero tampoco nos internemos en esta segunda etapa sin advertir que a pesar de la ralentización de una prosperidad masiva y soñada, el consumo tuvo en noviembre su mayor alza interanual, la industria y la construcción registraron una expansión sostenida, en octubre la economía creció un 5,2% y acumula un alza de ocho meses consecutivos, mejoró la distribución del ingreso y los salarios estuvieron un 4,8 por encima de la inflación. Dicho todo esto, aseveran los economistas que el atraso cambiario y los subproductos estructurales del "modelo" conducían a un enfriamiento, o peor aún: a un iceberg. Siguiendo con la metáfora de los mares congelados, el comandante tuvo que recalibrar los instrumentos; veremos a partir de ahora con qué pericia y suerte.

El Plan B comenzó cuando Cambiemos se relegitimó en las urnas, anunció en el CCK el "reformismo permanente" (adecentamiento paulatino y traumático del lupanar), acordó leyes fiscales con el peronismo resbaloso y, finalmente, modificó las metas inflacionarias. Los cuatro capítulos se ejecutaron, aunque no sin errores ni dificultades; provocaron un asalto violento al Congreso de la Nación a la vista de todo el planeta (muy tranquilizador para los lejanos empresarios multinacionales que dudan) y rebanaron la enorme popularidad acumulada por el Presidente después de los exitosos comicios: gozaba de una segunda luna de miel. De un cielo de 62 puntos de imagen positiva cayó a un rellano de 54 en doce días, y probablemente la rodada no se detenga: a la polémica reforma previsional, siguen aumentos de naftas, peajes, transporte, prepagas, agua, luz y gas. Y los idus de marzo. Es cierto que nadie se beneficia del descontento: el tren fantasma kirchnerista asusta, el massismo se incinera y el justicialismo no tiene quien lo represente; con un agravante: en 18 meses todos deben parir un candidato presidencial competitivo. La situación evoca entonces aquellos momentos en los que la Pasionaria del Calafate descendía bruscamente en los sondeos, pero ningún adversario capitalizaba lo perdido: era un ejército que retrocedía abandonando pueblos y pertrechos, pero como nadie se apoderaba de ellos, le daban la oportunidad de regresar más adelante para recapturarlos. Es indudable, sin embargo, que asoma un cierto malestar en la base más blanda e independiente del electorado del oficialismo; se escuchan en esa zona frases de desánimo y confusión. El macrismo logró gobernar dos años generando expectativas, y arriesga en estos momentos duros ese valioso activo: sufrimos hoy, para estar mejor mañana, ¿pero no será, como cantaba Creedence, que "el mañana nunca llega"?

Aunque las mejoras son palpables, no se comparan con la gran fiesta populista de la gratuidad insostenible. Y una parte de la clase media urbana comprende la necesidad del sacrificio colectivo e individual, pero siente que para ella todo es una sucesión interminable de malas noticias. De ahí a pensar que no existe equidad en el ajuste, hay un paso muy corto. "Nunca una buena para nosotros", se quejan. Lo curioso es que en las clases bajas anida una sensación diferente: allí crece la aprobación al proyecto de Cambiemos, según lo demuestra una importante encuesta que realizó Guillermo Oliveto, el mayor experto en consumo del país. Su exhaustiva investigación explica con cifras y con análisis cualitativos que en esos segmentos se están produciendo mutaciones sociales y económicas poco registradas por los medios de comunicación y por el círculo rojo. Para empezar, la obra pública y los créditos hipotecarios lograron en esta temporada 54.000 nuevos puestos de trabajo en blanco. La construcción, madre de todas las industrias, no sólo despierta otras actividades afines y conexas, sino que anticipa y hace previsible en un promedio de tres años el escenario económico y laboral. La consecuencia de estas políticas movió por fin el amperímetro del consumo, que hasta ahora se basaba sólo en bienes durables, y que hoy involucra al indicador más relevante: los alimentos. Es que la clase media destina 22% de su ingreso a la comida; la clase baja, el 50%. Las consultas en las franjas humildes de la pirámide muestran además una valoración creciente del asfalto, las obras viales, las cloacas y el Metrobús. Los "descamisados" son mucho más pragmáticos que ideológicos, y aunque persisten entre ellos críticas y lamentos, Oliveto registra a nivel general una "reversión en el flujo discursivo". En buen cristiano, esto último significa que de la mano del empleo comienza a permear un cambio cultural. Que el especialista describe "entre una vieja y una nueva normalidad", donde a la imprevisibilidad se le opone la planificación, a la volatilidad el orden, a la ventajita el esfuerzo, a la velocidad el proceso, a la opacidad la transparencia, al "puro consumo" el equilibrio y el ahorro, y a los ciclos de crisis la sustentabilidad.

Aquel incipiente bienestar explica también el voto que "el gobierno de los ricos" obtuvo en distritos pauperizados de todo el mapa. Y este cuadro de situación, entre una clase media que gruñe pero que no tiene opciones políticas y una clase popular que le sobran candidatos pero que empieza a sentirse seducida por el desarrollismo de los forasteros, se entiende un poco mejor la reciente opción del Gobierno por priorizar un calentamiento cuidado y no renunciar jamás, ni siquiera en nombre de los principios monetaristas, al crecimiento constante. Malamud coincide en que es muy difícil para el republicanismo vegano gestionar un país signado por el populismo caníbal. Pero no está seguro de que la coalición gobernante sea, en este sentido, muy homogénea. "Veganos son los radicales -avisa-. Los comandantes de Pro son bastante carnívoros". Tal vez tenga razón. No habría que subestimarlos.

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