La biblioteca, ese gran disparador de viajes

Iván de Pineda
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7 de enero de 2018  

Fuente: LA NACION

Como ustedes bien saben, una infinidad de libros marcaron mi infancia a través de los personajes que protagonizaban sus páginas.

Muchas veces, cada página que pasaba significaba dejar el libro al costado, para dirigirme hacia la copiosa y munida biblioteca familiar y recorrer con mi dedo los diferentes tomos de la enciclopedia y de ese modo elegir el adecuado. Pasar las hojas rápidamente y de arriba hacia abajo buscar la entrada correcta y saciar mis dudas.

Prácticamente mi reducto de lectura se situaba, en cada ocasión, cada vez mas cerca de la biblioteca con el objetivo de hacer más rápida y cómoda la búsqueda de datos e información, con lo cual al final no era muy raro verme sentado apoyando directamente la espalda sobre ella.

Cada libro que leía representaba un nuevo viaje y una nueva aventura, al menos la que se desarrollaba en mi imaginación al recrear las escenas descriptas en la tinta.

Por eso, como siempre digo y me repito a mi mismo, mis primeros viajes fueron realizados con la lectura a través de autores de la talla de Alejandro Dumas, Julio Verne, Emilio Salgari, Mark Twain -y un larguísimo etcétera de grandes plumas-, con los cuales me hacia partícipe y protagonista de las historias, y vivía en carne propia las desventuras, proezas y desafíos de los diferentes héroes descriptos en ellas.

Con ellos conocía lugares que se encontraban en las antípodas de mi paradero, lugares lleno de magia, exotismo y misterio, siguiendo paso a paso el derrotero de cada uno de ellos en viejos Atlas y haciendo pequeñas anotaciónes de datos fácticos que me ayudaban en mi comprensión de lo leído.

Me sorprendía con las innumerables culturas y sociedades que habitan nuestro planeta. Sus formas de vida, su idiosincrasia, sus costumbres y folklore me llamaban poderosamente la atención.

A veces me quedaba impávido y anonadado con ciertas cosas que a veces escapaban a la mente y al entendimiento de un chico que pretendía, sin suerte en muchas ocasiones, comprender las complejidades y disparidades del mundo que habitamos, averiguando en la mayoría de los casos cuánto se acercaba a la realidad a lo puesto en tinta por los autores que leía.

De esta manera, mi alma y carácter inquietos fueron forjándose, buscando a través de las páginas las aventuras que, en esos tiempos, el extremadamente miope ( les pido disculpas por tantos adverbios) y muchas veces tímido chaval que les habla no se animaba a realizar en el exterior.

Las aventuras siguieron siendo moldeadas a medida que iba creciendo con cada una de las eras históricas vividas por nuestros antepasados: egipcios, griegos, romanos, caballeros medievales, héroes del Renacimiento, exploradores, grandes conflagraciones. Cada una de estas eras tenían un espacio preferencial en mi biblioteca, y hasta no agotar un tema, la mayoría de las veces hasta el hartazgo, no pasaba al otro.

Ni hablar cuando me hice un poco mas grande y descubri a los León Tolstói y Fedor Dostoievsky, Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald (y dejo tantos y tantos fuera de estas breves líneas que casi estoy dispuesto a describir un compendio bibliográfico personal).

Por eso hoy no continúo sólo viajando físicamente, cuando emprendo un nuevo derrotero un par de libros me acompañaran siempre en mis horas de ''vela" ya porque ambas cosas ya son parte indisoluble de mi vida.

Dicho todo esto, es momento para, y con su venia, transformarme nuevamente en un príncipe malayo, mosquetero, investigador privado o explorador, gracias a los beneficios de tener una excelente y nutrida biblioteca, deseándoles a todos ustedes que tengan un buen día.

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