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La huelga estudiantil del 54

Dirigentes de todo el espectro político (incluido el peronismo), ministros e intelectuales de renombre surgieron de las filas del movimiento contrario a Perón, considerado como un antecedente del golpe de Estado de 1955.
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17 de octubre de 1999  

EL 5 de octubre de 1954, la policía entró duramente en el patio de la Facultad de Ciencias Exactas y disolvió una ceremonia de homenaje a los egresados de la Facultad de Ingeniería.

Como respuesta a la represión se inició una huelga estudiantil que puede computarse como uno de los hechos previos al movimiento militar que meses más tarde derrocaría al gobierno de Juan Perón.

Ese micromundo -una muestra de las clases medias antiperonistas de los años cincuenta- produjo dirigentes y ministros radicales, altos funcionarios de dos dictaduras, montoneros y peronistas de izquierda, varios de ellos desaparecidos en los tiempos del terror, socialistas revolucionarios que dejaron sus víctimas también durante la última dictadura militar, menemistas, comunistas que siguieron en lo suyo con crisis en su camino, anarquistas que luego se convirtieron en empresarios, científicos de prestigio (algunos en Europa o en los Estados Unidos, otros aquí).

Todo había comenzado con la prohibición del jefe de policía para que el Centro de Estudiantes de Ingeniería, La Línea Recta, entregara, como marcaba la tradición, los diplomas a los egresados en una fiesta en el entonces histórico salón Les Ambassadeurs. Se decidió desafiar la orden con un mitin en la facultad, y en la represión que este acto tuvo como consecuencia fue herido el estudiante socialista Angel Bugatto, el primer preso. Solamente con los estudiantes de la UBA, los detenidos fueron 250 en el penal de Villa Devoto y en la Correccional de Mujeres, todos bajo el estado de sitio, sin juez competente. En El Buen Pastor estuvo encarcelada la estudiante de medicina Norma Kennedy, que más tarde militaría en el peronismo derechista.

El periodista Mariano Grondona, un activo dirigente del paro, era miembro del Centro de Estudiantes de Derecho. Recuerda: "De la huelga participó todo el espectro. Yo militaba en la corriente Independiente, que en realidad eran conservadores, pero estaban los humanistas (católicos con influencia de Jacques Maritain), y el espacio reformista (defensores del movimiento reformista de 1918): radicales, socialistas, comunistas y entonces los anarquistas, que eran muy importantes. La huelga fue muy dura. Suspendimos un concierto en el aula magna, hablando por los micrófonos para denunciar lo que pasaba con los compañeros presos".

El movimiento se extendió rápidamente a todo el país: el 16 de octubre tuvo lugar una asamblea ilegal pero multitudinaria, en Ciencias Exactas, que culminó con una nutrida y ruidosa manifestación en la calle Florida, y fue reprimida. Esta asamblea adhería a la huelga nacional dispuesta por FUA bajo la dirección provisional del rosarino Alberto Zignolli y la porteña Amanda Toubes.

Su titular, Norberto Rajneri (que más tarde se desempeñó como periodista en Río Negro), estaba exiliado en Montevideo, una plaza que bajo el peronismo revivía -con menos dramatismo- las fugas de opositores en tiempos de Juan Manuel de Rosas o de la "década infame". La FUBA quedó sin presidente con el exilio de Emilio Gibaja: hasta el golpe de Estado de 1955 estuvo al frente Guillermo O´Donnell.

Hoy sociólogo, O´Donnell dirigía entonces la Liga Humanista, pero ahora se define como "un socialdemócrata que nació en el país y en el momento equivocados para serlo". Cuenta: "No éramos todos gorilas, en el sentido de querer una venganza contra los peronistas. Para mí es un recuerdo triste porque no pocos de los dirigentes humanistas se fueron del lado de la derecha y colaboraron con las dictaduras militares de Onganía y de Videla".

Los humanistas detestaban a Perón y un espectro del reformismo era cerradamente antiperonista. Curiosamente, bajo influencia del movimiento Humanista surgieron los sacerdotes del Tercer Mundo. Otro sector reformista, con fuerza en la Facultad de Filosofía y Letras, postulaba entender el fenómeno peronista y la crisis del país y debatir el tipo de universidad por defender. Las diversas concepciones no tardarían en chocar entre sí una vez que Perón cayó.

1954 fue crucial. La revista Contorno describía en su primer número del año anterior la atmósfera en ciernes: "Rebeldía, rechazo, desconcierto. Esto es lo que sentimos". La joven intelectualidad nucleada en esa publicación (David e Ismael Viñas, Adolfo Prieto, Noé Jitrik, Juan José Sebreli, León Rozitchner y Ramón Alcalde) ya no eran estudiantes, pero influían en la nueva generación que abrevaba en el reformismo crítico. Este grupo rechazaba al peronismo, pero además a la "izquierda dogmática", el Partido Comunista, que había perdido influencia universitaria por volteretas políticas. El Partido Comunista se oponía al derrocamiento violento de Perón.

Son tiempos de agrietamiento en el fuerte liderazgo del jefe justicialista sobre las capas medias, urbanas especialmente; de viraje en las relaciones con los Estados Unidos; de una crisis creciente con la Iglesia, y plagado de conspiraciones militares que cabalgaban sobre todos los momentos de descontento, como las grandes huelgas ferroviarias o el secuestro del estudiante comunista Ernesto Mario Bravo, el 17 de mayo de 1951.

Mariano Grondona recuerda que integró "una organización celular de cinco miembros, cada uno responsable de un número igual, hasta 125 personas. Estaban, entre otros, Mario Diehl Gainza (luego defensor de los familiares de los muertos en el penal de Trelew, y exiliado bajo la dictadura), Roberto Bobby Roth, Jaime Mejía, Rómulo Zemborain y yo".

El escribano Zemborain rememora: "Me empezaron a seguir cuando yo salía de la casa de Grondona; de allí fui a Derecho a romper las mesas de exámenes con bombas de mal olor. Entonces me detuvieron".

El microcosmo de presos y activistas unidos transitoriamente por el antiperonismo creyó que protagonizaba una gesta de cambios por la libertad. Vana ilusión: en sectores antagónicos algunos se ilusionaron con las Fuerzas Armadas, otros con la guerrilla, unos más con la proscripción peronista. "Lo que vino después de Perón es el inicio de la violencia en la Argentina, especialmente con el bombardeo a Plaza de Mayo y el fusilamiento del general Valle", confiesa Grondona.

La brutalidad ya estaba instalada en la historia del siglo, aún más a partir de 1930. Relata O´Donnell: "Un amigo de mi hermano fue a visitar a mis padres. La policía, que estaba escondida, creyó que era yo y lo molieron a palos en el palier. Cada grito de mi madre recrudecía la paliza".

El médico psicoanalista Antonio Barrutia cuenta que cayó preso cuando con el actual ministro del Interior, Carlos Corach, y Enrique Beveraggi -hoy, médico personal de Raúl Alfonsín- salieron a arrojar volantes por Rivadavia y Mario Bravo. "A Corach se le ocurre escribir consignas antiperonistas en una pared y lo ve un sargento. El alcanza a huir por un lado y Enrique y yo, que éramos pajueranos, nos dirigimos sin darnos cuenta hacia la seccional novena de la policía." Militante fervoroso en Derecho y Filosofía era Rodolfo Ortega Peña, asesinado en 1974 por la Triple A cuando era diputado del peronismo revolucionario. "Se decepcionó con Lonardi", recuerda su amigo, el juez Eduardo Luis Duhalde.

El premio Nobel de Medicina, Cesar Milstein, testifica Barrutia, era anarquista en la Facultad de Química y activo militante de la huelga que recién se levantó formalmente el 31 de marzo de 1955, cuando fueron liberados casi todos los detenidos. En esta decisión de Perón pesó un artículo que el periodista norteamericano Hebert Matthews escribió en The New York Times, titulado "Entrevista con 100 estudiantes presos". Matthews había entrado en la cárcel de Devoto simulando ser familiar de un detenido y conversó con cuatro de ellos. Años más tarde, escribió la famosa crónica de la charla con Fidel Castro en Sierra Maestra.

Libres, pero con las organizaciones estudiantiles clausuradas: "¿Y nuestros centros?", increpó el humanista Carlos Alberto Velasco Suárez al jefe de policía que había reunido a los detenidos en el Departamento Central. La ceguera del gobierno hizo que se incorporaran al golpe contra Perón miles de jóvenes.

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