Punta del Este muestra orgulloso su festival de jazz "al estilo suizo"

Paquito D''Rivera de blanco, al frente del Trío Corrente

El cubano Paquito D'Rivera, padrino del encuentro que empieza hoy, destaca las características del festival que se realiza en la estancia El Sosiego, en la zona de Punta Ballena

4 de enero de 2018  • 07:05

Hoy comienza la 22ª edición de uno de los festivales de jazz más antiguos de la región. Comenzó llamándose “de Lapataia” para rebautizarse tiempo después, cuestiones extramusicales mediante, como Festival Internacional de jazz de Punta del Este. Entre hoy y el domingo, en la estancia El Sosiego –ubicada en la zona de Punta Ballena–, ocurrirá este encuentro que mezclará músicos norteamericanos como Grant Stewart, Bruce Harris, Chris Cheek, Stephen Riley y George Collingan, con latinos como el nicaragüense Donald Vega, el español Chano Domínguez, y con unos cuantos mercosureños como los uruguayos Nicolás Mora y Popo Romano, el brasileño David Feldman y los argentinos Pipi Piazzolla y Diego Urcola.

Si este festival es posible en una plaza cuyos turistas llegan en general buscando otro tipo de entretenimiento, es por el trabajo de un argentino, ex productor de dulce de leche y fanático del jazz y del apoyo profesional y afectivo que le brinda uno de los grandes nombres del género, el cubano Paquito D’Rivera. “Efectivamente”, dice D’Rivera en charla con LA NACION. “Esto no sería posible sin la perseverancia y la dedicación de Francisco Yobino, creador y director de este festival. Esto es algo que no tiene parangón en la historia de este género en la región y en casi todo este planeta. Además de la belleza única del sitio y del entusiasmo de los músicos y de todos los participantes, todo se realiza con una afectividad, una organización y un profesionalismo tipo Suiza.

–Usted ha sido protagonista central de prácticamente todos estos festivales. ¿Qué han logrado conservar con el tiempo?

–Justamente el entusiasmo, el cuidado por la calidad, el respeto al público y la variedad. Por eso se han presentado artistas tan diversos como McCoy Tyner, Michael Brecker, James Moody, Roy Haynes, Benny Golson, Ron Carter Ken Peplowsky, The New York Voices. Toots Thielemans, Leny Andrade, Bebo Valdés, Rubén Rada, Pipi Piazzola, Claudio Roditi y Anat Cohen, entre tantos más. Pero, al mismo tiempo, no es frecuente que se haga un evento de este tipo en medio de la campiña latinoamericana, donde se establece un ambiente de camaradería muy positivo. Créeme que allí la gente hace planes futuros que casi siempre llevan a cabo, porque nos encontramos en la pileta del hotel, durante la cena, en las jam sessions a media noche al final de cada concierto en las que se mezclan músicos jóvenes con otros de mayor experiencia.

–¿Reconoce además cierta intencionalidad hacia un jazz más “puro” en este festival de Punta del Este?

–Yo nunca he creído demasiado en la “pureza absoluta”, sobre todo en un género impuro por naturaleza como el jazz. Pero, a la vez, “un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”, como solía decir mi padre, que era un saxofonista clásico. O, como manifestó Herbie Hancock en cierta ocasión: “el jazz es algo difícil de definir, pero muy fácil de reconocer”. Existen géneros afines al jazz, como pueden ser el tango, el samba, la música cubana de salón, los boleros, el “filin”, la bossa nova, el flamenco; y han estado de un modo u otro en nuestro festival. Pero hay que ser cuidadosos a la hora de programar un reggaetón entre un set de Lany Andrade y otro de Toots Thielemans, porque el resultado podría ser fatal. A nadie se le ocurre tocar un cuarteto de Haydn en pleno carnaval de Río de Janeiro, ni un bembé afrocubano durante una celebración del Ku Klux Klan.

–¿Cuál será su papel como músico en este 22º festival?

– Diría que lo mismo de siempre. O sea, un programa variadísimo donde se rendirán homenajes a luminarias como Thelonious Monk, Horace Silver, Clifford Brown y Max Roach, y para el final, nuestro querido trompetista Diego Urcola, integrante de mi grupo y otro pilar importante del festival, sugirió que hiciéramos una especie de jam session donde cualquier cosa puede pasar.

–Nos salimos del festival y le pregunto por sus actividades más recientes y por su futuro posterior a su paso por Uruguay.

– Pues acabo de terminar por comisión un doble concierto para clarinete, violonchelo y orquesta dedicado a Yo-Yo Ma, llamado “The Rice and Beens Concerto” (“Concierto de arroz y frijoles”), a estrenarse en alguna fecha aún no definida en el Kennedy Center de Washington, con la Orquesta Sinfónica Nacional. Después seguiré el resto del año celebrando mis primeros 70 años de vida con algunas orquestas sinfónicas de España, Alemania, Costa Rica, México, Miami, Filadelfia y el Lincoln Center de Nueva York. Prepararemos un programa de cumpleaños con Jazz at Lincoln Center para el que aún no he decidido qué hacer. También en marzo haré una celebración del 30º aniversario de Jazz at Lincoln Center tocando algo del repertorio de aquella grabación maravillosa de Charlie Parker con orquesta de cuerdas, curiosamente uno de sus registros más hermosos y a la vez impopulares; es que muchos dilettanti del jazz son a veces tan o más cuadrados que algunos clásicos, y les cuesta apreciar el bello y delicado sonido de las cuerdas frotadas en un contexto jazzístico. A todo solista de jazz le fascina la idea de verse algún día rodeado por una orquesta de cuerdas, como es el caso de Parker, Chic Corea, Clifford Brown y Wynton Marsalis. Una vez invité a un par de jazzófilos a un concierto sinfónico donde yo tocaba la primera parte con mi quinteto y orquesta, y que huyeron espantados cuando les propuse quedarse para la segunda parte donde tocaban La Mer, la monumental obra sinfónica de Claude Debussy. Es como si no se dieran cuenta de la enorme influencia que tuvieron Mozart y Bartók en la carrera de Benny Goodman, Frederick Chopin en el estilo de Bill Evans o Maurice Ravel en las orquestaciones de Lalo Schifrin y Gil Evans.

Paquito D''Rivera en marzo último, en la ciudad de Santa Fe
–Se suele pensar en usted como músico de jazz, aunque incursiona constantemente en otros géneros. ¿En qué lugar se siente más cómodo?

–Para mí la música es una sola, y desde pequeño tuve la buena fortuna de estar expuesto a diversos géneros. En la variedad está el gusto, reza el viejo adagio, y por más que amo el tango, el jazz americano, la música llamada clásica, el son cubano y suelo decir que la mitad de mi coração es brasileiro, me aburriría como una ostra si tuviera que dedicarme exclusivamente a uno solo de esos géneros. Me fascinan los frijoles negros con arroz blanco, pero de vez en cuando me como una pizza o un buen taco mexicano.

–¿Qué lo llevó a grabar un disco con música de Armando Manzanero?

– Manzanero es, sin lugar a dudas, el más prolífico de los compositores de boleros de todos los tiempos, y la feliz idea de grabar un disco de jazz con su música, magistralmente arreglada por nuestro pianista Alex Brown, fue del trompetista argentino Eugenio Elías y la productora mexicana Maribel Torre. A la salida del CD hicimos varios conciertos por varias ciudades de México con mi quinteto y el grupo que acompaña al maestro Manzanero, que es queridísimo en su tierra.

–En función de eso, ¿diría que toda música es “jazzeable”?

–El jazz es un tipo de arte que acepta influencias de todos lados. Ahí radica su fuerza expansiva. El tango moderno, por ejemplo, ha influido y ha sido influido por el jazz, por mucho que Piazzolla y otros practicantes del tango contemporáneo intenten negar algo tan obvio. Es como negarnos a respirar el aire al aterrizar a otro país para no “contaminarnos”.

–¿En qué estado se encuentra su faceta de escritor?

–Me publicaron el año pasado un libro en inglés titulado Letters to Yeyito, una especie de epistolario con un estudiante imaginario de música que me pregunta, entre otras cosas, si vale la pena seguir una carrera en esta profesión. Me divertí mucho escribiendo cosas que pasaron o que pudieron haber pasado durante este ya largo camino recorrido por teatros, aeropuertos, cabarets, festivales, granjas, salones de bailes, conciertos sinfónicos, de cámara y de jazz, conservatorios, bandas militares, rodas de choro, grupos de tango, charangas... Y la respuesta final a la pregunta del estudiante fue que yo viajaré y soplaré por todo el mundo, hasta el último aliento, estos pitos que me enseñó a tocar mi padre. Y cuando se me acabe la cuerda, de todas formas me quedarán los recuerdos de las hermosas vistas que han desfilado frente a mis ojos desde la ventana del tren o volando sobre Manhattan, París o los Andes.

–Siempre tuvo una posición muy dura con el gobierno de los Castro en su país. ¿Piensa que la salida de Fidel primero y la que se promete próximamente de Raúl, o el acercamiento que ha tenido Estados Unidos durante la gestión Obama, significarán un cambio en Cuba que lo estimule para regresar a la isla?

–El presidente Obama, con su mejor y más zurda intención trató de arreglar las cosas con los Castro, que es como tratar de cerrar un huevo que ya pasó por la sartén y devolvérselo a la gallina para que continúe empollándolo. En fin, que lo que hizo fue legitimar la más cruel, antigua e ineficiente dictadura del hemisferio, y total, que a su partida, la respuesta de estos alcornoques fue cantarle una canción de guerra al iluso presidente negro, cuya ridícula letra dice: “¡Obama! ¡Obama! Con cuanto fervor quisiera enfrentarme a tu torpeza, para hacerte una limpieza con rebeldes y morteros, y vamos a hacerte un sombrero de plomos en la cabeza”. No sé cuándo van a convencerse de que ninguna dictadura ha caído a base de cariñitos, intercambios culturales y remesas económicas.